La Casa B... en Camden-Hill

La Casa B… en Camden-Hill

(Catherine Crowe)

    La casa que habitaba el matrimonio B… en Camden-Hill no tenía nada de
     particular, salvo su gran número de habitaciones, todas ellas igualmente
     confortables.
     El señor y la señora B… la había alquilado por un precio razonable a un
     hombre de negocios de Temple, con la intención de convertirla en una
     pensión, donde pudieran alojarse modestos funcionarios o empleados de la
     vecindad.
     Al principio, gracias a sus económicas tarifas, el negocio prosperó, pero
     un buen día un joven empleado llamado Rose se marchó bruscamente alegando
     que su habitación estaba embrujada.
     Los esposos B… jamás habían ocupado aquella habitación, una sala
     espaciosa que daba al jardín. De este modo, antes de volverla a alquilar,
     decidieron comprobar por sí mismos lo que ocurría en ella.
     Desde la primera noche debieron reconocer que Rose no había mentido.
     Entre la una y las dos de la madrugada, la señora B… fue despertada por
     un extraño ruido, “como el de un enorme gato haciéndose la manicura sobre
     el parquet”.
     Casi al mismo tiempo, su marido también se despertó y los dos escucharon
     en silencio como el extraño ruido aumentaba, y luego disminuía en
     intensidad, como si su misterioso autor se acercara y alejara
     alternativamente de la cama.
     Al fin, el señor B… no pudo más y gritó:
     - ¿Quién sois y qué hacéis aquí?
     El ruido cesó, pero un segundo después, fueron arrastrados violentamente
     los cubrecamas y las sábanas.
     La señora B… encendió el mechero y alumbró una vela que guardaba cerca
     de sí. En la habitación no había nada insólito, y sin embargo, no hubo
     manera de encontrar las sábanas y los cubrecamas.
     Se levantaron, cerraron la habitación con llave y se fueron a pasar el
     resto de la noche en su dormitorio.
     A la mañana siguiente, volvieron a la habitación de Rose y encontraron las
     sábanas y los cubrecamas hechos un ovillo encima de la cama; los
     cubrecama, de gruesa lana, estaban intactos, pero las sábanas estaban
     completamente hechas jirones.
     La señora B… se negó a repetir la experiencia, pero su esposo se obstinó
     en ello y a la noche siguiente volvió a instalarse en la habitación
     embrujada.
     Esta vez mantuvo una linterna encendida en la cabecera de la cama.
     Tardó mucho en dormirse, pero cuando empezaba a vencerlo el sueño, fue
     sobresaltado por el mismo ruido de la noche anterior.
     El señor B… se incorporó y vio a la luz de la lamparilla a un viejecito
     de aspecto miserable, escasamente vestido, de pie en el centro de la
     habitación. Llevaba un curioso casquete de piel de gato y contemplaba al
     durmiente con manifiesta desconfianza.
     Pese a estar bastante asustado, el señor B… preguntó al misterioso
     intruso cuáles eran sus intenciones. Por toda respuesta, éste empezó a
     resoplar como un gato encolerizado e intentó agarrar las sábanas.
     Entonces el señor B… se dio cuenta de que sus manos descarnadas eran
     extraordinariamente largas y que terminaban en desmesuradas uñas.
     Por casualidad el señor B… había puesto a su alcance una caña de junco,
     la tomó y con ella intentó pegarle al visitante nocturno.
     No encontró resistencia alguna y el junco atravesó el cuerpo del viejecito
     como si fuera de humo.
     Entonces el fantasma retrocedió, profiriendo gestos de amenaza y
     hundiéndose en la pared, despareció. La noche terminó tranquilamente.
     Los esposos B… sacaron los muebles de la habitación y la cerraron. El
     fantasma no truncó la paz de ninguna de las otras habitaciones.
     Pero aproximadamente dos años más tarde el matrimonio B… habló del
     extraño suceso a uno de sus primos, un marino de Kingston, que había
     venido a visitarles.
     El marinero era un hombre robusto y de un sólido sentido común; por
     cortesía no quiso poner en duda las afirmaciones de sus primos, pero
     decidió pasar la noche en la habitación embrujada.
     Con este fin, la amueblaron con una pequeña cama de campo, una mesita de
     luz y una silla, y colocaron una lámpara encendida en la consola de la
     chimenea.
     El marinero tardó muy poco en dormirse pues no creía en historias de
     fantasmas.
     Había cerrado su habitación con llave e incluso había asegurado la puerta
     con un sólido cerrojo provisional.
     Entre la una y las dos de la madrugada, fue despertado por una fuerte
     sacudida en su cama y vio al viejecito del casquete de piel de gato que le
     observaba encolerizado.
     Cuando el marino se disponía a levantarse, el fantasma retrocedió,
     resoplando como un gato furioso y desapareció. Luego se oyeron muchos
     golpes de gran violencia contra o dentro de los muros y un enorme trozo de
     yeso se desprendió del techo. Pero el espectro no volvió a aparecer.
     Poco después los esposos B… se marcharon de Londres para establecerse en
     Kingston y no se supo más de la casa de Camden-Hill

FIN.

Link al audio donde se dramatiza el cuento.