Adolfo de Jesús Constanzo González

Adolfo de Jesús Constanzo, "El Narcosatánico de Matamoros"


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Adolfo de Jesús Constanzo González nació el 1 de noviembre de 1962 en Miami, Florida (Estados Unidos). Era hijo de una pareja de cubanos que acababan de huir de la revolución castrista. Fue creciendo y adquiriendo hábitos poco habituales en un niño: era excepcionalmente serio, muy limpio y extraordinariamente meticuloso. Su madre, Delia González del Valle, era una sacerdotisa del culto afro americano “Palo Mayombe”, al igual que su abuela lo había sido en Cuba y entrenó a su hijo para transformarlo en el poderoso mago que ella creía que era.

En 1983, a los veintiún años, él y su madre se mudaron a la Ciudad de México, donde le habían ofrecido un trabajo de modelo. Allí hizo muchos amigos y realizó contactos, especialmente entre el submundo homosexual de la ciudad. Entretanto, su fama como sacerdote de Santería, curandero y profeta fue creciendo. La clase alta mexicana, los artistas e intelectuales, y sobre todo los políticos y narcotraficantes, empezaron a recurrir a sus poderes para asegurar la buena suerte en sus negocios. Sus ingresos se multiplicaron e incluso la policía lo consultaba.

Constanzo recorrió el camino del Palo Mayombe hasta el final, practicando los sacrificios humanos, la antropofagia y la tortura. Los seguidores de Constanzo, a quien conocían como “El Padrino”, se entregaban a él en cuerpo y alma porque el cubano los embelesaba con promesas de riqueza y enormes ganancias, todo ello aliñado con una forma de actuar violenta y vengativa.

Sara María Aldrete Villareal

Nació el 6 de septiembre de 1968 en Matamoros, Tamaulipas (México), donde creció. Se casó a los dieciocho años y se divorció a los veinte. En 1985 se matriculó en el Texas Southmost College para cursar un peritaje de dos años en educación física. Era alta, atlética, de casi 1.80 de estatura, y llamaban la atención sus grandes ojos. El Southmost College se encuentra en Brownsville, al otro lado del puente que separa Matamoros de Estados Unidos.

Allá, Sara se relacionó con un narcotraficante llamado Gilberto Sosa, con quien mantuvo una relación amorosa. Cada fin de semana Sara Aldrete volvía a México, a casa, donde a finales de 1986 conoció a Constanzo.

Tras un corto tiempo Sara se convirtió en amante de Constanzo y este le ordeno que empleara sus encantos para seducir al narcotraficante “El Pequeño Elio”. No pasó mucho tiempo hasta que “El Pequeño Elio” estuvo convencido de que lo que necesitaba para evitar la disgregación de la Familia eran los servicios de un poderoso brujo. Era la oportunidad que Constanzo había estado esperando.

Constanzo desayunó con Elio en un restaurante Vips de la Ciudad de México, donde le dijo que podía iniciarle en los rituales secretos, que era un verdadero superdotado para el sacerdocio de la Santería y lo bautizó haciéndole incisiones en los hombros, en la espalda y en el pecho; después lo “rayó” para iniciarlo en el Palo Mayombe. Sara, Constanzo y Elio se transformaron en la infernal trinidad que dirigiría la banda. No obstante, los únicos autorizados a realizar asesinatos rituales eran Elio y Constanzo.

El precio de Constanzo por restaurar los menguados poderes y negocios de la familia consistió en la mitad de las ganancias. Elio, mezclado en los sacrificios humanos del palero, aceptó. La familia se separó de los negocios de Texas. Perdió ese mercado y la infraestructura de distribución de droga, pero Constanzo le presentó a Elio a sus propios contactos mexicanos. Siguieron más y más sacrificios. Muchas de las víctimas procedían del mundo homosexual frecuentado por el brujo. Dos de los favoritos de Constanzo solían atraer con engaños a homosexuales a los rituales: Omar Orea Ochoa La Dama de Constanzo” y Martín Quintana Rodríguez, “El Hombre de Constanzo”.

En marzo de 1988 ocurrió el primer caso sonado relacionado con Constanzo , un travesti llamado Ramón Paz Esquivel, que se hacía llamar “Claudia Ivette Bojour” o “La Claudia”, fue arrestado por la policía. Era vendedor de antigüedades en la Zona Rosa de la Ciudad de México y entre sus clientes se contaba la actriz y cantante mexicana Irma Serrano “La Tigresa”; incluso trabajaba para ella. Su detención se debió a que vendía objetos robados.

El 17 de julio de 1988, “La Claudia” y Constanzo se pelearon, el travesti quiso romperle una botella en la cabeza a Constanzo y esa fue su perdición: Martín Quintana, “El Hombre de Constanzo”, llevó a “La Claudia” a un departamento en la calle de Londres No. 31 de colonia Juárez; él le rentaba un cuarto de servicio a “La Claudia”. En la tina del baño del departamento, Martín Quintana asesinó a “La Claudia” y luego se dedicó a destazarlo. Colocó los restos en tres bolsas de plástico negras y lo tiró a la basura en un terreno baldío, donde la policía los encontró días después.

Poco tiempo después, Constanzo se vio envuelto en una operación de tráfico de drogas que salió mal. Él y los demás escaparon apenas de una trampa policial en Houston (Texas), dejando abandonado un valioso cargamento por valor de veinte millones de dólares y un altar con velas y hierbas aromáticas que encontró la policía estadounidense. Este fracaso socavó seriamente la autoridad del brujo.

Para rehacer su imagen participó en varios ajustes de cuentas. Un ex policía de Matamoros, César Sauceda, estaba poniendo en peligro los negocios de la Familia al revelar a bandas rivales cómo los Hernández les engañaban. Mientras tanto, Constanzo había convencido a Elio de que le dejara usar una barraca del rancho Santa Elena en Matamoros (México) para sus rituales. Era un buen sitio donde guardar los necesarios artilugios, incluyendo la nganga y su contenido. Sauceda fue raptado y conducido al rancho, pero Elio perdió su sangre fría y lo mató con una ráfaga de ametralladora, en vez de sacrificarlo según las normas del rito del Palo Mayombe.

El martes 15 de marzo de 1989, el joven estudiante Mark J. Kilroy junto con tres de sus amigos de Santa Fe, Bradley Moore, Bill Huddleston y Brent Martin se encontraban contentos tras las infinitas rondas de copas de los típicos días de asueto de primavera, decidieron dar por terminada la fiesta y unieron a la tambaleante procesión de muchachos que se dirigía hacia el puente que marca la frontera entre México y Estados Unidos. Bill Huddleston, el mejor amigo de Mark, tuvo que pararse en un oscuro callejón para orinar. Al volver, vio a Mark caminando en medio del gentío. Parecía estar hablando con un joven mexicano; era Sergio Martínez Salinas, un miembro del grupo de Constanzo. Bradley Moore y Brent Martin caminaban adelante en dirección al puente y Bill fue hacia ellos. A partir de ese momento la fiesta se transformó en una pesadilla.

Sergio Martínez debido a al alcohol y cansancio de Mark lo llevo hasta una camioneta donde junto con otro hombre lo metieron al vehiculo y este desapareció de la bulliciosa calle. Mark se dio cuenta de que corría peligro. El conductor se detuvo en un callejón para orinar y Mark aprovechó el momento; se zafó de sus dos guardianes, saltó de la camioneta y echó a correr. Pero no se había fijado en que otra camioneta Chevrolet los seguía. Dos tipos se bajaron y volvieron a atraparle.

Las dos camionetas recorrieron kilómetros a través del campo hasta detenerse frente a un grupo de endebles barracas en una granja. Mark Kilroy fue obligado a permanecer sentado en una vieja hamaca. Llegaron más hombres; algunos llevaban armas automáticas.

Pasaron las horas lentamente, y al alba, un anciano le dio un poco de agua y una sartén con unos huevos revueltos. Los mexicanos le dijeron que no se preocupara, que no le iba a pasar nada. Kilroy se pasó un buen rato rezando. Poco después le condujeron a una construcción de madera, y una vez dentro lo ataron de pies y manos. Un olor a podrido enrarecía el ambiente. Nubes de ruidosas moscas se agolpaban sobre algo que había en el fondo oscuro de la barraca.

Los guardias lo obligaron a arrodillarse y lo amordazaron con cinta adhesiva pegada a los labios. Alguien dio una orden, así que volvieron a arrastrarlo al exterior y lo colocaron sobre una lona alquitranada extendida en el suelo. Detrás de él, alguien levantó un machete y le propinó un golpe seco en la nuca. Mark Kilroy murió al instante.

Tras asesinarlo, le extrajeron el cerebro y lo pusieron a hervir en la nganga, en la propia sangre del chico. Le quitaron además la columna vertebral, con la cual fabricaron amuletos y collares para protección. Le amputaron las piernas, le quitaron la carne y la devoraron. Con un fragmento de la columna vertebral de Kilroy, Constanzo se fabricó un alfiler de corbata que en adelante utilizó. Los huesos del joven fueron colocados en cubetas vacías.

El terrorífico descubrimiento

La noche del 5 de abril, en un control de carretera montado por el Ejército Mexicano y la Policía Judicial Federal, las autoridades hicieron la parada a David Serna Valdez, un homosexual apodado “El Coqueta” quien se dio a la fuga y fue perseguido hasta el rancho Santa Elena. Allí consiguieron arrestar a Valdez y descubrieron una pequeña cantidad de marihuana y cocaína, un mediano arsenal de pistolas, así como once vehículos recién salidos de fábrica equipados con los más modernos teléfonos inalámbricos y sistemas de radio. “El Coqueta” Valdez rebosaba literalmente de seguridad en sí mismo. Alardeaba de que las armas de la policía no podían hacerle ningún daño. Sin embargo, los agentes realizaron otra detención en aquel mismo lugar por pura casualidad: un anciano que cuidaba el rancho. Le mostraron rutinariamente una fotografía de Mark Kilroy y el hombre reconoció inmediatamente al muchacho, a quien él mismo le había preparado una comida hacía más o menos un mes.

A través de los números de serie de los teléfonos de los coches, los agentes obtuvieron una lista de nombres y direcciones de lo que parecía ser una nutrida banda de delincuentes. En menos de dos días, la policía tenía bajo custodia a Sergio Martínez, apodado “La Mariposa”; a Serafín Hernández Junior y a Elio Hernández “El Pequeño Elio”. Se les sometió a un intenso y violento interrogatorio. Pero al final, los bandidos realizaron declaraciones coincidentes. Todos hablaron de un líder llamado Adolfo de Jesús Constanzo “El Padrino”, a quien describían como “un brujo cubano” que les había iniciado en una serie de espeluznantes sacrificios humanos, prometiéndoles inmunidad ante la policía, incluso ante las balas de sus revólveres. Tal como dijera Valdez, todos consideraban que sus almas habían muerto tras la detención.

También desvelaron que el brujo tenía una cómplice femenina, apodada “La Madrina” o “La Bruja”, una muchacha mexicana, alta y bonita, con educación universitaria, que solía iniciar las sesiones de tortura de las víctimas. Proporcionaron además el nombre de aquellos dos personajes: Adolfo de Jesús Constanzo y Sara Aldrete.

Según su testimonio, era Sara la que ejecutaba personalmente a las víctimas. Los colgaban de una soga, de manera que pudieran agarrarse con las manos, luchando para sobrevivir. Mientras se afanaban por respirar, bajaban la soga hasta un caldero con agua hirviendo, y por el camino, supuestamente Sara les cortaba el pene y las tetillas con unas tijeras. Después los cocían vivos, a fuego lento. La agonía duraba varias horas. En alguna ocasión, alguno de ellos le abría el pecho con un gran cuchillo y todavía vivo, le arrancaba parte del corazón de un mordisco, mientras la víctima, todavía consciente y observando todo, gritaba de dolor.

El martes 11 de abril, un equipo de la Policía Judicial Federal se desplazó al rancho Santa Elena junto con los miembros arrestados de la banda. Abrieron la puerta de la maloliente barraca y encontraron todos los objetos normalmente empleados en rituales de magia negra. En una de las paredes se apoyaba un altar improvisado, engalanado con ristras de ajos y chiles verdes. Pequeñas cazuelas con objetos rituales, abalorios, monedas, cabezas y cuellos de pollos y cabras sacrificadas. Una de las cabezas de cabra estaba atravesada por un pequeño tridente.

El mugriento suelo estaba salpicado de colillas de cigarrillo, botellas vacías de aguardiente de caña y envoltorios de caramelos. La ignorante policía mexicana pensó en un grupo de “adoradores del diablo”, así que declararon a los periodistas que se trataba de narcotraficantes que practicaban el satanismo. Ni siquiera tenían idea de lo que era la Santería. Los periódicos bautizaron de inmediato a los criminales como “Los Narcosatánicos”, aunque no tuvieran relación alguna con estas sectas.

En el centro de la barraca encontraron la nganga de Constanzo, el gran caldero de hierro de unos setenta y cinco centímetros de diámetro. Su contenido explicaba la peste y la gran cantidad de moscas. El caldero contenía varios palos para remover la mezcla y una especie de sopa espesa a base de sangre semicoagulada cocida con trozos de cerebro humano, pedazos de tortuga, una cabeza de cabra, segmentos de espina dorsal humana, huesos, vísceras de animales y una herradura. Estaba claro que allí había tenido lugar más de un asesinato.

Los miembros de la banda, enormemente excitados, fueron señalando las tumbas de las víctimas. Trece muertos en nueve fosas. Uno de los cuerpos pertenecía a Gilberto Sosa, el traficante con el cual Sara Aldrete había estado relacionada en Estados Unidos antes de conocer a Constanzo; según los testimonios de sus acusadores, ella misma había participado en su tortura y ejecución.

Luego, la policía localizó el cadáver de Mark Kilroy a un metro de profundidad. Lo desenterraron con la ayuda de una excavadora. El cuerpo estaba salvajemente mutilado, como el de los demás sacrificados. Había separado la cabeza del tronco para poder extraer más fácilmente el cerebro, faltaban las articulaciones de los dedos, los genitales y se le había extirpado la columna vertebral.

 

Los otros cuerpos mostraban, asimismo, señales de haber sido desollados.

La policía volvió con Sergio Martínez para desenterrar el décimo tercer cadáver en presencia de las cámaras de televisión y los reporteros de prensa. Tras una hora de excavación bajo el sol del desierto, apareció el cuerpo de un muchachito de catorce años, al que le habían abierto el pecho doblando hacia fuera el costillar; también le faltaba el corazón. Los detenidos siguieron dando detalles de sus actividades. La policía dedujo que el cerebro de la banda tenía que ser Constanzo. Pero este nombre causó una gran preocupación, ya que se trataba de un sujeto con influencias. Conocía a gente importante, incluso a jefes de policía y personalidades del Gobierno. Los federales también seguían la pista de su sacerdotisa, Sara Aldrete.

Los federales registraron la casa de Sara mientras desenterraban los últimos cadáveres en el rancho. Su padre los condujo hasta el departamento, donde lo primero con lo que se toparon en el cuarto de estar fue con un altar manchado de sangre. Estaba rodeado de velas dedicadas a Changó y Santa Bárbara, y en una esquina del salón la policía halló ropa de niño empapada en sangre.

Por la tarde del mismo día en que “La Mariposa” había desenterrado el décimo tercer cadáver frente a las cámaras de televisión, el comandante de la Judicial federal, Benítez Ayala, fue al rancho acompañado de su propio curandero.

Los miembros de la banda insistían en que había más cuerpos enterrados, pero Ayala, que solía tener amuletos de la Santería en su mesa de despacho, puso fin a las excavaciones y a la búsqueda de muertos. El curandero roció la barraca con agua y pronunció sus sortilegios. Uno de los agentes vio a una paloma blanca encerrada en una caja de cartón. Echó gasolina alrededor y le prendió fuego. Mientras desaparecía engullida por una nube de humonegro y feroces llamas, sostuvo en alto la paloma, viva y aleteando.

Constanzo y Sara Aldrete no perdieron el tiempo; tenían que alejarse como fuera. Se reunieron en Brownsville y volaron hasta Ciudad de México. Por el camino recogieron a otros miembros de la banda. Los federales localizaron las agendas de Constanzo en su departamento. Contenían nombres y fotografías de personalidades muy importantes, la mayoría de los cuáles no se podían hacer públicos. Algunos de ellos eran de artistas prominentes como Irma Serrano “La Tigresa”, el estilista Alfredo Palacios, los cantantes Juan Gabriel, Yuri y Óscar Athié y la actriz Lucía Méndez.

Algunos involucraron además a prominentes políticos de Nuevo León, Tamaulipas, Veracruz, Oaxaca y la Ciudad de México; otros clientes eran Salvador Vidal García Alarcón, agente federal; Fausto Valverde Salinas, director de la División Antinarcóticos de la Procuraduría General de la República; Guillermo González Calderoni, comandante de la Policía Judicial Federal; y Carlos Armendáriz Guevara. Según los rumores, la red de corrupción de Constanzo llegaba hasta la Presidencia de la República. Se estableció una especie de carrera entre diferentes cuerpos policiales para capturar al cubano. Un montón de gente influyente tenía buenas razones para que el brujo desapareciese cuanto antes.

El grupo siguió huyendo durante tres semanas mientras Constanzo se la pasaba monitoreando los periódicos y los noticieros de televisión, donde su fotografía y la de Sara Aldrete se reproducían interminablemente; el asunto ya era un escándalo internacional y las autoridades de Estados Unidos exigían su captura. Finalmente, Constanzo y su comitiva se escondieron en un departamento del numero 19 de la calle Río Sena en la colonia Roma de la ciudad de México y el 6 de mayo de 1989 poco antes del mediodía, uno de los vigías apostados por el “Padrino” detectó a unos policías vestidos de civil en coches privados. Constanzo se asomó a la ventana para confirmarlo. Un grupo de agentes fuertemente armados se disponían a tomar posiciones.

Viéndose perdida, Sara Aldrete se encerró en un cuarto y rompió la ventana a patadas: su intención era fingir que estaba secuestrada por Constanzo y su grupo. Arrojó por la ventana un papel donde había escrito: "Por favor, llamen a la policía judicial y díganles que en este edificio están los que buscan. Díganles que tienen a una mujer como rehén. Se lo ruego, porque lo que más quiero es hablar, o matarán a la chica".

Mientras tanto Álvaro de León Valdéz "El Dubi”, perdió la calma, tomó su arma y disparó una ráfaga de AK-47 por la ventana. Los federales respondieron al fuego con ametralladoras. Constanzo enloqueció al verse atrapado. Gritaba que el poder del Palo Mayombe lo había hecho invulnerable a las balas e inmortal. Tomó fajos de billetes y los arrojó por la ventana; la gente que estaba en la calle corrió a recoger el dinero, dificultando la labor de los federales. Constanzo amontonó el dinero restante sobre la estufa y le prendió fuego. Entonces se volvió hacia los demás y gritó: “¡A morir todos!”

Álvaro de León Valdéz “El Dubi”, el más violento del grupo, continuó la lucha contra la policía. Constanzo cogió a uno de sus amantes masculinos, Martín Quintana, y se metió con él en el guardarropa. Tras abrazarle, le ordenó a “El Dubi” que les disparara, pero éste no entendía la orden. Constanzo se levantó y lo abofeteó, repitiéndole la indicación. Acto seguido, los dos recibieron una lluvia de balas de la AK-47. Constanzo y su amante terminaron muertos en el clóset.

La policía capturó a Álvaro de León Valdez “El Dubi”, a Omar Orea Ochoa y a Sara Aldrete. “El Dubi” fue condenado a treinta años de prisión por el asesinato de Constanzo y Quintana en agosto de 1990. Sara Aldrete fue absuelta de esos cargos; pero se la sentenció a seis años de reclusión por “asociación criminal” y a cincuenta años de prisión por el homicidio de Mark Kilroy; en ese momento, Sara Aldrete tenía apenas veinticuatro años.

Sara Aldrete se convirtió en una celebridad oscura. Alternaba violentas protestas y afirmaciones de su inocencia con detallados informes sobre lo ocurrido en el rancho Santa Elena. Permaneció un tiempo en el apando, y fue torturada y vejada por los policías.

Según sus propias declaraciones, la violaron siete agentes, le quemaron la vagina con descargas eléctricas hasta carbonizarle una parte, la mantuvieron encadenada más de dos meses a una cama, le metieron la cabeza en agua con chile, le aplicaron choques eléctricos en diferentes partes del cuerpo, le arrancaron uñas.

En la cárcel escribió sus memorias, un libro titulado “Me dicen la Narcosatánica”, donde se dedica a matizar su participación en la banda de Constanzo como un peón involuntario, una chica inocente que nunca supo de lo que se trataba el grupo y que fue prácticamente “secuestrada” por Constanzo.

Concedió entrevistas a periódicos, revistas y programas de televisión mexicanos y extranjeros, participó en concursos de pastorelas, produjo obras de teatro (entre ellas una adaptación de El gesticulador, de Rodolfo Usigli), fundó el grupo teatral “Il Bagatto”, se inscribió en un taller de literatura y ganó certámenes carcelarios. También inició la biblioteca de la prisión, consiguiendo donaciones de libros.

El caso de Adolfo de Jesús Constanzo y Sara Aldrete inspiró un video home muy deficiente titulado Los Narcosatánicos, así como la película “Perdita Durango”, del director Alex de la Iglesia.

Sara Aldrete recuerda así el ritual de iniciación:

“(Adolfo Constanzo me dijo): ‘A ti te debo proteger. Te voy a presentar ante mi eggun. Te voy a hacer un rayado para protegerte de todo mal, pues me vas ayudar a hacer unos trabajitos que tengo pendientes. Necesito a alguien como tú. No debes tener miedo. Todo va a salir bien. Ven, vamos. Te voy a llevar al cuarto del muerto’. He olvidado todo lo que vi en el cuarto de los espejos. Mi interés creció al escuchar que me presentaría a su eggun. ‘Oye, pero ¿no estás reglando?’, me preguntó. ‘Es que si estás en tus días no debes entrar a verlo. Por eso es muy difícil que una mujer pueda trabajar con la nganga. Y en muchos lados se les prohíbe la entrada a las mujeres a cualquier ceremonia’ (...) Mi curiosidad iba en aumento. El corazón me brincaba y las piernas se me debilitaban. Sudaba. Pero era muy sabroso sentirme así (…) Me encantó la idea de verme frente al ser tan poderoso que le trabajaba al gran Adolfo Constanzo. La respiración se me aceleraba. Abrió el cuarto blanco, muy blanco, de paredes, piso y techo. Rosas rojas en una esquina. Cacerolas con hierros, cadenas y mil y una cosas. Y al frente, imponente, grandiosa y macabramente bella, la nganga.

“Se hincó y me hinqué a su lado. Habló en dialecto. Con gran respeto yo lo escuchaba. Veía las veladoras a los lados. Pasó un rato. Seguía sudando. Todo era tan extraño. Un olor a hierbas, alcohol y una mezcla extraña; tal vez era la sangre de los animales que le habían dado en sacrificio. Me empezó a tocar la cabeza. Y me checo en una tabla con signos: era su oráculo supremo. ‘El eggun me dice que debes protegerte. Yo debo protegerte. Te voy a hacer un rayado’. Fui a donde él estaba e hice las mismas señas que él ante el caldero. ‘No des la espalda al salir. Sal como yo’. Estaba helada, pero alegre. Había visto lo que nadie podía ver si no pertenecía a su religión, y yo aún no me metía y ya había entrado al cuarto sagrado. (Al otro día) Adolfo (Constanzo) me esperaba todo vestido de blanco y con todos sus collares puestos. Se veía increíblemente guapo y enigmático. ‘Sara, esto que te voy a hacer no se lo debes decir a nadie. No debes contar lo que veas o alcances a ver, pues va en contra de la religión. Es un bautizo para que nadie te pueda hacer daño. Se va a sacrificar un animal. No quiero que te asustes, pero es algo que debo hacer’. Vi que tenía dos costales, uno de gallos y otro con un chivito ‘¿Lo vas a matar?’ ‘Sí, debo darle comida a la nganga. Te voy a tapar los ojos y los oídos con una venda. No te preocupes, nada te va a pasar’.

“Me metió a un cuarto y me rompió los pants que traía puestos. Me bañó. Me ordenó que me vistiera de blanco. Después de haber rezado y orado, habló en dialecto. Entramos al cuarto sagrado, me hincó y me empezó a vendar los ojos. Olía a habano. Me echaba humo encima. Me estaba mareando. Escuché voces que oraban en dialecto, en patois. Todo era tan mágico. Me empecé a atemorizar, aun dentro de la emoción por esas voces que escuchaba. Reconocí las voces de Adolfo (Constanzo) y la de Martín Rodríguez.

“Adolfo me daba indicaciones de lo que debía tocar y beber. Era alcohol. Me roció con él, al tiempo en que yo debía escupir el que tenía en la boca. Mucho después sentí un ardor especial en mis manos, en mis piernas, en mi pecho. Oí el quejido de un chivo. Adolfo me sacó de allí un momento y después me volvió a meter. Oraba y oraba pidiendo mi protección. Minutos después me quitó la venda de los ojos y me destapó los oídos. Me vi llena de sangre en el pecho, manos y piernas. ‘No te asustes, ya pasó. Estás protegida. Son pequeñas rayitas que el eggun quiere que tengas. Se te van a borrar. No son como las de mis ahijados. Esto es diferente’.

“Poco podía ver a mi alrededor. Hasta después me di cuenta de que ahí estaba Elio. Ya lo había rayado; le había hecho cruces y flechas con una navaja en la espalda, pecho y pantorrillas y luego le dijo: ‘Yo soy tu Padrino. Martín y Omar son tus mayordomos, Jorge y Damián son tus hermanos y Sara es como tu madrina. Debes cuidarla’. Mientras hablaba yo miraba a un gallo muerto y algo que parecía un chivo pequeñito. Elio estaba sangrando mucho; Adolfo me pidió que le echara cenizas del puro para que se la parara la sangre, pero yo me salí a vomitar.

“Alcancé a escuchar que los demás me dijeron que yo no servía para esas cosas. Para acallar cualquier protesta, Adolfo les dijo que yo era su esposa. Y se fue tras de mí. Yo me sentí muy importante. Ya estaba protegida por Adolfo de Jesús Constanzo. Sentía una fortaleza extraordinaria. Sensacional. No se lo conté a nadie. Era un gran secreto. Me dio un amuleto, un collar de cuentas de colores, rojo y blanco, que nadie debía tocar. Me lo puse junto a mi rosario que siempre tengo. Nadie. Pero antes del año caí en la cárcel y todos lo tocaron. Pasó por muchas manos en la Procuraduría. Y yo también”.

El tercer miembro de la banda que participó en el tiroteo de Ciudad de México, Omar Orea Ochoa “La Dama de Constanzo”, murió el 7 de febrero de 1990 de un ataque al corazón, tras padecer SIDA durante años en un hospital penitenciario.

Su hermana, Sara Patricia Orea Ochoa, se convirtió en Magistrada en Materia Penal del Tribunal de Justicia del Distrito Federal en 2008. Curiosamente, ella comenzó su carrera a mediados de los ochenta con Abraham Polo Uscanga, quien en 1989 trabajaba como Subprocurador de Averiguaciones de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal y quien presentó a la prensa a toda la banda seguidora de Constanzo después de su aprehensión. Abraham Polo Uscanga fue asesinado en 1995 en extrañas circunstancias.

Los artistas, políticos e intelectuales vinculados con Constanzo, siempre negaron tener cualquier relación con él. Esto pese al hallazgo de una libreta donde constaban los nombres de todos ellos, los trabajos que Constanzo les había realizado y las cantidades de dinero que había recibido. El rancho Santa Elena pasó a ser propiedad del gobierno mexicano. Permanece vacío y sin labrar, ya que nadie quiere acercarse por allí.

FIN

Fuentes:

serialbutchers.blogspot.com

crucedecables.blogspot.com

eluniversal.com

 

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