Por una Carretilla - Relatos del Lado Obscuro

Por una Carretilla

Por una Carretilla


Eduardo Sabugal Torres

(Maestro de la UDLA y Tecnologico de monterrey campues Puebla)

[Transcripcion y/o adaptacion hecha del programa de Radio]


Este apacible paraje tan lleno de vida, con aquellos  frutales en el fondo y el ruido alegre de agua corriente. Es solo un velo, si un hermoso velo que oculta algo siniestro, obscuro, terrible.
La historia que esta detrás de estas apariencias Nace aquí, precisamente en este lugar. Un terreno de provincia cercano al Popocatépetl, con un clima inmejorable para la reproducción de todo tipo de plantas y arboles.
Un terreno en definitiva pacifico y proclive a la vida, pero ocurre que este paraje a sido poblado por hombres. Y el equilibrio de las leyes naturales se ha roto.
La justicia con la que un árbol ofrece sus frutos, después de tomar los nutrientes del suelo, La justicia con la que los animales comen y beben después de abonar los campos. No tienen nada que ver con la justicia rota por la mano del hombre.
Esta podría ser la simple historia de un robo, el robo de una carretilla. Pero vera usted como un acontecimiento encadena a otro. De naturaleza no siempre explicable o lógica.
- Mira Jacinto ya vistes, ya va a fincar aquí. Ya levantaron un muro, vamos a ver que hay.
- ¿A ver, que?
- Como que, pues haber que nos agenciamos. Deben de tener harta lana, mira, mira no mas que muro han puesto hay.
- Nombre, flaco no te metas en líos. ¿Qué van a tener hay hombre?
- Hay Jacinto, tu siempre tan collón tan tonto. Pues deben de tener cosas de valor, hombre.
A lo mejor tienen una podadera, o aspersores que se yo… Palas, picos.
- No me digas tonto, eh…
- Pues órale deja de caminar…  ¡Trépate al muro haber que vez!
Jacinto y el flaco, aun no saben, ¿Cómo iban a saberlo que ese pequeño acto, en apariencia superficial iba a desencadenar una serie de actos horribles.
- ¿Que ves?
- Pstt… ¡¿Jacinto, que vez?
- Ya me canse hombre, te voy a soltar.
- Ya bájame flaco… bájame, no hay nada.
- ¡Como nada, algo debe de haber!
- Bueno, no hay nadie.
- Pero cosas Jacinto, no seas tonto. ¿Qué cosas viste?
- Bueno pues, hay una carretilla con herramientas.
- Ya vez, te lo dije. Vamos a llevárnosla.
- Pe.. pero eso es robar flaco.
- Claro que es robo, tonto. ¿Pues que pensabas que era?
Que tiene de malo, anda no seas miedoso.
Jacinto y el flaco, treparon al muro, se descolgaron en un extremo del terreno. Avanzaron por entre las matas de “hilerilla”, sortearon algunos restos de mescla, escombros, trozos de madera.
Caminaron cerca del muro, fijándose que no les saliera de improviso un perro o algún hombre armado. Avanzaron sigilosos y rápidos entre la hierba. Como las serpientes que habitas hay, y que si uno las observa bien parecieran que volaran.
Llegaron hasta el otro extremo del terreno, donde había un cuartito protegido con herrería color negro. Al ver una carretilla llena de herramientas en el interior del cuarto, les brillaron los ojos. Con ese brillo que tienen la codicia, y que proviene de un fuego interno que los hombres del mal llevan consigo.
Había palas, cucharas de albañilería, mazos, martillos, pinzas, alpargatas… Casi cayéndose por el peso tomaron la carretilla y toda la herramienta que pudieron. Huyeron por donde habían entrado, y se escabulleron por entre la milpa vecina. Corrían presurosos, tropezándose y atorándose con lo que habían robado.
No detuvieron su carrera, hasta llegar a una casa en construcción, semi abandonada en donde se sintieron invisibles y a salvo. jum, ¡a salvo!, como si de lo único que hubieran tenido que huir fuera de lago humano.
- Puff, puff… ¡Esta maldita cosa si que pesa!
- ¡Que!, ¿porqué tienes esa cara hombre?
- ¡Pues, es que esto no esta bien flaco!
- ¡Ahora que vamos a hacer con todo esto, hombre!
- ¡Pues venderlo todo!, Que mas… y cuanto antes mejor, no nos lleva ni un día vender todo esto,
¿Oye, que tienes hay Jacinto?
- ¡Nada!, con las prisas me corte con el pico, el maldito pico. Y me sale harta sangre, que bárbaro.
Por las prisas, no solo Jacinto se había cortado el antebrazo con la punta oxidada de un viejo pico. Sino que también se les había olvidado borrar a los dos su huellas.  Sin saberlo habían dejado un camino bien marcado, por la llanta de la carretilla. Era una línea muy fina sobre el polvo , pero se podía ver perfectamente la marca de la llanta.
Junto a esa marca de llanta delgada, habían dejado también sus propias pisadas… Las suelas de sus zapatos…
La noche callo en el pueblo como un manotazo o una sombra. El flaco y Jacinto durmieron en el interior de una construcción en obra negra, junto a la carretilla robada. Aun cargada de herramientas. Durante la noche, el dolor en el antebrazo hiso que Jacinto tuviera pesadillas.
- Jacinto.. Psst Psstt, Jacinto despiértate … Despiértate.
- Ahh.. ¿Qué?... ¿Qué pasa?
- Ya despiértate, tenemos que ir a vender las cosas antes de que averigüen algo… Ten tu llévate estas palas y estas pinzas, véndelas.
- Yo venderá la carretilla y lo demás… Ándale, ándale…
- Es que me duele mucho aquí…
- Ya órale, ten, ten… en menos de veinticuatro horas tendremos dinero. Y toda esta herramienta habrá desaparecido.
- Tu vete por allá, y yo pop acá.
- Si te preguntan algo, Jacinto… Tu dices que te encontraste la herramienta tirada en la milpa esa… No seas zonzo, ándele.
Jacinto camino por una vereda de tierra, mirándose la herida en el brazo, comenzaba también a tener una rigidez inusual en la mandíbula. Como si esta fuera de hierro y no se pudiera mover, Pensó que quizás se debía al nerviosismo y al frio que había sufrido la noche anterior.
El miedo y el dolor le hicieron correr hasta llegar a la casa de sus padres, Su padre lo recibió en la entrada.
- Ya nos tenías preocupados a tu madre y a mí. ¿Dónde andabas?
- Ahhh, pues, hay con el flaco, es que…
- Ahh, con ese bandido otra vez, desgraciado… ¿Y esas palas?
- Anda, tu que seguramente son robadas… tal por cual…
- No, no papa…. Las voy a vender, el dinero es para…
- No, no queremos dinero mal habido en esta casa, seremos pobres pero no ladrones.
Lárgate por hay con el tal flaco, Ándale, ándale, regresas cuando quieras trabajar honradamente. ¡Ándale, vete!
Jacinto desconcertado y adolorido, se alejó unos metros de ahí. Aun seguía sintiendo un inmenso dolor en la mandíbula. Que ya no podía mover, ni si quiera para hablar.
Se sentía afiebrado y sudaba mucho, fatigado se sentó en una piedra. Arrojo la herramienta robada en la tierra y se observo la herida.
- Ah, no puedo mover la cara, que me esta pasando.. y este maldito dolor… Ahhh… y este maldito dolor.. ahhh.. Me falta el aire.. ahh… Mmmmhh, no aguanto el dolor… Ah, seguro tengo fiebre, ahh.. No aguanto.
Desde luego Jacinto ya empezaba a padecer los síntomas del tétanos, pero él no lo sabía. La rigidez facial no le permitía ya pedir ayuda, no podía mover los labios. Cualquiera que hubiera pasado por ahí, y visto a Jacinto tirado en la tierra, sin poder mover la mandíbula. Hubiera dicho que aquel hombre tenía  en la cara una mueca de riza sardónica.
Situación bastante siniestra, Puesto que aunque pareciera una sonrisa inmóvil en realidad Jacinto, ya no podría reírse jamás.
Lo que tenia en el rostro es conocido como “trismus”. El dolor en el brazo herido era cada vez mayor. De pronto sintió un espasmo insoportable. Los músculos abdominales y de la espalda los sintió como si fuesen de piedra.
Comenzaron a endurecerse hasta quedar totalmente rígidos, como las mandíbulas, su cuerpo se arqueo y su pulso fue cada vez más rápido. El periodo de incubación del tétanos puede ser desde veinticuatro horas hasta unos largos cincuenta y cuatro días, el periodo promedio es de unos ocho días.
Sin embargo el destino quiso, que Jacinto experimentase una de las muertes más dolorosas, precisamente en un periodo de incubación de veinticuatro horas.
A unos cuantos kilómetros de hay, el flaco andaba por entre los caminos de terracería, chiflando alegremente. Empujando la carretilla  con el resto de la herramienta robada.
El Flaco no sabía que el “cadáver” de Jacinto reposaba casi inerte entre un par de piedras, con la espalda en forma de arco y con las moscas caminando sobre su antebrazo herido e introduciéndosele en las orejas.
El flaco llego a la tienda de materiales del pueblo.
- ¿Que paso Doña?
- ¿Qué hay flaco?.. ¿Qué te trae por acá?
- Pues nada Doña,  quería ver, si bueno… le traigo una herramienta… y un pico y una carretilla casi nueva… bueno esta usada... Pero…
- ¡Ya Flaco!, flaco al grano.... ¿Qué quieres?
- Pues quería ver si me la quiere comprar, es que necesito dinero y pues…
- ¡No! No, no…
- ¡Ya te e dicho que yo no compro cosas robadas flaco!
- ¡Pero si yo no soy ladrón!
- Ya se rumora en pueblo. Y yo no me quiero meter en problemas.
¡Largo de aquí!
El flaco se alejó cauteloso, pensando que quizá la policía ya lo estaría buscando. Cruzo nopaleras y milpas con mucha dificultad. Pues aun arrastraba la carretilla. Se escondió detrás de unos gruesos arboles, espiando el camino para ver si alguien lo había seguido. Tomo aire y pensó que seria mejor dejar la carretilla hay, pues era inútil seguir huyendo con tremendo peso. Borro con una rama la delgada línea dejada por la carretilla en el suelo.
Cubrió con ramas y hierba la carretilla y se alejó de hay con la herramienta que pudo cargar con las manos. Toda la tarde anduvo hasta alejarse del pueblo.
- Ahh, ahh… Ya no aguanto. Mejor me duermo aquí, ya no tarda en anochecer, seguro el  tonto de Jacinto quiso vender la herramienta en la plaza y lo descubrieron. Y el muy rajón habrá dicho que no estuvo solo en el robo.
El flaco rumiaba esos pensamientos, mientras se hacia una almohada con su chamarra, antes de acostarse para descansar echo una ultima hojeada, no fuera ser que alguien lo hubiera seguido.
De pronto algo lo sobresalto, a su espalda bien visible bajo la luz de la luna había una huella dejada por el paso de una llanta delgada. El rastro estaba como recién hecho.  Él estaba seguro de haberse desecho de la carretilla, no se explicaba  como es que había esa línea en la tierra. Nerviosamente y atontado por el sueño y el cansancio, se disponía a borrar de nuevo la marca de la llanta. Cuando creyó oír el lamento de Jacinto .
- ¡Flaco!
- Jacinto, Jacinto… ¿eres tu Jacinto?
Pero nadie le contesto, por que no había nadie, solo se oía el rumor del aire coleándose por entre la altas “hilerillas” y los arboles. Se trato de calmar, pensó que había sido una mala coincidencia, De cualquier forma termino de borrar las huellas de llanta y se durmió casi de inmediato por el cansancio.
Al amanecer, el flaco se despertó con la luz del sol dándole en la cara, se incorporo presuroso recordó la noche anterior, Pensó que el cansancio el sueño y el no comer lo habían hecho alucinar la voz de Jacinto.
Echo un vistazo alrededor, recogió su chamarra que le había servido de almohada, y camino por una vereda junto a un campo lleno de  flores moradas. Verifico que nadie lo estuviera observando.
- Ahh, ahh… Tengo que comer algo, no puedo más.
Iré con esos  hombres… las tripas ya me están chillando
A lo lejos cruzando el campo llenos de flores, se veía el humo de un anafre, entorno a el un anciano y su nieto calentaban su comida.
- ¡Buenas!
¿Que tal?… Oigan llevo un rato sin comer, no me podrían regalar un taco.
La generosidad de los campesinos, hiso que el flaco saciara su hambre. Comía como un animal, casi mordiéndose los dedos. Saboreaba las tortillas y los frijoles cuando el anciano le pregunto.
- Oiga es suya la carretillita esa de haya.
- ¿Qué carretilla?
¿Cual, cual?
- Pues esa que esta haya, pues que no la ves.
El viejo campesino señalaba con el brazo extendido sobre el hombro flaco, a unos cuantos metros sobre la tierra, se veía la fina marca de llanta y un poco mas haya entre las flores moradas se veía la carretilla. El flaco pensó que le habían puesto una trampa, que aquellas personas se burlaban de él y que lo entregarían a la policía. Lleno de miedo empujo al anciano al piso, luego tomo una mata-tena y lo golpeo en la cabeza.
El niño quiso defender a su abuelo, pero el flaco lo derribo de un golpe también. Salió corriendo por entre las flores.
- ¿Por qué?, ¿porque lo hice?... ¿porque lo hice?... ¿Porque?
La noche recibió nuevamente al flaco en mitad del campo, una bocanada de aire frio barrió las milpas y los surcos. Y ahuyento a los animales que fueron a guarecerse en sus refugios. La noche en los ojos del flaco, era una negritud implacable que desdibujaba poco a poco los objetos que aun se veían en la luz vespertina. La noche lo recibió también con los ruidos de siempre, pero esta noche tenia algo de atroz. Acaso ya todas las noches serian igual a esta, que parecía terrible como un juicio.
El remordimiento de haber golpeado aquel anciano, la inexplicable aparición de la carretilla regresaba una y otra vez en su cabeza, desesperado avanzaba sin ver muy bien donde ponía los pies, como un ciego prófugo.
Hasta que tropezó, y recibió un golpe justo en las rodillas, sufriendo un dolor intenso que lo hiso gritar, pero eso no fue lo peor. El flaco perdió el equilibrio y se desbarranco sin saberlo había estado corriendo al filo de una barranca. Ni si quiera la luna había querido alumbrar un poco esas horas del flaco, no se veía nada.
Dadas las circunstancias el flaco habría podido golpearse con cualquier cosa, una roca, un tronco algún animal dormido, un muro. Pero no fue así, el destino quiso que el flaco antes de rodar casi treinta metros, el flaco identificara el objeto contra el que se había golpeado y herido. Si, así es contra la vieja carretilla robada.
La muerte del flaco fue dolorosa como la de Jacinto y cuando rodaba sin poder sujetarse de algo. Vio como en un flashazo el brazo infecto de Jacinto. Y escucho su voz nuevamente a lo largo de toda la caída que se le hiso interminable.
Su cráneo se abrió muy fácilmente, como una nuez al estrecharse contra las rocas. Mientras agonizaba  tuvo tiempo de pensar,  a un a su pesar, que todo eso había sido por “UNA CARRETILLA”.

FIN

Linck a el audio donde se dramatiza este cuento.