Niños gacela

El niño gacela del Sáhara español

Uno de los casos mas impactante lo fue el que diera cuenta Jean-Claude Auger, un antropólogo del País Vasco, estaba viajando sola a través del Sahara español (Río de Oro) en 1960, cuando se reunió con algunos nómadas Nemadi, que le hablaron de un niño salvaje el cual estaba a un dia de viaje de distancia. Al día siguiente, siguió las instrucciones de los nómadas. En el horizonte, vio a un niño desnudo "al galope en los límites entre un desfile gigantesco largo de gacelas blancas". El muchacho caminó en cuatro patas, pero a veces asume una forma de caminar en posición vertical, lo que sugiere a Barrena que fue abandonado o perdido en unos siete u ocho meses, después de haber aprendido a sobrevivir.

Habitualmente le temblaban los músculos, el cuero cabelludo, la nariz y las orejas, al igual que el resto de la manada, en respuesta a la más leve ruido. Comía raíces del desierto con sus dientes, su nariz como las gacelas. Parecía ser herbívoro, aparte de comerce ocasionalmente un gusano cuando tenia la oportunidad de comerselo.

Sus dientes eran los bordes del nivel como los de un animal herbívoro. En 1966, un intento fallido se hizo para coger al niño en una red suspendida de un helicóptero, a diferencia de la mayoría de los niños salvajes de los cuales tenemos registros, el niño gacela nunca fue retirado de sus compañeros salvajes. Y nunca se supo hasta que edad vivio.

Fuentes:

espaciosocultos.com

mundoparanormal.com




EL NIÑO GACELA DE SIRIA

Se supone que en 1945 fue capturado el primer niño gacela en el desierto de Siria. Uno de los informes proviene de Abdul Karim, de Bagdad, escrito en agosto de 1946 citando una fuente de El Cairo de 1945.

Según Karim, el jefe de la tribu Ruweili, Amir Lawrence al Sha’ alan, atrapó un muchacho salvaje en el desierto Transjordano, entre Siria e Irak, durante una batida de caza.

“Me asombré al ver lo que parecía un muchacho que corría en medio de una manada de gacelas que perseguíamos”, dijo el Amir. “Llamé a los ocupantes de los otros coches para parar de tirar. Seguíamos estando alejados, pero podíamos ver que el muchacho corría tan rápidamente como las gacelas. Perseguimos la manada en nuestros coches a unos 80 kilómetros por hora, mientras tanto él continuaba con ellas, corriendo a un paso mitad-humano, mitad-animal. Vimos repentinamente al muchacho tropezar y caer. Cuando llegamos a él encontramos que su pierna había sido dañada por una piedra grande. Él nos miraba con miedo con sus ojos luminosos y se contraía cuando lo tocábamos, emitiendo un grito como una gacela herida”.

El muchacho tenía unos 1.70 metros de altura y su piel era tersa, aunque cubierta de un pelo fino. Estaba “tan delgado que los huesos se podían contar fácilmente debajo de la carne, con todo era más fuerte físicamente que un hombre normal”.

El Amir lo llevó con el doctor Musa Jalbout a una de las estaciones británicas de la Iraq Petroleum Company, para que curara sus heridas. Cuando estuvo curado el chico intentó escapar, pero fue remitido al cuidado de cuatro doctores de Bagdad. El doctor Jalbout dijo que actuaba, comía y gritaba como cualquier gacela, y que no tenía ninguna duda que había vivido toda su vida entre las gacelas, siendo amamantado por ellas y comiendo la escasa hierba del desierto junto con la manada.

Los doctores lo estudiaron y pensaban que tenía cerca de 15 años. No hablaba y seguía comiendo sólo hierba. Le enseñaron a comer pan y carne. Se dijo que tal vez era hijo de algún beduino y que fue abandonado en el desierto, en donde fue adoptado por las gacelas.

Pero según Ivan T. Sanderson, la historia “resultó ser un invento de un periodista aburrido de El Cairo durante la Segunda Guerra Mundial”. Probablemente Sanderson estaba en lo cierto ya que es increíble que el niño pudiera alcanzar esa velocidad de casi el doble del record olímpico (en carreras cortas).

 

Fuente:

marcianitosverdes.haaan.com