Ratas

Ratas


Montague Rhodes James (1862-1936)

-Si tu caminaste a través del dormitorio, has visto las andrajosas y húmedas colchas revueltas como el mar.
-¿Revueltas? ¿Por qué? - dijo.
-¿Por qué? Por las ratas que hay debajo.

¿Por las ratas? pregunté, porque en otro caso no fue así. No puedo fechar a esta historia, pero yo era joven cuando la oí, y el narrador era anciano. Es un extraño relato, pero por mi causa, no por él.
Sucedió en Suffolk, cerca de la costa. Junto al camino zigzagueante había una casa. Una casa alta de ladrillo, un poco estrecha para su altura, quizás construida cerca de 1770. El frente tenía un pequeño frontispicio triangular con una ventana redonda en el centro. Detrás había habitaciones de servicio, cuartos, y jardines tales como los que habían delante. Unos abetos escoceses crecían cerca; la planicie se extendía más allá, presidiendo la vista del mar lejano. Un cartel pendía de la puerta, que instaba a pensar que se trataba de una posada de buena reputación.

En esta posada comienza mi relato, el Sr. Thomson, cuando era joven, viniendo desde la Universidad de Cambridge, y deseoso de tener un poco de soledad en un cuarto tolerable y algún tiempo para leer. Tales cosas obtuvo, ya que el casero y su esposa realizaban un buen servicio y no había nadie más en la posada. Él tenía una gran habitación en el primer piso que daba al camino que llevaba hacia el este.

Pasó muchos días tranquilo y sin novedades: trabajando toda la mañana y realizando inspecciones por la tarde, alguna pequeña charla con vecinos del pueblo y por la noche con los demás huéspedes, tras un trago de brandy y agua, un poco más de lectura y escritura y a la cama; y se podía dar por satisfecho si esto continuaba por el resto del mes que se había tomado para realizar su trabajo, tan bien como fuera progresando el mes de Abril de ese año - al respecto tengo razones para creer que fue justamente ese mismo el que las crónicas meteorológicas de Orlando Whistlecraft refieren como "Encantador Año".

Una de sus caminatas lo llevó al norte, por el camino, que atraviesa una amplia zona de matorrales. En la brillante tarde su vista tornó hacia un objeto blanco, varias de yardas hacia la izquierda del camino, y sintió que era necesario realizar una comprobación. Pronto se encontró frente a un bloque cuadrado de piedra blanca sobre lo que parecía ser la base de un pilar, con un hueco en la parte superior. Justamente tales cosas se pueden ver hoy en día en Thetford Heath. Luego de contar las que se podían ver contemplando un par de minutos el panorama, se le ofrecieron a la vista un par de iglesias, algunos tejados de casas de campo y el mar extenso, también con ocasionales destellos, prosiguió su camino.
En la charla casual de esa noche, en el bar, él preguntó acerca de la piedra blanca.

-Es algo viejo, es lo que es. -dijo el Sr. Betts, el casero- Ninguno de nosotros vivía cuando fue puesta ahí.
-Es verdad -dijo un parroquiano.
-Se levanta muy alto, -dijo la Sra. Thompson- me atrevo a decir que es una especie de señal para los barcos de hace tiempo.
-¡Ah, si! -agregó el Sr. Betts- escuché que se puede ver desde el mar; pero cualquier cosa que sea, está ahí desde hace mucho.
-Santo Job -dijo un tercero- los viejos solían decir que no traía buena suerte para los pescadores.
-¿Por qué no? -pregunto Thomson.
-Nunca lo supe, pero ellos tenían algunas ideas ridículas, o mejor dicho, peculiares.

Fue imposible de obtener nada más preciso que eso. Permanecieron en silencio, y cuando alguien volvió a hablar fue sobre otros temas. El Sr. Betts fue quien habló.
No todos los días Thomson solía caminar por el condado. Una tarde muy especial se encontraba escribiendo a eso de las tres en punto. Se estiró y se levantó, salió de su habitación al pasillo. En frente a sí había otro cuarto, luego una escalera y dos cuartos más, uno que daba a la parte posterior de la casa, y el otro miraba hacia el sur. Hacia el sur del pasillo había una ventana, se acercó, considerándose a sí mismo como avergonzado de desperdiciar así tan estupenda tarde. A pesar de que el trabajo era más importante en ese momento, decidió tomarse cinco minutos para (los Betts no tendrían objeciones) en mirar las otras habitaciones en el pasillo, que él jamás había visto. Nadie las habitaba, probablemente, siendo un día de mercado, estaban todos fuera, excepto quizás la camarera del bar. La casa estaba muy quieta, algunas moscas zumbaban en los vidrios de las ventanas. Así que incursionó en aquellos cuartos. El que estaba frente al suyo era corriente y , a excepción de una vieja estampa del Cementerio de St. Edmunds; los dos siguientes al suyo eran más alegres y limpios, con una ventana por unidad (en tanto que su cuarto tenía dos). Quedaba el cuarto del lado suroeste, opuesto al último que había entrado. Estaba cerrado; pero Thomson tenía un talante de gran curiosidad, y creyó que no habría ningún secreto dañino en un lugar tan cercano, así que tomó la llave de su propio cuarto, y luego de golpear sin obtener respuesta, se introdujo de nuevo en las demás habitaciones, recolectando todas las llaves. Una de ellas era la adecuada y la puerta se abrió. La habitación tenía dos ventanas mirando al sur y al oeste, dado que el día estaba muy soleado, el ambiente estaba tan caluroso como afuera. No había alfombra, el piso era de madera, no había cuadros, no había más que una cama en la esquina más lejana, una cama de metal con travesaños y un colchón, cubierto con un cobertor de color azul. Esta habitación, sin más rasgos destacables, hubo algo extraño que hizo que Thomson cerrara rápidamente la puerta y se quedase silenciosamente reclinado contra la repisa de la ventana, en el pasillo, estremecido por completo. Fue que había algo bajo el cobertor, algo que yacía en la cama, y no solo yacía, sino que se revolvía. Fue alguien, y no algo, ya que la forma de una cabeza había sido inconfundible sobre la almohada; y habiendo sido una persona, teniendo la cabeza cubierta, no podía ser más que un muerto; pero esto no estaba muerto, no verdaderamente muerto, ya que se movía y temblaba.

Si lo hubiese visto al atardecer o iluminado por la luz de una fluctuante bujía, Thomson pudo haberse reconfortado, pensando en una ilusión de su mente. En esta brillante tarde era imposible. ¿Qué hizo? Primero, cerró la puerta como sea. Muy cautelosamente se acercó e intentó escuchar, reteniendo su aliento; quizás podría oír alguna pesada respiración, y una prosaica explicación. Hubo absoluto silencio. Pero a medida que, con mano temblorosa, ponía la llave en la cerradura y la giraba, rechinando, se escuchó algo como una pisada o un tropezón, desde dentro de la habitación. Thompson regresó saltando como un conejo a su habitación y la cerró con llave; algo fútil, lo sabía, ya que ¿podrían ser obstáculo las puertas o las cerraduras para lo que él sospechaba? Pero eso fue todo lo que pudo pensar en el momento, y de hecho nada ocurrió; únicamente un tiempo de agudo suspenso, seguido por una miserable cantidad de dudas. Su impulso, por supuesto, fue el de salir lo antes posible de una casa que tuviera tal inquilino. Pero lamentablemente el día antes él había contestado que pensaba permanecer en la casa al menos por una semana más, y ¿cómo explicar su cambio de planes sin explicar los motivos y porque había estado curioseando en lugares que no debía? Además, si los Betts sabían acerca del ocupante del cuarto, y aún no habían dejado la casa, o si no sabían nada en absoluto, lo que igualmente implicaba que no había nada que temer, o sabían lo necesario como para recluirlo en aquel cuarto sin tener ningún cargo de consciencia, no había razones para tener miedo; ciertamente hasta donde había visto, no había sido ninguna experiencia macabra.

Él se quedó en la casa una semana más. Nada lo llevó a cruzar la puerta, y las veces que hubo pausado su trabajo en las tranquilas horas del día o de la noche, y se acercó a la puerta a escuchar, nada pudo oírse. Usted podrá pensar que Thomson intentó obtener alguna historia conectadas con la posada (difícilmente de Betts, pero no del párroco o de los viejos vecinos de la villa) pero no vio la típica reticencia en la que el común de la gente cae cuando tiene que narrar sus experiencias extrañas, y al final del día, su aspiración a tener una explicación lógica era más y más difícil. En su solitarias caminatas persistía en planear de alguna manera de echar un nuevo vistazo diurno en el cuarto, y eventualmente arribar a la resolución del misterio. Tendría que abordar el tren de la tarde, cerca de las cuatro de la tarde. Cuando estuviera esperando abajo, con su equipaje listo, haría una última expedición arriba, a su cuarto, en busca de algún implemento que se hubiera olvidado. Una vez arriba, con la llave, abriría una vez más la puerta, solo por un momento. Así que se puso a trabajar. Había pagado su cuenta, y la pequeña charla de despedida se realizó mientras su transporte era cargado con el equipaje:

-He sido atendido muy bien, muchas gracias Sr. y Sra. Betts.
-Espero vuelva alguna vez -se escuchó por un lado.
-Hemos estado muy felices de poder atenderlo, lo hicimos lo mejor que pudimos, señor. -se escuchó por el otro.
-Le agradecemos sus buenas palabras, pero nos hemos visto favorecidos mucho por el buen tiempo.
-Echaré un vistazo arriba, para ver si no me olvido ningún libro o algo fuera. Volveré en un minuto -dijo Thomson.

Y tan silenciosamente como le fue posible tomó la llave y abrió la puerta. ¡Su ilusión se hizo pedazos! Tendido, o sentado, al borde de la cama, había ¡un espantapájaros! Un espantapájaros del jardín, por supuesto, tirado en la habitación vacía... Claro; pero aquí terminó la diversión. ¿Tienen los espantapájaros pies huesudos? ¿Se repantigan sus cabezas sobre los hombros? ¿Tienen cadenas de metal alrededor de sus cuellos? ¿Pueden levantarse y moverse por el piso, agitando la cabeza y brazos? ¿Pueden temblequear?

El portazo, el brusco salto hacia la escalera y el brinco de los últimos escalones fueron seguidos por su desfallecimiento. Al despertar, Thomson vio a Betts parado con la botella de brandy y una cara de reprobación.

-Usted no debió hacer eso, señor, realmente no debió. No es una manera de agradecer a las personas que lo atienden tan bien y que hacen lo mejor por usted.

Thomson escuchó palabras de ese tipo, pero no supo qué replicar. Al Sr. Betts, y más aún, a la Sra. Betts, le resultaban difícil de aceptar todo tipo de disculpas o de promesas de que no diría palabra alguna que pudiera dañar el buen nombre de la casa. Pero finalmente estas fueron aceptadas. Dado que el tren ya se había ido y que no podría alcanzarlo, Thomson arregló para ser conducido a la ciudad, donde pasaría la noche. Antes de marcharse los Betts le revelaron lo poco que sabían.

-Ellos dijeron que había sido un dueño de la casa, mucho tiempo atrás, y se topó con unos salteadores de caminos que estaba rondando cerca de los matorrales. Así fue como llegó a su fin; fue colgado con una cadena, según dijeron, desde donde usted ve esa piedra que tiene el gallo encima. Sí, los pescadores se ahuyentaron con esto, yo creo que porque lo veían desde el mar y no tenían suerte en la pesca, según su creencia. Sí, nosotros escuchamos los relatos de la gente que tuvo la casa antes de nuestra llegada. Guarde esa habitación bajo llave, nos dijeron, no vayan a mover de su lugar la cama, y no tendrán ningún problema. Nada ha pasado; ni una sola vez él salió del cuarto, a pesar que pudo haberlo hecho ahora. De cualquier manera, usted es el primero que sabemos que lo vio desde que vivimos aquí; nunca lo vi, ni tampoco quiero. Y desde el momento que hicimos las habitaciones de los criados en la parte de atrás, no tuvimos problemas con él. Solamente espero, señor, que usted será discreto, considerando como la gente habla de las casas.

La promesa de silencio fue guardada por muchos años. La ocasión en la que me fue referida al final fue así: cuando el Sr. Thomson vino a quedarse con mi padre, me tocó mostrarle su cuarto, y en lugar de dejarme abrir la puerta para que él pudiera entrar, él se adelantó y la abrió por si mismo, quedándose parado por un instante en la entrada, teniendo alta su lámpara y mirando rápidamente en su interior. Solo entonces pareció darse cuenta de su acto y dijo:

- Le pido perdón. He actuado de manera muy absurda, pero no puedo evitarlo por una razón muy particular.

Cual fuera esta razón, me lo contó algunos días después, y usted lo ha escuchado ahora.

 

Linck al Audio del programa donde se narra este cuento.