Manuel Blanco Romasanta

Manuel Blanco Romasanta

 

Manuel Blanco Romasanta nació en Noviembre 1810 en Requeiro, una pequeña población del valle de Allariz a mitad de camino entre Orense capital y la frontera de Portugal.
Llegó a ejercer los oficios de buhonero o jornalero. Poseía un buen don para la orientación, conociendo muy bien, las tierras colindantes del Valle de Allariz; a parte de conocer senderos y caminos de León, Asturias, Cantabria y Portugal. Romasanta explotaba todo este conocimiento en bien de su oficio.
Romasanta media 1,37 y poseía una apariencia agradable que, en principio, no hacía temer a sus vecinos. Aparte de eso era muy inteligente. Sabía leer y escribir, y tenía un caballo en una época donde reinaba el analfabetismo y donde poseer, dicho animal, era como la persona que hoy en día posee un coche de alto poder adquisitivo.

 

Se le daban bastante bien las mujeres, digamos que “entraba por la cocina”; ayudando a traer el cántaro de agua o realizando varias labores caseras que las mujeres reconocían con halagos para el galán de Romasanta. Tanto verse rodeado de mujeres hizo que los hombres de su pueblo lo vieran como un afeminado cosa que le beneficiaba en sus “otras tareas”.

En 1843, Romasanta comete su primer asesinato. Su víctima fue un guardia civil Vicente Fernández. Debido a esto acaba siendo condenado a 10 años en la cárcel de la que, posteriormente, se escapa.
Romasanta practicaba la antropofagia, es decir, mataba a sus víctimas y luego se las comía. Su modus operandi, prácticamente, era siempre el mismo: engañaba a sus víctimas, diciendo que las iba a llevar a una casa pudiente de Santander para que ejercieran de criadas. Decía que había hablado con los amos y que se sentirían mejor en tales lugares. Posteriormente cuando llegaban a un bosque las asesinaba, las desnudaba y robaba todo lo valorable, ropas incluidas que luego vendía. Más tarde, volvía al pueblo y mentía a los familiares de las victimas diciendo que todo fue bien.
Las dos primeras que asesinó fueron en 1846. Manuela Blanco y su hija Petra de 47 y 6 años respectivamente. Ambas vivían en Rebordechao, un pueblo situado no muy lejos de Allariz. Por esos momentos, Manuela, que conocía a Romasanta y lo tenía en buena estima, lo estaba pasando muy mal. Se había divorciado de su marido Pascual Marrero. Manuela deseaba poner tierra de por medio para olvidar todo cuanto antes. Romasanta la compadeció y le dio ánimos en esos momentos tan duros. Un día, Romasanta se presentó con la solución. Le contó, a la mujer, que un cura de mucho dinero, en Santander, buscaba ama de la casa y que allí podrían, ella y su hija, trabajar y vivir mejor. Manuela no se lo pensó, vendió sus propiedades, se despidió de sus tres hermanas y con Petra y Romasanta pusieron rumbo a Cantabria. El buhonero llegó al par de semanas contándoles a las tres hermanas que todo había salido bien y que conoció a otro sacerdote, bien acaudalado, que necesitaba de una criada.
Benita, de 31 años y hermana menor de Manuela, fue la segunda en picar. A los dos días partió con su hijo Francisco de 10 años. Mismo camino, mismo guía y mismo fin…
Les siguió en este camino mortal Josefa de 43 años, Antonia Rua con sus hijas menores Peregrina y María. Tras estas víctimas, unas familias, que con el tiempo, comenzaron a cuestionarse sobre su familia. Después de todo había pasado el tiempo y no se sabía absolutamente nada. Las familias preguntaban a Romasanta y este llegó a responder cosas como:” Están felices, siempre que las veo me dan las gracias por haberlas llevado a Santander. Buenos amos, buena comida y hasta buen tiempo. El salitre del mar es siempre mejor que estas húmedas montañas. Me ha dicho que pronto escribirá”. Romasanta tenía la suerte que por aquellas épocas cundía el analfabetismo por lo que leer y escribir costaba dinero. Por lo que siempre era costoso escribir a la familia.
A pesar de esto, la cosa se complicó y el mismo Romasanta tuvo que falsificar cartas para las familias de sus víctimas contándoles que “todo les iba fenomenal gracias a Romasanta”

La suerte no le duró eternamente a Romasanta. Su error fue vender la ropa de las víctimas, que por aquella época de la España profunda, era un bien bastante preciado. Un día, dos hermanos de las víctimas de Romasanta, identificaron a una mujer que llevaba las ropas que debían de ser de su hermana. Cuando estos hombres preguntaron a la mujer sobre la ropa, ella ignorantemente, decía que se las había vendido Romasanta a buen precio. Al poco, los dos hermanos vieron a más gente con objetos que usaba su hermana y en este momento de seguridad, pusieron una denuncia ante la Guardia Civil.
El buhonero, Manuel Blanco Romasanta, enterado, desapareció.
Romasanta fue detenido, por casualidad, el 2 de julio de 1852 en la Pedanía de Nombela, Toledo. Dos compadre gallegos avisaron al alcalde de que Romasanta era un fugitivo buscado por la guardia civil en Galicia. Romasanta pretendía esconderse allí hasta que las cosas se enfriaran pero le salió el tiro por la culata. Por aquella época se le adjudicaban 9 víctimas, la mayor parte mujeres y niños. Por lo tanto, el caso del lobisome gallego era de máxima prioridad.
    -En el momento de su detención, frente a el juez instructor.-
“Fui víctima de una maldición familiar que me convirtió en hombre lobo…””…La primera vez que me convertí fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos grandes de aspecto feroz. De pronto me caí al suelo, sentí convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo también era un hombre lobo. Estuve 5 días merodeando con los dos, hasta que volví a recuperar mi cuerpo”. El juez instructor, Quintín Mosquera, quedó atónito mientras el secretario judicial tomaba nota. ”Los otros dos lobos que venían conmigo, que yo también creía que eran lobos, se cambiaron a forma humana. Eran dos valencianos. Uno se llamaba Antonio y el otro Genaro y también sufrían una maldición como la mía”. El magistrado, el secretario, los guardia civiles y el abogado del acusado, Jacinto Paz Rivero, se miraron entre si perplejos. “Durante mucho tiempo salí con Antonio y Don Genaro. Atacamos y nos comimos a varias personas por que tenía hambre”.
Seguidamente, el juez le preguntó si guardaba algún recuerdo de estos actos.
“Si, todos. Pero desde que me convertía en lobo mandaba en mí el instinto animal. Y así sentía el instinto y el hambre de carne humana. Cuando volvía a ser hombre, sentía cierta lastima, pero nada podía hacer”.
El juez instructor ordenó a la Guardia Civil el traslado del acusado a los lugares de los hechos para la reconstrucción y fijar la veracidad de las palabras de Romasanta.
Se examinó la sierra de San Lamed, allí Romasanta explicó cómo había matado a Manuela, Benita y Antonia con sus respectivos hijos.
Como no podía faltar más, el juez que llevaba el caso ordenó que se hiciera un estudio de personalidad del acusado. Se necesitaba saber si Romasanta era carne de psiquiátrico o de garrote vil.
Fueron 6 médicos (4 médicos generales y 2 cirujanos) los que estudiaron al acusado. La conclusión de los médicos fue tajante y dejaron claro que Romasanta no era ni idiota, ni loco, ni maniático, ni imbécil…que si fuera más entupido no sería tan malvado y que conocía, lo bueno, lo justo y lo honesto. Llegaron a decir que era un hombre cuerdo que ahuyentó del corazón la sensibilidad y los buenos sentimientos de la humanidad. Todo ello fundado con los conocimientos psiquiátricos de la época, el sentido común. Estudios posteriores basados en la personalidad de Romasanta dictaminaron que era un esquizofrénico paranoide afectados por un delirio de transformación en los que subyacería un sadismo zoofílico. Es decir, Romasanta padecía licantropía.
2000 páginas rellenan el sumario que consta en el archivo histórico del reino de Galicia.
Cuando se procesó a Romasanta, éste, se hizo nacionalmente conocido, con especial atención, en Galicia. Los periódicos ocuparon sus primeras páginas con la información del juicio. Romasanta fue procesado con 42 años (1852).
En dicho juicio, Manuel Blanco Romasanta llegó a declarar lo siguiente :
“Yo llegue a mantener la forma de lobo hasta ocho días seguidos, aunque normalmente no pasaba de dos o cuatro días. Antonio, sin embargo, llegó a mantenerla diez días y don Genaro hasta quince, aunque lo normal eran cuatro o cinco días. Con ellos maté y comí a varias personas pero a algunos como Josefa y Benita, y sus hijos, lo hice solo”. Por supuesto, a día de hoy, no se sabe nada de tales compinches.
El abogado de Romasanta intentó convencer al tribunal de que, su defendido, era un psicótico, un loco, un ser que se creía ser un hombre lobo; y todo ello producto por una mala educación y un mal entorno sostenido por burdos cuentos populares y rudas creencias. Los asesinatos de Romasanta fueron tan brutales que parecía que un lobo había devorado a las víctimas. En este dato se apoyó Jacinto Paz, abogado del acusado, llegando a decir que era imposible que su cliente realizara estos crímenes. Para otros era una evidencia de que era un hombre lobo de verdad. Romasanta llegó a confesar 13 asesinatos. A lo de las mujeres con sus hijos añadió a Vicente Fernández, Manuel Ferreriro y dos personas más. También confesó otros intentos que quedaron frustrados.
Jacinto Paz perdió la batalla. El 6 de abril de 1853 se condenó al hombre lobo gallego a morir en el garrote vil por el asesinato de 9 víctimas. Aunque reconoció 13.
Pero Jacinto Paz no perdió la guerra. De hecho la ganó por la vida de su acusado. La reina Isabel II, a través del ministro de Gracia y Justicia de la época, recibió una misiva fechada en Árgel y enviada por un tal profesor Philips, un hipnotizador francés. En esta carta solicitaba el aplazamiento de la sentencia para poder estudiar a Romasanta, cuyo proceso había seguido por los periódicos. El francés está convencido de que Romasanta no controlaba sus actos y que no era capaz de distinguir el bien del mal que sufría una monomanía conocida por médicos antiguos llamada licantropía. Y para fortalecer su palabras argumento que se iba a ejecutar a un loco a los ojos del mundo. Lo que deseaba el francés era hipnotizar a Romasanta para verificar su diagnóstico.
Isabel II revocó, el 24 de julio de 1853, la sentencia de muerte contra Romasanta y la conmutó por la cadena perpetua. A partir de aquí, el final de Romasanta es un completo misterio plagado de suposiciones: Se ha llegado a decir que se suicidó o que murió de viejo en la cárcel…pero realmente nadie sabe la verdad.

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