Encuentro Inolvidable

Encuentro Inolvidable

(Angel Méndez Silva – 2° lugar del 1er Concurso de Relatos del lado oscuro. Noviembre 2003)

Esto me sucedió el veintiocho de octubre de 1957. Estaba cercano al día de todo santos, quise ir a caballo a Izucar de Matamoros, mi pueblo natal. Como una aventura de juventud deseaba atravesar la montaña.

Salí a medio día, ensille mi caballo negro, que era dócil y que me conocía muy bien. Mi caballo era bueno y ligero. Con él había ganado una carrera de barriada… en fin.

 Con el agarre camino, atrás del tenzón, llegue como a las cinco de la tarde. Había pensado llegar a Atoyatempan como a las nueve de las noche. Después de un rato me detuve fuera del camino para que mi caballo descansara, y para que comiera un poco, ya que traía como dos kilos de maíz, Yo también comí unos tacos.

A lo lejos había una persona, que se sentaba de vez en cuando. Termine de comer mis tacos, apague el fuego y antes de que me diera flojera, Desate a mi caballo, le asegure la montura y me subí. Al avanzar vi al hombre sentado, en ese momento pensé en desviar al caballo, porque empezó a molestarse y a querer correr. Creí que era un fantasma, ¡porque yo siempre miro fantasmas!.

Lo que hice fue bajarme del caballo, agarre un puño de tierra, hice que lo oliera el caballo y lo lancé al aire diciendo;

“Si eres fantasma bórrate de mí vista, si eres espíritu de bien déjame caminar. Que voy con el divino salvador y si eres ratero no me podrá atrapar.

Me persigne y me volví a subir a mi caballo, no opuso resistencia. Camine hasta llegar a donde se encontraba sentado el señor, arreglándose un huarache.

-          ¡Buenas tardes!

-          ¡Buenas!, ¿y para dónde vas?

-          A Atoyatempan señor, yo soy de allá.

-          Ah, yo soy de Molcaxac muchacho, no más que como no tengo caballo voy a pie. ¿Sería bueno ir de compañeros, no?

Y así lo hicimos, caminamos un buen rato hasta que se metió el sol. El señor corría detrás de mí, ya que por muy lento que camine el caballo su paso no es igual al del hombre. Como ya habíamos caminado mucho, sentí lastima por aquel señor.

-          ¿Si quiere venirse en ancas súbase? Pues mi caballo tiene el paso largo y quiere cabalgar más aprisa.

-          Ah, sí me subes a tu caballo, pues llegaremos a buena hora a Molcaxac, y ahí cenaremos.

Adelante había una piedra, y me arrime con el caballo. Trépese pronto que el caballo no esta tan contento de ir tan despacio.

El hombre se montó, y el caballo reparaba, quería tumbarnos, pero yo le hable con rigor. ¡Quieto Negro!, el animal empezó a correr hasta agarrar su paso.

-          ¡Tienes un caballo de buena condición, oye!

Cuando llegamos al puente de Dios, mi caballo estaba furioso, le solté la rienda. Pues como era de subida no había ningún peligro, llegamos a la salida del pueblo.

-          Agarre esta vereda, así vamos a salir derecho donde yo vivo.

Llegamos a una casa con el patio muy grande, el hombre se bajó.

-          ¡Aquí!, aquí amarra tu caballo, ahorita te traigo pastura. Quiero, que te sientas a gusto en mi casa, tú fuiste buen muchacho al traerme hasta acá, ¡pasa adentro!

Al entrar, mire que el altar estaba lleno de ofrenda, pan, fruta, tamales, algunos platos de mole poblano. Pues era la noche del veintiocho de octubre, día de san simón y san judas Tadeo.

Comí todo lo que él me dio. Había varios niños que entraban y salían jugando con las flores, también vi que había unas personas que estaban dormidas. Tome mezcal, yo creo que me embriague un poco ya que había pasado un buen rato.

-          Disculpe la molestia señor, pero ya me voy a retirar. Yo regresare el cuatro de noviembre lo pasare a vitar se lo prometo.

¿Por quién pregunto?

-          Me llamo Isidoro Leal.

 En ese momento, entro una señora que llevaba una canasta de tamales calientes.

-          ¡Ah, y esta es mi mujer!

-          Mucho gusto.

-          Arregla tu caballo, que ahorita te voy a encaminar, atrás de la casa tengo una mula. En esa te acompaño.

Isidoro Leal se metió al cuarto, y cuando salió, traía un morral lleno de tamales y fruta. Me hiso una seña.

-          Ten, esto es para tu casa.

Súbete, yo saldré por la otra puerta.

-          ¡Muchas gracias, por los tamales señora! Hasta pronto.

Al salir a la calle, el señor ya estaba esperándome montado en su mula, a una cuadra estaba el parque. Lo pasamos y en la esquina siguiente estaba un grupo de personas alrededor de una fogata.

¡Buenas noches!

No me contestaron. Seguimos por el camino rumbo a Atoyatempan, hasta llegar al rio.

-          Ohh, Hasta aquí te acompaño, pues ya me regreso.

Me di la vuelta en mi caballo, para despedirme de mano.

-          Así, no más. Así, no más.

No nos despedimos pues pronto nos veremos.

Me quede un instante parado, escuchando como galopaba su mula. Como hay es puro tepetate se oye muy bien el ruido. Luego cruce el rio y pronto llegue a mi casa, Salude a mis padres y luego me dormí.

Pasaron cuatro días, el dos de noviembre me acorde del amigo. Ensille mi caballo muy temprano para ir a visitarlo, y al llegar a su casa.

-          ¡Buenos días!, ¿Y Don Isidoro?, ¡Soy amigo de él!, Y le traigo un regalo que le prometí.

-          ¿Y usted cuando vio a mi marido?

-          ¿Cómo, pues el jueves veintiocho?... ¿No estuvimos juntos?... Yo le traje en las ancas de mi caballo.

-          No, no, no joven. Usted trata de engañarme.

-          No, señora, mire justo ahí amarre a mi caballo, debajo de ese árbol de Guaje.

¡Mire justo ahí está el estiércol que dejo el animal!

-          Hay, mire eso es muy raro, ¡Mi marido lleva tres años de muerto!, lo mataron halla, halla en Atlalpan.

-          Pero, pero pues exactamente es ahí donde yo lo encontré, arreglándose un huarache.

-          ¡Entonces tú viste a mi hijo!

Una Anciana que estaba escuchándonos, me abraso llorando. Y yo también llore con ella. Yo vine a esta casa, cene tamales, comí Guaxmole y luego me retire. Me acuerdo perfectamente.

-          Dios te bendiga joven, ahora iremos a dejarle su cruz y sus flores.

-          Si, también yo iré. Le dejaremos el mezcal que le prometí.

Y efectivamente había un montoncito de piedras donde falleció. Y ahí es donde lo mire, le rezamos, le dejamos sus tamales y la botella de mezcal que le prometí.

 

Link al adudio del programa donde se dramatiza este cuento.