La fonda del Carmen

La fonda de "El Carmen".

(Adaptación radiofónica de la leyenda popular. Del programa relatos del lado obscuro de La HR-1090am)

Cuentan que durante la invasión francesa que sufrió la ciudad de puebla en 1863. Existía una fonda muy singular.

El barrio de “El Carmen” era el límite entre el ejército francés y la población mexicana. Los invasores se habían apropiado de la iglesia de la huerta de las carmelitas y del cementerio. Pero la plazuela estaba libre, y justa mente ahí cerca de la antigua calle de las Capuchinas, se encontraba la fonda de este relato.

Su propietaria era una mujer de apariencia insignificante, pero tenía muchos clientes entre los que se encontraban soldados de la tropa mexicana, ya que la fonda se destacaba por la sabrosa comida y su excelente servicio.

-         Tenías razón soldado, aquí se come muy bien. Vale la pena atravesar la ciudad.

-         Se lo dije mi general, la cocinera tiene muy buen sazón, y nunca falta el guisado de carne.

-         Es lo que veo, Del otro lado de la ciudad escasea mucho la carne.

Lástima que no pueda dejar mi puesto todo los días, para venir a comer hasta acá.

-         Hey muchacha tráenos más tortillas por favor.

-         En seguida señor.

El hecho de que a la fondera, no le faltara la carne despertó las sospechas de las autoridades. Pues en tiempos de guerra el abastecimiento de productos se dificultaba.

-         Muchacha más salsa por favor.

-         Sí, señor. Desea más agua de tamarindo.

-         Ah, si, si gracias.

-         Gracias mujer.

-         En un momento le traigo la salsa.

-         Esta ¡Buena!

-         ¿Qué, que?

-         La carne soldado.

-         ¡Ah que mi general!

-         No soldado, ya hablando enserio me entere que las autoridades están vigilando a la dueña de esta fonda.

Es muy raro que a todas las cocinas económicas, les falte la carne. Mientras que aquí se sirve a diario y en abundancia.

-         ¿Y qué es lo que se sospecha?, mi general.

-         Pues que esta sobornando a alguien, para agilizar el abasto.

Podrían estar involucradas personas muy importantes.

-         ¡Uhh, pues eso sí que sería un escándalo!

Entonces tendremos que aprovechar y disfrutar estas delicias, antes de que cierren esta cocina.

-         Aquí tiene su salsa señor, y sus tortillitas como le gustan bien calientitas.

-         Gracias muchacha, ¿Oye y cómo te llamas?

-         Carmelita señor.

-         ¡Carmelita, Ven para acá!

-         Oh perdón me llama la dueña.

-         Dígame doña Elodia.

-         Ya te dije muchacha que no platiques con nadie. Entiéndalo chamaca, nos están vigilando y si nos descubren.

No solo nos cerraran el changarro. Si no que nos meterán a la cárcel de por vida.

-         Ahí, no diga eso, doña Elodia no se preocupe, Este soldado viene todos los días a comer y deja buena propina.

Además está bien guapo el condenado.

-         Pues en la cárcel no podrás volver a verlo Carmelita.

-         Entiéndalo, están con los ojos puestos en nosotras.

-         ¡Si, Señora! Lo entiendo de ahora en adelante, chitón.

-         ¡Hey! Tráiganme más tortillas.

-         Anda Carmelita, atiende a la mesa cinco y no hables con nadie.

-         Pierda cuidado doña Elodia, de mi boca no saldrá una palabra.

Las autoridades militares, vigilaron a la fondera durante muchos días, en una madrugada cuan do ya estaban cansados, de seguirla y no encontrar nada anormal.

Vieron que se encendía la luz de una bujía en su casa. Luego escucharon la puerta rechinar al abrirse, y vieron a la fondera salir acompañada de una muchacha.

Las siguieron. Y grande fue su sorpresa…

-         Ándale Carmelita, ven era por esta tumba.

-         Si, Doña Elodia.

-         Bien, aquí esta yo llevo este costal que está más pesado y tu lleva el otro.

Hoy vamos a hace pipián, uhmm.

Las autoridades vieron a las mujeres arrastrar pesados bultos hasta la fonda. Pero cuando la fonda abrió sus puertas a los comensales, no encontraron nada raro.

-         ¡Buenas tarde mi general!, siéntese, aquí hay lugar.

Carmelita, trae comida para el general por favor.

-         No soldado, no vengo a comer.

Vengo a hablar con usted.

-         Dígame, señor.

-         Anoche, las autoridades descubrieron a la dueña de la fonda en el cementerio. Y la vieron arrastrando bultos hasta acá.

-         A usted se le ha encomendado, que hoy por la noche siga a esa mujer para descubrir si esta profanando las tumbas.

-         Pero, eso significaría que.

-         Baje la voz soldado. Eso querría decir… que la carne que aquí se sirve es humana.

Espero que cumpla con su misión.

-         Descuide mi general.

¡Carmelita, tráigame la cuenta por favor!

-         Pero no se ha comido su guisado, señor.

-         Pstt, se me, me quito el hambre, mujer.

El soldado espero frente a la fonda, escondido detrás de los árboles de la plaza. Al anochecer doña Elodia cerro las puertas de la fonda, y después de una hora Salió acompañada por Carmelita. Llevando una pala y dos costales vacíos.

El soldado las siguió. Las mujeres se movían con agilidad entre la obscuridad, por un camino que recorrían todas las noches, y que las llevaba a un campamento enemigo.

El soldado vio con asombro, como las mujeres lograban acercarse sin ser descubiertas, hasta uno de los zuavos que dormía, mientras Carmelita le tapaba la boca con el rebozo, Doña Elodia lo mataba con una pala. Cuando las mujeres se aseguraron de que el soldado francés estaba muerto, arrastraron el cadáver hasta el cementerio.

-         Ándale, Carmelita apresúrate. Este está más flaco, pero de todos modos se puede aprovechar.

Pásame el cuchillo muchacha.

-         ¿Y esto sirve doña Elodia?

-         Si niña, si sirve. Anda échalo en el costal.

Te veo muy lenta, mira ten la pala y empieza a abrir un hoyo que hay que enterrar todos estos restos.

-         Pero Carmelita, como puede estar haciendo eso.

Doña Elodia y Carmelita terminaron de destazar el cadáver, las partes escogidas las guardaron en los costales, que escondieron detrás de una lápida. Y después de enterrar los restos regresaron, por el mismo camino hasta sus casas.

El Soldado espero afuera de la casa de doña Elodia, no tuvo que esperar demasiado, pues en la madrugada, la mujer volvió a salir. Encontrándose en la puerta con Carmelita.

El soldado las siguió hasta el cementerio, donde las mujeres recogieron los costales con carne. Y los llevaron a la fonda para cocinarla.

En cuanto el sol salió, el soldado fue con el general a rendir su informe.

-         Adelante soldado, ¿Dígame que encontró anoche?

-         Mi general, seguí a la fondera. Se dirigió al campamento enemigo más próximo y mato a un soldado.

Luego lo llevo al cementerio, ahí lo descuartizo.   Separo la carne en unos costales y enterró los restos.

Más tarde, en la madrugada regreso por el costal y lo llevo a la fonda.

-         Lo sabía, ahí había algo muy extraño.

Pero no pudo hacer todo esto sola.

Alguien la ayudaba.

-         No, lo se mi general estaba muy obscuro.

-         No estará encubriendo a alguien soldado. Esa mujer no están fuerte, para cargar un cuerpo por sí misma.

-         Pues, si había alguien más, pero no pude reconocer a la persona.

-         Bien, pues daré la orden y se les ara un consejo de guerra.

Las dos mujeres fueron detenidas, aunque el soldado no revelo la identidad de Carmelita, ella misma se entregó a las autoridades. Porque el remordimiento ya no la dejaba vivir.

En el juicio sumario, el fiscal pidió la pena de muerte. Pero el defensor logro su libertad alegando que habían matado a los enemigos.

-         Pero defensor, ¿como pudo liberar a esas mujeres asesinas? ¡Usted también iba a su fonda!

¡También le sirvieron la carne de francés!

-         Ni modos, mi general, también nuestros ancestros los valientes aztecas se comían la carne de sus prisioneros de guerra.

Y le aseguro que ellos no lo hacían por hambre.

Dicen que no se supo, que fue de doña Elodia, y de carmelita. Pero a pesar de todo los soldados mexicanos, extrañaban su comida.

 

 Link al audio del program donde se narra esta leyenda.