El Séptimo Pollito

El Séptimo Pollito
SAKI (Hector Hugh Munro)

—De lo que me quejo no es del pesado trabajo diario, sino de la monotonía gris y apagada de mi vida fuera de las horas de oficina —expresó Blenkinthrope con resentimiento—. No me sucede nada interesante, nada notable o fuera de lo común. Incluso las pequeñas cosas que hago tratando de encontrar algún interés no parecen interesar a los demás. Por ejemplo, las cosas de mi jardín.
—Como la patata que pesó más de un kilo —replicó su amigo Gorworth.
—¿Te había hablado de eso? —comentó Blenkinthrope—. Se lo contaba a los otros en el tren esta mañana. Me olvidé de que te lo había dicho a ti.
—Para ser exactos, me dijiste que pesaba algo menos de un kilo, pero yo tuve en cuenta el hecho de que las verduras y los peces de agua dulce anormales tienen otra vida, en la que el crecimiento no se detiene.
—Eres igual que los demás, sólo te causa diversión —exclamó con tristeza Blenkinthrope.
—La culpa es de la patata, no nuestra —contestó Gorworth—. No estamos interesados lo más mínimo por ella porque no es lo más mínimo interesante. Los conocidos con los que subes al tren cada día se encuentran en el mismo caso que tú; su vida es un lugar común y no es muy interesante para ellos, por lo que ciertamente no van a mostrarse entusiastas por los acontecimientos comunes de las vidas de otros hombres. Cuéntales algo sorprendente, dramático o picante que te haya sucedido a ti o a algún miembro de tu familia y captarás su interés enseguida. Hablarán de ti a todos sus conocidos con cierto orgullo personal. «Un hombre al que conozco íntimamente, un tipo llamado Blenkinthrope, que vive cerca de mi casa, perdió dos dedos cuando le mordió una langosta que llevaba a casa para la cena. Dicen los médicos que pudo haber perdido la mano entera». Ésa sí que es conversación de orden superior. Pero imagínate entrar en el club de tenis y hacer el siguiente comentario: «conozco a un hombre que ha cultivado una patata que pesa más de un kilo».
—Para un poco, mi querido amigo —clamó impaciente Blenkinthrope—. ¿No te acabo de decir que nunca me sucede nada de naturaleza notable?
—Inventa algo —contestó Gorworth. Desde que había ganado un premio a la excelencia en el conocimiento de las Escrituras en la escuela preparatoria, se había sentido autorizado a ser algo menos escrupuloso que el círculo en el que se movía. Seguramente podían excusarse muchas cosas a aquel que en una edad temprana podía dar una lista de diecisiete árboles mencionados en el Antiguo Testamento.
—¿Y qué puedo inventar? —preguntó Blenkinthrope con cierta brusquedad.
—Ayer por la mañana se metió una serpiente en tu corral de gallinas y mató a seis de las siete Pollitos, hipnotizándolas primero con la mirada y mordiéndolas después cuando estaban indefensas. La Séptimo era del tipo francés, con plumas por encima de los ojos, por lo que escapó a la mirada hipnotizadora, se lanzó sobre la parte de la serpiente que podía ver y la despedazó a picotazos.
—Te lo agradezco —dijo Blenkinthrope con rigidez—. Es una invención muy inteligente. Si realmente hubiera sucedido tal cosa en mi corral, admito que me habría sentido orgulloso e interesado en contárselo a la gente. Pero prefiero mantenerme en el terreno de los hechos, aunque sean sencillos.
Pero mientras decía lo anterior, su mente analizaba la historia de El Séptimo Pollito. Podía imaginarse contándola en el tren, entre el interés absorto de sus compañeros de viaje. Inconscientemente empezó a surgir todo tipo de mejoras y pequeños detalles.
Su estado de ánimo predominante seguía siendo meditabundo cuando a la mañana siguiente se sentó en el vagón. Frente a él estaba sentado Stevenham, quien había logrado el reconocimiento de una cierta importancia por el hecho de que un tío suyo había caído muerto al suelo cuando votaba en una elección parlamentaria. Aquello había sucedido hacía tres años, pero se le seguía sometiendo a todo tipo de preguntas acerca de la política interior y exterior.
—Hola, ¿cómo le va al champiñón gigante… o era otra cosa? —fue la única atención que despertó Blenkinthrope entre sus compañeros de viaje.
El joven Duckby, a quien detestaba ligeramente, monopolizó de inmediato la atención general con la historia de una luctuosa pérdida en su casa.
—Anoche una rata enorme se llevó a cuatro pichones. Debía ser monstruosa, a juzgar por el tamaño del agujero que hizo para entrar desde el desván.
En aquella zona no parecía que ninguna rata de tamaño moderado realizara nunca alguna operación depredadora: todas eran ratas enormes en su inmensidad.
—Las pistas son bastante precisas —siguió diciendo Duckby al darse cuenta de que había conseguido la atención y el respeto del grupo—. Cuatro chillones desaparecidos de una sola visita. No se puede decir que no sea una inesperada mala suerte.
—Pues a mí ayer por la tarde, una serpiente me mató seis de siete Pollitos —intervino Blenkinthrope con una voz que a él mismo le resultó difícil reconocer como la suya.
—¿Una serpiente? —preguntó un interesado coro.
—Las fascinó con sus ojos brillantes y mortales, una tras otra, y las mató mientras estaban indefensas. Un vecino enfermo y postrado en la cama, que no pudo pedir ayuda, lo presenció todo desde la ventana de su dormitorio.
—¡Vaya, jamás lo había oído! —prorrumpió el coro, con algunas variaciones.
—Pero la parte interesante de la historia es lo de El Séptimo Pollito, la que no fue asesinada —reanudó Blenkinthrope el tema, al tiempo que encendía lentamente un cigarrillo. La falta de confianza en sí mismo había desaparecido y empezaba a comprender lo sencilla y segura que puede parecer la depravación cuando se ha tenido el valor de empezar—. Las seis Pollitos muertas eran de la raza Menorca; la Séptimo era una Houdan con un penacho de plumas encima de los ojos. Apenas podía ver a la serpiente, por lo que no fue hipnotizada, como las otras. Lo único que pudo ver era algo que se movía por el suelo, se lanzó encima y lo mató a picotazos.
—¡Dios mío, fascinante! —exclamó el coro.
En el curso de los días siguientes, Blenkinthrope descubrió la poca importancia que tiene la pérdida del respeto hacia uno mismo cuando se ha obtenido la estima del mundo. Su historia llegó hasta una publicación dedicada a las aves de corral, y de allí fue copiada en un diario por ser un asunto de interés general. Una dama del norte de Escocia escribió contando un episodio similar, que había presenciado personalmente, entre un armiño y un gallo ciego. De alguna manera, una mentira parece mucho menos reprensible cuando la airea el viento.
El adaptador de la historia de El Séptimo Pollito disfrutó durante un tiempo plenamente de su cambio de posición, convertido en una persona importante, alguien que tiene algo que decir en los acontecimientos extraños que suceden en su época. Pero después fue enviado de nuevo al fondo gris y frío por el florecimiento repentino de la notoriedad de Smith–Paddon, un compañero de viaje diario cuya hija pequeña había sido derribada, y casi herida, por un coche perteneciente a una actriz de la comedia musical. La actriz no iba en el coche en ese momento, pero estaba en numerosas fotografías que aparecían en las revistas ilustradas de Zoto Dobreen preguntando por la salud de Maisie, la hija del señor don Edmund Smith–Paddon. Absorbidos durante el viaje por este nuevo tema de interés humano, los compañeros fueron casi groseros cuando Blenkinthrope trató de explicar su estratagema para mantener a las víboras y los halcones peregrinos alejados de su corral de gallinas.
Gorworth, ante quien se confesó en privado, le dio el mismo consejo que antes.
—Inventa algo.
—Sí, pero ¿qué?
La afirmación que había unido a la pregunta revelaba un significativo cambio de su posición ética.
Pocos días más tarde, Blenkinthrope revelaba un capítulo de la historia familiar a sus habituales compañeros de vagón.
—A mi tía, la que vive en París, le sucedió algo curioso —empezó a decir. Tenía varias tías, pero todas estaban geográficamente distribuidas por la zona de Londres—. La otra tarde estaba sentada en el Bois tras haber almorzado en la legación rumana.
Lo que la historia ganaba en pintoresquismo por la introducción de la «atmósfera» diplomática, lo perdía desde ese momento en aceptación en cuando que relato de acontecimientos corrientes. Gorworth ya había advertido a su neófito que así sucedería, pero el entusiasmo tradicional del neófito había triunfado sobre la discreción.
—Se sentía bastante mareada, probablemente a causa del champán, que no estaba habituada a tomar a mediodía.
Un tenue murmullo de admiración recorrió el grupo. Las tías de Blenkinthrope ni siquiera estaban acostumbradas a tomar champán a mitad del año, pues lo consideraban como un elemento exclusivo de Navidad y Año Nuevo.
—Un caballero bastante corpulento pasó junto a ella y se detuvo un instante para encender un cigarro. En ese momento un hombre joven surgió tras él, extrajo la hoja de un bastón–espada y le acuchilló media docena de veces. «Canalla», le gritó a su víctima. «No me conoces. Mi nombre es Henri Leturc». El de más edad se limpió parte de la sangre que manchaba su ropa, se volvió hacia el asaltante y le dijo: «¿Y desde cuándo un intento de asesinato se ha considerado como una presentación?» Terminó entonces de encender el cigarro y se marchó. Mi tía había intentado gritar pidiendo la ayuda de la policía, pero viendo la indiferencia con que el actor principal trataba el asunto, pensó que interferir sería una impertinencia por su parte. Desde luego no necesito decir que achacó todo el asunto a los efectos de una tarde cálida y somnolienta y al champán de la legación. Pero ahora viene la parte sorprendente de mi historia. Quince días más tarde un gerente bancario fue acuchillado a muerte con un bastón–espada en esa misma parte del Bois. Su asesino era el hijo de una mujer de la limpieza que trabajaba en el banco y había sido despedida por el gerente por su intemperancia crónica. Se llamaba Henri Leturc.
A partir de ese momento Blenkinthrope fue tácitamente aceptado como el Munchausen del grupo. Ningún esfuerzo se ahorró para hacerle ejercitarse un día tras otro poniendo a prueba la capacidad de credulidad de sus oyentes, y Blenkinthrope, con la falsa seguridad de un público fiel y receptivo, se creció en laboriosidad e ingenio para satisfacer la demanda de maravillas. La historia satírica que contó Duckby acerca de una nutria amaestrada que nadaba en un depósito del jardín y gemía incesantemente siempre que se iba agotando el agua, apenas si resultó una parodia improcedente de algunos de los mejores intentos de Blenkinthrope. Pero entonces, un día, se presentó Némesis.
Al volver a su casa una tarde, Blenkinthrope encontró a su esposa sentada delante de una baraja de cartas que examinaba con inusual concentración.
—¿El mismo solitario de siempre? —preguntó sin demasiado interés.
—No querido; es el solitario de la Cabeza de la Muerte, el más difícil de todos. Nunca me ha salido, y en cierta manera me asustaría bastante si lo hiciera. A mi madre sólo le salió una vez en toda su vida; también le tenía bastante miedo. A su tía abuela le salió una vez y un instante más tarde caía muerta por la excitación, por lo que mi madre tenía el presentimiento de que moriría si alguna vez le salía. Murió la misma noche del día en que lo consiguió. Es cierto que por aquella época su salud era mala, pero fue una coincidencia extraña.
—Pues si te asusta, no lo hagas —comentó con espíritu práctico Blenkinthrope en el momento de salir de la habitación. Unos minutos más tarde su esposa le llamó.
—John, casi ha estado a punto de salirme. Al final me salvó sólo el cinco de diamantes. Realmente pensé que lo había terminado.
—Pues puedes terminarlo —contestó Blenkinthrope, que había regresado a la habitación—. Si pasas el ocho de tréboles a ese nueve que tienes abierto, puedes trasladar el cinco sobre el seis.
Su esposa hizo el movimiento sugerido con dedos rápidos y temblorosos, apilando las cartas que le sobraban en sus respectivas filas. Después siguió el ejemplo de su madre y su tía bisabuela.
Blenkinthrope estaba verdaderamente enamorado de su esposa, pero en medio de su aflicción tenía un pensamiento dominante. Por fin había sucedido en su vida algo sensacional y real; ya no se trataba de una historia gris y falta de color. Los titulares que podrían describir apropiadamente su tragedia doméstica no dejaban de formarse en su cerebro: «Un presentimiento heredado se hace realidad»; «El solitario de la Cabeza de la Muerte: un juego de cartas que ha justificado su nombre siniestro durante tres generaciones». Escribió una historia completa del suceso fatal para el Essex Vedette, cuyo editor era amigo suyo, y a otro amigo le dio una versión resumida para el despacho de uno de los diarios baratos. Pero en ambos casos su reputación de cuentista fue fatal para el cumplimiento de sus ambiciones. «No parece adecuado dedicarse a contar cuentos en un momento de aflicción», se decían sus amigos, y una breve nota de duelo por «la muerte repentina de la esposa de nuestro respetado vecino, el señor John Blenkinthrope, por un ataque al corazón», aparecida en la columna de noticias del periódico local, fue el único triste resultado de su visión de una publicidad amplia.
Blenkinthrope abandonó el trato de sus anteriores compañeros de viaje y empezó a ir a la ciudad en un tren anterior. Algunas veces intenta atraer la simpatía y la atención de alguien que ha conocido por azar con los detalles acerca de las proezas de canto de su mejor canario, o las dimensiones de su remolacha más grande; apenas se reconoce como el hombre que en otro tiempo se destacó como el propietario de El Séptimo Pollito.

Link al audio donde se dramatizo este cuento │ 29- Junio del 2011

Link al audio donde se dramatizo este cuento │08- Noviembre del 2011.