Las Siete Luces

Las Siete Luces
(John Mackay Wilson -Traducción de Darío Lavia)



John McPherson fue un granjero en Kintyre, un genuino Highlander. Una persona, que a pesar de ser de baja estatura, era robusta, atlética, y activa; de disposición temeraria, temperamental, amigable y hospitalario, esto último en tal medida que en su hogar nunca faltaba algún visitante o extraño, de diferentes descripciones, frecuentemente había tantos como habitantes de la casa.

Para los vagabundos y mendigos, su casa y olla de comida siempre estaban abiertas; y a nadie, no importa su condición, se le negaba un cuarto por la noche. La casa de McPherson, en breve, se convirtió en una especie de foco, con un poder para atraer no solo a mendicantes, sino también viajeros de mejor disposición, quienes ponían esta casa en sus caminos para aprovechar el cobijo nocturno de sus cuartos.

Afortunadamente para el carácter y crédito de su hospitalidad, la esposa de McPherson era de una generosidad y bondad similar; sus ausencias del hogar, que eran frecuentes, y algunas veces prolongadas, no afectaban en lo absoluto el tratamiento hacia los extraños bajo su techo, o hacían sus bienvenidas menos cordiales.

Pero la hospitalidad ejercida en Morvane, que era el nombre de la granja de los McPherson, algunas veces, debemos confesar, tendió a ocasional depredación; algunas veces era la pérdida de frazadas, sábanas, o algún par de medias, llevadas por algunos ingratos vagabundos que aprovecharon el asilo. Hubo, sin embargo, un par de mantas que, habiendo sido abducidas de la casa, reaparecieron a su propietario en una manera de lo más curiosa.

La mañana estaba sombría y brumosa, cuando el ladrón se largó con su botín, y continuó camino durante todo el día. Luego de afanarse durante varias horas, bajo la impresión que había dejado Morvane bien atrás, el vagabundo, que tampoco conocía bien la región, se dirigió a una casa, con las dos mantas apretada y cuidadosamente escabullidas en su espalda, y golpeó la puerta, con la intención de rogar alojamiento por esa noche, ya que estaba anocheciendo. La puerta se abrió; ¿pero quién estaba al otro lado, buen lector? ¡McPherson!

El ladrón, sin saberlo, había caminado en círculo y llegado precisamente al punto del que había salido. Siendo reconocido instantáneamente, fue invitado amablemente a pasar. A esta invitación, el ladrón replicó sacándose las frazadas, y de esta manera haciendo, con sus propias manos, una restitución que estaba muy lejos de lo que se había propuesto en un principio. El pobre McPherson, sin embargo, no tuvo todas sus mantas robadas consigo.

Esto, no obstante, es una disgresión. Procedamos con nuestro relato.Una noche, cuando McPherson esta ausente, habiendo ido a un mercado algo lejano, una mujer mayor apareció a la puerta, con la usual petición de alojamiento nocturno. Cumpliendo con la usual hospitalidad de Morvane, le fue dado. La extraña, una mujer notablemente alta, estaba vestida como una viuda, y tenía un aspecto respetable; su porte era grave, casi de consternación, y parecía como si estuviera sufriendo de alguna reciente aflicción.

Durante el anochecer se sentó junto al fuego, con el rostro enterrado entre sus manos, sin cuidado de lo que sucedía a su alrededor; ocasionalmente se mecía de aquí para allá, con una clase de movimiento que inspiraba una gran angustia interior. De vez en cuando daba alguna mirada a aquellos con quienes compartía la estancia, y todos notaron que, en estas miradas furtivas, había una expresión espantosa y de terror, (pero esto fue solamente el efecto de la imaginación, ya que todos sentían que había algo extraño y singular en torno a la visitante, aunque no sabían que era). La extraña no habló en ningún momento de la noche; pero continuó de vez en cuando, meciéndose en la manera descripta. Nadie la pudo convencer de tomar algún alimento, aunque fue invitada en repetidas oportunidades, siempre declinando con un movimiento de la mano, o con un melancólico movimiento de cabeza. Jamás llegó a replicar en palabras.

La singular conducta de esta mujer sembró desánimo entre los presentes. Se sintieron atemorizados, sin saber porque, y sintieron una especie de indefinible terror, que no podía ser narrado. Al fin la seguridad y el comfort que rodeaba a todos aquellos atendidos por el alegre y hospitalario corazón de McPherson, se desvaneció, siendo reemplazados por una escena de temor e inseguridad.

Ninguno podía conjeturar quien era esta extraña, de donde había venido, ni hacia donde iba; no había modos de proveerse con esta información, según era regla del hogar (uno de los puntos especiales en la etiqueta de los McPherson) que ningún extraño debía ser jamás cuestionado en tales objetos. Todo era permitido hasta la partida y desde la llegada, sin preguntas ni cuestionamientos; en Morvane no se sabía nada más de sus visitantes que lo que ellos mismos querían revelar.

Bajo este sentimiento de opresión y miedo, ya descripto, los habitantes de la casa McPherson, tuvieron la más que usual satisfacción de que llegase la hora de ir a descansar. El llamado general, dado en esta circunstancia por la anfitriona, fue seguido por cada uno de los presentes con una presteza que se podía definir claramente con el alivio que les embargaba por escapar de la presencia de la misteriosa mujer quien, sin embargo, también se retiró a su cuarto, a descansar. El lugar que le tocó a ella fue un desván en una dependencia externa, ya que no había muchas habitaciones más para acomodar gente; todas las demás camas estaban ocupadas.

Habíamos dicho que el Señor McPherson estaba lejos de casa en la noche, en un mercado lejano. Él, no obstante, volvió poco después de la medianoche. Al regresar se sorprendió al percibir una ventana con luz en una de las dependencias exteriores de la casa (donde la extraña estaba durmiendo), en tanto que el resto de la granja estaba en paz y tan silenciosa como una tumba. Temeroso de que algún accidente hubiera ocurrido, se dirigió al lugar de donde provenía la luz, y subiéndose al estribo de su caballo, se asomó por la ventana, viendo algo que provocó que su corazón comenzara a dar latidos de inusual violencia.

En la mitad de la estancia, extendida sobre su cobija, estaba la misteriosa extraña, rodeada de siete brillantes luces, dispuestas de manera equidistante (tres a un lado de la cama, tres al otro, y una en la parte superior). McPherson vio tal extraordinaria escena por unos segundos, hasta que tres de las luces se apagaron súbitamente. Un instante después dos más se extinguieron, y luego otra. Solamente quedaba una prendida, sobre su cabeza. Cuando solo hubo quedado esta luz, McPherson vio que la persona que estaba sobre la cama, se levantó lentamente, y se comenzó a mirar fijamente el portentoso destello, cuya luz mostraba al aterrorizado espectador, una pavorosa y sobrenatural luminiscencia, rodeada por pelos desgreñados, que colgaban en largos e irregulares montones sobre su pálido semblante, tanto como para casi cubrirlo. Esta luz, como las anteriores, al final se apagó abruptamente, y con su último destello la persona sobre la cama se hundió con un gemido que espantó a McPherson del trance de horror en el que se encontraba. Él era un hombre cabal y sin miedo; y aunque estaba bastante espantado por lo que había visto, no hizo ningún clamor ni evidenció otro síntoma de alarma, y se decidió a esperar calmado la conclusión de tan extraordinaria escena. Cuando la última luz se hubo extinguido, él deliberadamente desmontó del estribo, llevó su caballo al establo, lo guardó y regresó a su casa, sin mayores alborotos. Finalmente se acostó silenciosamente en su cama, esperando confiado la llegada del nuevo día y la explicación lógica de tales misteriosos acontecimientos nocturnos, aunque decidiendo que si no fuera así, él no mencionaría a nadie sobre lo ocurrido.

A la mañana siguiente, McPherson preguntó a su esposa sobre los visitantes que había en su casa, y como habían sido dispuesto, y particularmente aquella mujer que dormía en el ático de la dependencia. Su esposa le dijo que era una mujer con vestido de viuda, de aspecto respetable, pero cuya conducta había sido muy singular. McPherson no preguntó más, pero deseó que esta mujer esté el tiempo suficiente hasta que él pudiera verla y hablar con ella.

Alguno de los domésticos, sin embargo, fue a esta parte de la casa, poco tiempo después, para invitar a la visitante a desayunar, y se encontró con que se había ido, sin que nadie supiera cuando y donde, ya que su partida no fue presenciada por nadie en la casa.

Frustado en su intención de obtener alguna explicación de la extraordinaria circunstancia de la noche anterior, de la persona que la había protagonizado, McPherson se mantuvo en su promesa de guardar el secreto de lo que había visto, aunque le había provocado una impresión que ni con toda su fuerza de voluntad podía remover.

En este preciso período de nuestra historia, McPherson tenía a tres de sus hijos empleados en la pesca de arenques, una presa predilecta en tal temporada, ya que era bastante onerosa, para aquellos que vivían en las costas de los West Highlands.

Los tres hermanos tenían un bote propio; y, deseosos de hacer sus trabajos lo más redituable posible, prescindían de tener empleados y se manejaban ellos mismoa, y con gran pericia, se esmeraban en confeccionar todos los implementos de su laboriosa ocupación.

El bote, como todos los de los demás pescadores que estamos hablando, se llamaba El Catherine (como el nombre de la esposa del mayor de los tres). El cardumen de arenques solían aparecer en diferentes estaciones, en diferentes lugares, algunas veces un loch, o un brazo del mar, algunas veces en otro.

En la temporada a la que esta historia se refiere, la pesca se hallaba en el estrecho de Kilbrannan, donde habían ya varias embarcaciones. Cuando los arenques aparecieron en este lugar, Campbelton Loch, un bien conocido puerto en la costa oeste de Escocia, se convierte usualmente en la oficina principal de operaciones (un lugar de cita obligada para la pequeña flota arenquera) y hacia este loch siempre se dirigen a reparar daños cuando las naves se averían luego de una noche de borrasca, siempre y cuando ellos no pudieran repararlo por sí mismos.

Una de esas noches a la que aludimos, que fue la siguiente en que McPherson vio las extrañas luces que es el tema principal de nuestro relato. Violentas corrientes ventosas venían desde el estrecho de Kilbrannan; y una lluvia torrencial amenazaba ferozmente desde las enormes y oscuras nubes; los muchachos se apuraron antes que la borrasca los atrapase sobre el rostro del embravecido mar, y pareció impartir una amargura adicional sobre la ira que se venía en la incipiente tormenta. Era evidente que en breve vendría lo que los marinos denominan una "noche negra"; y, bajo esta impresión, los botes arenqueros dejaron este lugar y fueron vistos, casi al anochecer, dirigirse raudamente hacia Campbelton Loch. Pero el vendaval se desató en toda su furia mucho antes que hubieran llegado al deseado puerto. La pequeña flota fue dispersada. Algunos sin embargo, llegaron al fondeadero, otros, encontrando la ruta imposible, torcieron el rumbo hacia las riberas de Carradale y Saddle, y fueron afortunados en poder desembarcar. Todos, en breve, con la excepción de un solo bote, finalmente consiguieron algún refugio. Esta lamentable excepción fue el Catherine. Mucho tiempo después que todos los demás lograron evacuar el rostro colérico del mar, el bote en cuestión fue visto pugnando con los elementos de la Naturaleza, su velamen caído y fuera de la borda, y su quilla visible solo a veces. Los bravos hermanos que la guiaban, sin embargo, aún no habían perdido esperanza, a pesar de que su situación en aquel momento era lo suficientemente terrible como para privarlos de tal. Cada uno se mantuvo silencioso, y pugnaron por llegar a Campbelton; pero cuando vieron que esto era imposible, decidieron ir con el viento hacia la isla de Arran, que estaba a unas ocho millas de distancia. Pero alarmados, a medida que se aproximaban hacia las costas rocosas, por el tremendo mar que los empujaba hacia allí, donde su embarcación instantáneamente hubiera quedado reducida a piezas, nuevamente intentaron luchar. Cuando los hermanos aún estaban batallando contra su destino, una persona montada a caballo fue vista galopando salvajemente a través de la costa de Carradale, su vista pronto se percató de la presencia del bote. Era McPherson, el desdichado padre de los infortunados jóvenes que maniobraban la embarcación. Había también otros, quienes también seguían las instancias con mirada fatal y descorazonada; todos sentían que tal desigual combate no podría continuar por mucho tiempo, y que el bote finalmente se hundiría.

Entre aquellos que estaba mirando con intenso interés e indecible agonía, al bote que se debatía, estaba Catherine, la amada del mayor de los hermanos, que corría, distraída de todo lo demás, a través de la costa, bajo los más terribles llantos. "¡Oh, mi Duncan!", exclamaba, extendiendo sus brazos hacia el mar cruel. "¡Oh, mi amado, mi querido, ven conmigo, o deja que yo vaya y perezca contigo!" Pero Duncan no podía escucharla, aunque era muy posible que pudiera verla, ya que la distancia no era mucha.

Fue en este momento en que varios jinetes, amigos del joven, galopando a través de la costa, de un punto al otro, intentaron guiar a la embarcación, en la última y desesperada esperanza de prestar, aunque sin saber como, alguna ayuda o asistencia a los sufrientes. Pero el desgraciado padre, urgido por la salvaje energía de la desesperación, galopaba más rápido que todos los demás, hacía un promontorio saliente cerca de Carradale, desde donde se podía tener una visión más amplia del mar. Desde este lugar McPherson pudo llegar a ver a sus bravos hijos, con su pequeña barca, ser sepultados entre las olas. El Catherine se hundió, y todos a bordo perecieron.

El desgraciado padre, cuando hubo visto al último de sus hijos, se cubrió los ojos con las manos, y por un momento dio salida a la agonía que le atenazaba el alma. Su respiración se tiñó de emoción, y se hizo audible el más apenado de todos los sonidos, el lamento de un hombre fuerte, que pudo ser escuchado a gran distancia. Al siguiente momento McPherson rezó a su Dios para que le de fuerzas en sus horas de prueba, y para lograr superar con fortaleza esta aflicción que Él le había dado.

"¡Mis bravos, mis buenos muchachos!" dijio, "ahora están con Nuestro Señor, y han entrado, confío, en una vida de felicidad sin fin." Diciendo esto, se retiró lentamente del promontorio fatal desde donde había sido testigo de la muerte de sus hijos. Fue en ese momento, mientras meditaba sobre la tragedia que le había acontecido, que le vino a la mente la extraña ocurrencia de la noche anterior. Fue impuesto por la fuerza de la asociación.

"¿Puede ser posible," se dijo a sí mismo, "que la aparición de la noche anterior pueda tener alguna conexión con los terribles eventos del día de hoy? Parece ser así," se dijo, "ya que tres de las luces de mis ojos, tres de las estrellas de mi vida, se extinguieron este día." Así razonó McPherson; y, en las misteriosas luces que él había visto, el vio el anuncio de la condenación de sus hijos. Pero cuando recordó que había siete luces, su corazón palpitó fuertemente, y pensó en los tres galantes muchachos que aún le quedaban. Uno de ellos, el menor, estaba en casa con él, los otros dos estaban en el Ejército, eran soldados del 42º Regimiento. McPherson, sin embargo, aún siguió manteniendo el secreto de las misteriosas luces, y se determinó a esperar, con resignación, el cumplimiento del destino que él había visto, y que ahora estaba convencido que era inevitable.

El galante regimiento al que los hijos de McPherson pertenecían estaba, en esta época, en servicio activo. Estaba en América, y formaba parte de las fuerzas armadas que estaban empleadas en resistir los ataques de los franceses en los territorios británicos.

El regimiento en cuestión se había distinguido, durante las campañas en el mundo occidental (entre 1754 y 1758), en muchas batallas sanguinarias, por su singular bravura y general buena conducta; y la fama de sus hazañas se expandió por las colinas y las montañas de la región. Muchos relatos llegaban, de tanto en tanto, de sus logros, y eran todos bien recibidos. Pero el mismo día que el Catherine zozobró, un bajo rumor llegó a esta parte del país que es el escenario de nuestra historia, que decía que parte una terrible desgracia había caído sobre el regimiento. Nadie pudo decir cual era la naturaleza de la calamidad; pero un susurro se propagó, cuyo murmurar ominoso hacía que los amigos de los soldados ausentes empalidecieran. Las madres y sus hermanas lloraban, y los padres y hermanos se golpeaban la cabeza. Los rumores decían que, a pesar que no se había perdido el honor, habían en cambio perdido cientos de vidas humanas.

Al final la verdad llegó, en una forma inteligible y distinta. Se había librado el conocido y sanguinario combate de Ticonderago; y en tal embate, el Regimiento 42, que había combatido con gallardía sin parangón en los anales de la historia bélica, había sufrido penosas pérdidas, no menos de 43 oficiales, comisionados y no comisionados, y 603 soldados, que habían sido muertos y heridos.

Esta noticia trajo a los Highlands una gran desolación y luto, y entre aquellos afectados estuvieron los McPherson de Morvane.

Al tercer día de la ocurrencia de los eventos narrados al principio de nuestro relato, una carta, que había sido enviada primero a un caballero de la vecindad, quien también tenía un hijo en el 42º, llegó a manos de McPherson, por un sirviente del primero.

El hombre estaba serio y respetuoso cuando la entregó, y se apuró a ir antes que fuera abierta. La carta estaba sellada con cera negra. Las manos del pobre McPherson temblaron ante la apertura del sobre. Provenía del capitán de la compañía a la que sus hijos pertenecían, e informaba que ambos habían caído en el ataque a Ticonderago. Había un intento en la carta de consolar al infortunado padre, y de reconciliarlo con la pérdida de sus gallardos hijos, con el exhaustivo detalle de su heroica conducta durante la sanguinaria escaramuza. "Noblemente," decía el remitente, "sus hijos mantuvieron en alto el honor de su país en la sangrienta restriega. Ambos, Hugh y Alister, cayeron, con sus espadas en mano, en uno de los asaltos a Ticonderago, mientras luchaban con corazones intrépidos, y brazos de increíble fortaleza, que pudieron haber excitado la envidia y admiración del hijo de Fingal."

En este relato de la noble conducta de sus hijos, el padre de corazón partido, encontró algún consuelo. "¡Gracias a Dios!", exclamó, con una voz tremenda, "mis bravos muchachos cumplieron con su deber, y murieron con sus espadas en mano y sus enemigos en frente." Pero fue una circunstancia mencionada en la carta, que afectó al pobre hombre más que todo lo demás, y fue que el remitente hacía una intimación, sobre una suma de dinero y un broche de oro, que el que escribía tenía en su poder y que su hijo Alister había legado, la primera a su padre y el segundo a su madre, como un recuerdo. "Estos," decía, "deberán ser depositados con él por el joven hombre previamente al combate, bajo el presentimiento que él caería."

Cuando hubo terminado la lectura de la carta, McPherson buscó a su esposa, a quien halló llorando desconsoladamente, ya que ya había comprendido el destino de sus hijos. Él la abrazó en penosa agonía, y, sumamente emocionado, exclamó que dos más de sus luces se habían extinguido por la mano del Cielo. "Todavía queda uno," dijo, "pero este, también, tendrá que irse, frente a mis ojos. Su destino está sellado; pero la Voluntad de Dios debe ser llevada a cabo."

"¿Qué quieres decir, John?" dijo la mujer, entre sollozos, al respecto de su tono profético, "¿es qué la medida de nuestras penas aún no se completado? Vamos a perderlo a él también, que es ahora nuestro único soporte, my buen Ian. ¿Por qué este presagio de más tragedias, y de dónde lo sacas, John?" dijo, mirando a su marido categóricamente al rostro; y con una expresión de alarma que indicaba la creencia en acontecimientos sobrenaturales con respecto al porvenir, por entonces generalizada en los Highlands.

Urgido por su esposa, que le imploraba conocer la verdad sobre el destino de su Ian, McPherson le relató las circunstancias de las misteriosas luces.

"Pero había siete, John", dijo ella cuando él hubo concluído su relato, "¿cómo es eso? Nuestros chicos no eran sino seis." E inmediatamente añadió, como si alguna convicción pavorosa se le hubiera metido a la fuerza en su mente: "¡Dios nos conceda que la séptima luz pueda ser yo!"

"¡Dios no lo permita!" exclamó el marido, en cuya mente una convicción similar a la de su esposa se había formado; pero su convicción era que él mismo era el indicado por la séptima luz. Pero ninguno de los dos comunicó su temor al otro.

A los dos días siguientes de esto, el lindo pelo de Ian fue visto flotando en un profundo estanque, en aguas del Bran; un pequeño río que cruzaba la granja Morvane. Por qué accidente el pobre niño cayó en el río, jamás fue desentrañado. Pero el estanque en que su cuerpo fue hallado tenía uno de sus favoritos lugares de pesca. Una sola de las misteriosas luces ahora permanecía; pero no fue por mucho tiempo. Antes que la semana hubiera expirado, McPherson se mató al caer de su caballo, cuando regresaba del funeral de su hijo, y la simbólica profecía se terminó de cumplir, y así concluye la historia de "Las Siete Luces".

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