Las Abominaciones De Yondo

Las Abominaciones De Yondo

(Clark Ashton Smith)

 

La arena del desierto de Yondo no es como la de los demás desiertos; entre otras cosas, Yondo se encuentra justo en el borde del mundo, y vientos extraños que soplan desde un golfo cuya profundidad no ha podido determinar ningún astrónomo han sembrado sus campos devastados con el polvo gris de planetas corroídos, y las cenizas negras de soles extinguidos. Las montañas oscuras y con forma esférica que se elevan sobre una planicie arrugada y erosionada no son tan sólo montañas, ya que algunas son asteroides caídos que se han hundido en esa arena abismal. Cosas extrañas han surgido de espacios remotos, cuya exploración está prohibida por los dioses de todas las tierras decentes y bien gobernadas. Pero no existen dioses semejantes en Yondo, donde habitan los genios de las estrellas desaparecidas, y los demonios decrépitos cuyas casas fueron destruidas en infiernos ya anticuados.

Rayaba un mediodía de primavera cuando por fin conseguí salir del interminable bosque de cactos donde me habían dejado los inquisidores de Ong, cuando vi a mis pies el comienzo gris de las llanuras de Yondo. Repito que se trataba de las doce de la mañana de un día de primavera, pero durante mi estancia en ese bosque fantástico no había encontrado nada que me recordase a la primavera; la vegetación que había ido cortando en mi camino, hinchada, moribunda y medio podrida, no se parecía a los demás cactos, sino que tenía formas abominables de difícil descripción. El aire estaba densamente cargado de olores putrefactos, y los helechos leprosos moteaban la tierra negra y la vegetación enroñada con una frecuencia cada vez mayor. Víboras de un verde pálido levantaban la cabeza de los arbustos de cactos, y me observaban con ojos de un ocre brillante, sin párpados ni pupilas. Todo esto me inquietó durante muchas horas; no me gustaban los fungus monstruosos de brazos descoloridos y cabezas de un malva venenoso que crecían a los bordes de los charcos fétidos y el oleaje siniestro que cubría las aguas amarillentas no suponía precisamente un tranquilizante para alguien cuyos nervios estuviesen aún alterados por las torturas recientes. Entonces, cuando hasta los enfermizos y horrendos cactos comenzaron a escasear mientras que aparecía ya la arena cenicienta, comencé a sospechar hasta qué punto mi herejía había despertado un tremendo odio en los sacerdotes de Ong, y la perversidad infinita de su venganza.

No detallaré aquí las indiscreciones que me habían conducido, a mí, un incauto extranjero procedente de tierras lejanas, hasta las manos de esos temibles magos y diáconos misteriosos que están al servicio de Ong. Me duele recordar las indiscreciones cometidas así como las circunstancias que rodearon mi detención; pero lo peor de todo fueron los tableros enlazados con intestino de dragón y rociado de polvos picantes, donde estiraban a los hombres desnudos; o esa habitación sin luz, con ventanas de seis pulgadas en el alféizar, por donde se paseaban cientos de gusanos que se alimentaban en una catacumba cercana. Para terminar, diré únicamente que después de agitar conmigo todos los recursos de su temible fantasía, mis inquisidores me obligaron a cabalgar durante horas y horas a lomos de un camello, para abandonarme al amanecer en ese bosque siniestro. Me dijeron que estaba libre, que podía ir adonde quisiera; y, como muestra de la clemencia de Ong, me entregaron una hogaza de pan de centeno, y una bota de vino con agua pasada a modo de provisiones. El día rayaba su hora doce del mismo día, cuando yo llegaba al desierto de Yondo.

Hasta entonces no se me había ocurrido retroceder sobre mis pasos, impresionado aún por el horror de los cactos y las cosas malas que crecían a su alrededor. Pero al llegar al desierto me paré al recordar la leyenda aterradora que rodeaba la tierra que se extendía ante mí, ya que Yondo es un lugar donde muy pocos se aventuran conscientemente o por propia voluntad. Menos aún son los que han regresado, y cuando lo han conseguido balbucean horrores desconocidos y tesoros inconmensurables; además, no supone ningún aliciente el constante movimiento que sacude sus miembros incesantemente, ni la mirada extraviada de unos ojos inquietos bajo pestañas y cejas blanquecinas. Por esta razón dudé durante un instante al borde de las arenas cenicientas, y sentí el temor de un miedo nuevo en lo más íntimo de mis órganos vitales. Tan arriesgado y horroroso era seguir adelante como retroceder, ya que estaba seguro de que los sacerdotes se habían asegurado de que así fuera. Al cabo de un rato caminé hacia delante, hundiéndome a cada paso en una blandura desagradable; me seguía una larga hilera de insectos patilargos que había encontrado entre los cactos. Dichos insectos tenían color de muerto y eran del tamaño de las tarántulas; pero cuando me volví y aplasté algunos con el pie, llegó hasta mi nariz una pestilencia más vomitiva aún que su propio color. Así, decidí ignorarlos por el momento lo más posible.

En definitiva, no eran más que pequeños temores en comparación con otras monstruosidades. Bajo un enorme sol de un agobiante escarlata, se extendía un Yondo interminable como una tierra de pesadilla contra un cielo negro. Lejos, muy lejos, se erguían las montañas esféricas de las que hablé más arriba; pero entre ellas había horribles vacíos de desolación gris, y colinas bajas, sin vegetación, parecidas al espinazo de monstruos semienterrados. Después de una dificultosa caminata vi grandes pozos donde se habían hundido meteoros, desapareciendo de la vista; y muchas piedras preciosas de diversos colores, cuyo nombre desconocía, resplandecían y brillaban entre el polvo. Cipreses caídos se pudrían junto a mausoleos derrumbados, por cuyos mármoles cubiertos de verdín se paseaban camaleones con perlas maravillosas en sus fauces. Ocultas tras apriscos surgían ciudades conde no quedaba intacta piedra sobre piedra; ciudades inmensas y antiquísimas hundiéndose centímetro a centímetro, átomo a átomo, para alimentar la desolación infinita. Arrastré mis pobres miembros, debilitados por la tortura, por montañas de basuras que en tiempos fueran poderosos templos; a mis pies fruncían el ceño las estatuas de los dioses desde sus restos de samnita resquebrajada o porfiria sofocada por el verdín. Pero la nota dominante era el silencio que reinaba por doquier, roto únicamente por la risa satánica de las hienas y el silbido de las serpientes entre los setos muertos de espino, o por los jardines antiguos, reino actual de insectos y alimañas.

Al llegar a la cumbre de uno de los numerosos apriscos en forma de montículo, me encontré ante las aguas de un extraño lago, inconmensurablemente oscuro y tan verde como la malaquita; además, estaba separado por barras de sal brillante. Las aguas yacían muy por debajo de mí en una hondonada en forma de taza; pero casi a mis pies surgían las lomas y montones de una sal antiquísima, bañada incesantemente por el agua del lago. Yo sabía que ese lago no era más que el amargo y triste residuo de un mar anterior. Descendiendo del aprisco, me aproximé a las oscuras aguas y comencé a lavarme las manos; pero había algo cortante y corrosivo en el líquido ancestral y desistí de mi propósito, prefiriendo el polvo del desierto, que hasta entonces me había envuelto como una capa.

Decidí descansar unos momentos a la orilla del lago, y empujado por un punzante apetito consumí parte de las escasas provisiones que no sin cierta ironía me entregaran los sacerdotes. Mi propósito era reunir todas mis fuerzas y llegar como pudiera a las tierras que se extienden al norte de Yondo. Dichas tierras están desiertas, pero su desolación es más natural que la de Yondo; además, se sabe que en ocasiones se asientan allí ciertas tribus de nómadas. Si la fortuna me sonriese, podría encontrarme con alguna.

La escasa colación me reanimó, y por vez primera desde hacía muchas semanas oí el suspiro de una ligera esperanza. Los insectos con aspecto de cadáveres ya no me seguían, y a pesar de la macabrez del silencio sepulcral y de las ruinas polvorientas hasta el momento no había vuelto a encontrar nada tan horrible como esos insectos. Hubo un instante en que pensé que había cierta exageración en los terrores de Yondo.

Fue en ese instante cuando oí una carcajada diabólica desde la colina, sobre mi cabeza. El ruido comenzó de repente, sobresaltándome, y continuó sin parar, sin variar ni una sola nota, como si fuera la risa de un demonio idiota. Me volví y vi la boca de una oscura cueva, dentada con estalactitas verdes, que hasta entonces no había visto. Al parecer, el ruido provenía de dicha cueva.

Con una intensidad producida por el pánico, observé detenidamente la apertura negra. La carcajada se hizo más intensa, pero por el momento no pude ver nada. Por fin capté un destello blanco en la profundidad, y entonces, con la rapidez de un rayo, salió una cosa monstruosa. Su cuerpo era pálido, lampiño y en forma de huevo, del tamaño de una cabra montesa; se movía sobre nueve patas largas, flexibles y peludas, como las de una araña gigante. La extraña criatura pasó corriendo por mi lado hacia el borde del lago, y entonces vi que su rostro carecía de ojos; sin embargo, por encima de su cabeza destacaban dos largas orejas en forma de cuchillos, y un pellejo delgado y arrugado colgaba sobre su boca, cuyos labios paposos, separados en una carcajada eterna, dejaban entrever filas de colmillos de murciélago.

Bebió con avidez de las amargas aguas del lago; después, cuando satisfizo su sed, se volvió y pareció darse cuenta de mi presencia, ya que el pellejo arrugado se irguió apuntándome, y me olfateó sonoramente. No sé si me hubiera atacado, y si habría escapado de allí, pero como yo no podía aguantar más tan desagradable visión, corrí temblando por entre los grandes peñascos y las barras de sal que bordeaban el lago.

Agotado y sin aliento, me paré, pero al volver la cabeza advertí que nadie me perseguía. Temblando aún, me senté a la sombra de un peñasco. Pero no duraría mucho mi descanso, porque en ese momento comenzó la segunda de esas extrañas aventuras que me obligaron a creer en todas las leyendas que había oído.

Mucho más alarmante que la carcajada diabólica era el grito que se elevó a mi lado, procedente de la arena silícea; era el grito de una mujer en medio de alguna atroz agonía, o indefensa en las garras de los diablos. Al volverme, pude contemplar a una verdadera Venus, completamente desnuda, con una perfección blanca que podía resistir cualquier escrutinio, ya que estaba incrustada en la arena hasta el ombligo. Sus ojos, desmesuradamente abiertos por el terror, me imploraban con la mirada y sus manos de loto se extendían hacia mí mendicantes. Corrí a su lado, y toqué una estatua de mármol, cuyos párpados tallados caían en un sueño enigmático de ciclos muertos; sus manos estaban enterradas junto a la hermosura perdida de las caderas y los muslos. Una vez más escapé de allí, aturdido por un nuevo miedo, y una vez más oí el grito de agonía de una mujer. Pero en esta ocasión no me volví para contemplar los ojos y manos implorantes.

Cuesta arriba por la larga ladera al norte del maldito lago, tropezando con peñascos de basalto y rebordes afilados de metales cubiertos de verdín, tambaleando por pozas de sal o terrazas desgastadas por las mareas de eones antiquísimos, huí y escapé como un hombre que pasa de una pesadilla a otra, en el transcurso de una noche cacodemoniaca... De cuando en cuando sentí un suspiro helado en mi oído, ajeno al viento provocado por mi huida, y al mirar atrás desde una de las terrazas superiores advertí una extraña sombra que corría siguiendo mis huellas. No era la sombra de un hombre, ni de un mono ni de cualquier bestia conocida; tenía una cabeza grotescamente alargada y un cuerpo cheposo y ancho. Tampoco pude determinar si la sombra tenía cinco patas o si la quinta era una cola.

El miedo me prestó una fuerza y un vigor nuevos, y cuando llegué arriba del todo me atreví a mirar de nuevo atrás. Pero la sombra extraña seguía aún mis huellas, y entonces llegó hasta mí un hedor repugnante, hediondo como el de los murciélagos que cuelgan en los desolladeros entre los montones de carnes podridas. Corrí durante muchas leguas, mientras el rojizo sol rasgaba las montañas asteroidales que yacen al oeste; pero la extraña sombra se alargaba igual que la mía, conservando siempre la misma distancia detrás de mí.

Una hora antes de la puesta del sol llegué a un círculo formado por pequeñas pilastras que milagrosamente seguían intactas entre ruinas de lo que parecía ser una gran pila de trozos de cerámica. Al pasar entre las pilastras me pareció oír un gemido, parecido al quejido de un animal salvaje, una mezcla de rabia y miedo; entonces advertí que la sombra no me había seguido dentro del círculo. Me paré y esperé, concluyendo inmediatamente que había encontrado un santuario donde no se atrevía a entrar mi desagradable perseguidor. Pronto se vieron confirmadas mis sospechas, ya que la cosa dudó, y entonces se puso a correr alrededor del círculo de columnas, parando de vez en cuando entre las mismas; pero en ningún momento dejó de gemir, y por último se alejó desapareciendo por el desierto hacia el sol poniente.

Durante media hora no me atreví a moverme; pero luego, la proximidad de la noche, con todas sus posibilidades de nuevos terrores, me obligó a seguir adelante todo lo que pudiera, siempre hacia el norte. Me encontraba en ese momento en el mismo corazón de Yondo, donde bien podían habitar demonios o fantasmas que no respetarían necesariamente el santuario de columnas intactas.

A medida que avanzaba, la luz solar cambió extrañamente; el disco rojo, al aproximarse al horizonte cuajado de montículos, se hundió deshaciéndose en un cinturón de resplandores y miasmas, donde el polvo flotante de las ruinas de la metrópolis de Yondo se mezclaba con los desagradables vapores que se elevaban en forma de columna hacia el cielo desde los enormes golfos negros que se encuentran más allá del extremo final del mundo. A la luz rojiza, las montañas redondas, las colinas serpenteadas y las ciudades perdidas adquirían un tono escarlata oscuro y fantasmal.

Entonces, desde el lejano norte, donde las sombras cobran un color mostaza, surgió una extraña figura; era un hombre alto, completamente cubierto por una cota de malla, o al menos yo creí que se trataba de un hombre. Al aproximarse a mí, resonando su armadura a cada paso, observé que su cota de malla era de cobre cubierta de verdín; llevaba un casco del mismo metal, adornado con cuernos retorcidos y una afilada cresta que sobresalían por encima de su cabeza; y digo cabeza porque estaba oscureciendo y no podía ver con claridad a cierta distancia. Pero cuando la aparición estuvo más próxima pude advertir que bajo el yelmo no había rostro alguno, y por un momento el perfil del casco vacío se dibujó en las sombras de la luz crepuscular. La figura pasó por mi lado, haciendo sonar tristemente su armadura, y desapareció.

Pero inmediatamente después, cuando el sol estaba en su punto más bajo, llegó una segunda aparición galopando a toda carrera y parando cuando estuvo a mi altura; era la momia monstruosa de un antiguo rey, cuya cabeza estaba aún coronada por una tiara de oro sin mancillar. Al volver su rostro hacia mí pude advertir el paso del tiempo y el asiduo trabajo de los gusanos. Sobre el esqueleto flotaban ropajes destrozados, y encima de la corona, de zafiros y rubíes anaranjados, colgaba algo negro que asentía macabramente. Por un instante no pude adivinar de qué se trataba. Entonces se abrieron dos ojos oblicuos de color rojo, que resplandecían como dos carbones infernales encendidos, y dos fauces triangulares que parecían una boca de simio. Una cabeza cuadrada, sin pelo y deforme se inclinaba desde un cuello desproporcionadamente largo y susurraba algo inaudible al oído de la momia. Entonces, y de una sola zancada, el monstruo salvó la mitad de la distancia que nos separaba y apareció un brazo con guantelete de debajo de las ropas rasgadas, brazo de cuyo extremo colgaban dedos descarnados y agarrotados, cargados de pesadas sortijas, que trataban de agarrar mi garganta...

Retrocediendo lejos, muy lejos a través de años de luz llenos de locura y terror, en una huida alocada y precipitada, huí de los dedos insidiosos que quedaron colgando en el crepúsculo justo a mis espaldas. Retrocediendo lejos, muy lejos, hasta el infinito, sin pensar, sin dudar, lanzándome hacia todas las abominaciones que anteriormente abandonara. Huí retrocediendo hacia el denso anochecer, hacia las ruinas indefinidas y estáticas, hacia el lago encantado, y el bosque de los cactos malignos; huí retrocediendo hasta que llegué a los crueles y cínicos inquisidores de Ong, que aguardaban mi regreso.