El huevo de cristal

El huevo de cristal

(Hervest G. Wells)

 

Todavía el año pasado existía no lejos de “Los Siete Cuadrantes” una tiendecita de aspecto mísero, sobre cuya puerta, en borrosas letras amarillas, campeaba este letrero: “C. Cave. Taxidermista y Anticuario”. Entre la diversidad confusa de objetos veíanse en el escaparate varios colmillos de elefante, un juego de ajedrez incompleto, diversos cacharros de vidrio, algunas armas, un muestrario de ojos de animales, dos cabezas de tigre disecadas, una calavera, varios monos, uno de los cuales servía de soporte a un quinqué, un huevo de avestruz punteado de negro por las moscas, aparejos de pesca, una pecera vacía empolvadísima, y un esferoide de cristal maravillosamente traslúcido.

Al empezar la acción de esta historia dos personas estaban estacionadas ante el escaparate, contemplando el esferoide de cristal. Una de esas personas era alta, enjuta, de aspecto eclesiástico; -la otra mucho más joven-, baja y magra, de cobriza tez y cabellera y barba negras. Hablaban con vivacidad, y el joven parecía empezado en decidir a su compañero a comprar el objeto antedicho. Mientras se desarrollaba en la calle esta escena, salió de la trastienda el propietario mascujando aún la última tonada del desayuno, y al advertir la presencia de los presuntos compradores y darse cuenta de que el huevo de cristal había suscitado su interés, no pudo reprimir un gesto de inquietud, y luego de lanzar miradas furtivas hacia los importunos, acercóse a la puerta, y en vez de abrirla para que entraran, la cerró. Era el señor Cave un viejecillo de amojamado rostro y palidez casi verdosa; sus rasgos salientes constituíanlos los claros ojos azules, siempre intranquilos, y la melena de un pardo gris, que caía sobre el grasiento cuello de una levita pasada de moda. Añadid a estos detalles un bonete de forma caprichosa y unas pantuflas de orillo, dignas por su antigüedad de figurar en el escaparate, y con un poquito de imaginación ya podréis figuramos al viejo anticuario.

Al ver que no acababan de irse los tenaces observadores, acentuóse su nerviosidad. El que parecía clérigo sacó de su bolsillo del pantalón un puñado de dinero y, mostrándolo a su amigo, sonrió complacido. Este gesto aumentó la zozobra del anticuario que los espiaba, y su intranquilidad convirtióse en pavor al verlos apartarse del escaparate y penetrar resueltamente en la tienda. El clérigo, llamémosle así, preguntó sin detenerse en ceremoniosos preámbulos el precio del esferoide de cristal; y el señor Cave, luego de dirigir una inquieta mirada hacia la trastienda, contestó con voz trémula y queda:

-Vale cinco libras, señor.

El clérigo objetó que era un precio inverosímil se dispuso a entrar en regateos, como si no comprendiese que pedir tal suma equivalga a negarse a venderlo. El anticuario entonces avanzó hacia la puerta como si quisiera despedirlos, y dijo con voz más firme ya:

-Cinco libras, ni un penique menos.

En este instante apareció tras la mampara de la trastienda una cara femenina, que al través de las gafas púsose a observar con curiosidad ceñuda el incidente; y el señor Cave, fingiendo no verla y deseoso de concluir, volvió a decirles:

-Nada, señores, ya lo saben. no puedo rebajar ni un penique.

El comprador más joven, que hasta entonces había permanecido silencioso, clavó su mirada en el señor Cave, y dirigiéndose a su acompañante le dijo en tono decisivo:

-Está bien. Déle usted las cinco libras.

El clérigo, en vez de obedecer, se volvió hacia él, para comprobar si la orden era dada en broma, y cuando se convenció de su seriedad, y tornó a mirar al anticuario, vio que se había puesto pálido como un cadáver.

-Es un precio exorbitante -dijo, mientras rebuscaba en sus bolsillos.

Y como no pudiera reunir más que libra y media, pidió el resto a su compañero y consejero, de quien debía ser gran amigo. Esto dio tiempo a que el señor Cave recobrase su energía hasta el punto de poder decir, con aparente sencillez, que en realidad el esferoide de cristal no estaba en venta. Los dos compradores mostráronse disgustados ante aquella salida, y manifestaron sin ambages que era poco serio no haberles advertido desde el principio. El anticuario se excusó; pero repuso que no podía cerrar trato por estar ya casi comprometido con otro cliente. Y al llegar aquí, cuando los compradores iniciaban el ademán de marcharse, la puerta entornada de la trastienda abrióse del todo, y tras las gafas y los investigadores ojillos apareció la persona integra de la propietaria, mujer corpulenta, de cara vulgar, que dijo, después de acercarse:

-Señores, se pueden llevar cuando quieran ese chisme, porque cinco libras son muchas libras, y eso del otro cliente es pura trápula de mi marido.

Y como si esa desautorización fuera aún poco, añadió volviéndose hacia el anticuario:

-¡Daría cualquier cosa por saber qué ventolera te ha entrado para desaprovechar una ocasión así!

El hombre, que se agitaba nervioso desde la entrada de su mujer, le dirigió una mirada de tímido enojo, mientras con voz vacilante trató de proclamar su exclusivo derecho a decidir en los asuntos mercantiles.

A este intento siguió un altercado, que los indecisos compradores escucharon con benévolo regocijo, dando la razón a la dama cada vez que la viveza de las replicas lo permitía. El infeliz anticuario vive sintiéndose cerca de la derrota, hizo un esfuerzo y persistió en lo del derecho de prioridad del otro cliente; y como el debate hacíase interminable, el más joven de los compradores propuso que, si al cabo de dos días la venta no se había ultimado, quedaría el objeto a su disposición. Esta fórmula pareció complacer del todo a la señora Cave, quien, deseosa de no dejar demasiado mal a su consorte, les aseguró confidencialmente que, a pesar de sus rarezas, era un hombre cabal y acababa por arrepentirse de sus chifladuras. Después de esto, el clérigo y su amigo saludaron muy corteses y se fueron. Apenas quedaron solos los esposos, reanudóse la discusión. La mujer reprochaba con despotismo; y el viejecillo, pálido, temblón, tartamudeaba excusas ininteligibles, obstinándose en que el huevo de cristal, además de estar apalabrado ya, valía por lo menos quince libras.

-Entonces, ¿por que les pediste cinco? -dijo irónicamente la tarasca.

-Por que… se me antojó no pedir más. ¿Es que ya no va a ser uno dueño de dirigir su negocio?

El señor Cave tenia, además de su mujer, un hijo político y una nuera que, por contingencias raras y fatales, habitaban bajo su techo; y como es de suponer, aquella noche, durante la sobremesa, se renovó y amplió la discusión. Es de notar que ninguno de los hijos políticos del anticuario tenía la mejor opinión de sus aptitudes mercantiles, así que la señora Cave obtuvo un formidable refuerzo. El yerno, mocetón fornido de aspecto nada inteligente, afirmó:

-Estoy seguro de que no es la primera vez que te niegas a vender ese cachivache.

Y la nuera -veintiocho primaveras o inviernos, espíritu práctico y genio incisivo-, añadió:

-¡Despreciar así cinco libras! Como somos tan ricos…

Las réplicas del señor Cave iban siendo cada vez mas débiles y confusas, y a última hora limitábase a asegurar que sabía muy bien lo que hacia. En cuanto acabó de comer, forzáronlo sus afectuosos parientes a cerrar la tienda, y cuando obedeció, estaban sus mejillas arreboladas y en sus ojos humedecidos parecía que iban a cuajarse dos lágrimas. Una y otra vez se preguntaba: “¿Por qué demonios se me habrá ocurrido dejar tanto tiempo el huevo de cristal en el escaparate?” “¡Qué imprevisión, qué estupidez!”.

Y durante largo rato estuvo dando vueltas en la mollera a un pretexto plausible para anular la venta. Después de comer, yerno y nuera salieron de paseo; y la señora Cave subió a sus habitaciones para reflexionar en la soledad acerca del insospechado valor del cristal, mientras comprobaba la virtud tónica del ron mezclado con limón y azúcar en un poco de agua. El señor Cave permaneció hasta tarde entre sus queridos trebejos, so pretexto de fabricar ornamentaciones rocosas para unas peceras; pero, en realidad, lo que lo retenía en la tienda era algo a la vez fantástico y práctico, que tardará muy poco en conocerse…

Al siguiente día notó la señora Cave que el esferoide de cristal no estaba en su sitio y lo descubrió tras un montón de librachos viejos, cosa que la contrarió en extremo; y, sin andarse por las ramas, volvió a colocar el objeto precioso en el escaparate, absteniéndose de preguntar, por extraño que parezca dado su genio expeditivo, al señor Cave acerca del torpe escamoteo. Sin duda la jaqueca y el temor a nuevas polémicas le impidieron unir por una sola vez en su vida, las palabras a los actos. El día transcurrió monótono, desagradablemente; el señor Cave lo pasó preocupado, hosco; y en cuanto su costilla subió a dormir la siesta, abalanzóse al escaparate y volvió a rescatar el objeto origen de su desventura.

Al día siguiente, muy temprano, fue a entregar a un establecimiento varios lobos marinos que le habían dado para disecar, y durante su ausencia la señora Cave distrajo su soledad invirtiendo en imaginación las hipotéticas cinco libras que habla de valer el esferoide; entre los objetos en que habían de transformarse figuraba un vestido verde que debía ser lucido en una excursión familiar a Richmond o a Windsor, elección aun no decidida, cuando el tintineo del timbre colocado en la puerta la trajo desde el ensueño a la realidad. Era el recién llegado un profesor de zoología quejoso de que el taxidermista y anticuario no le hubiese llevado aún algunas ranas cuya disecación le apremiaba. Y como a los gustos aristocráticos de la señora Cave repugnaba aquella rama macabra y poco lucrativa del comercio, el pobre zoólogo hubo de soportar, antes de marcharse y renovar el recado, algunas indirectas sufridas por otra parte pacientemente. Otra vez sola en sus dominios, la señora Cave dirigió una mirada al escaparate, pues contemplar el esferoide de cristal equivalía para ella a contemplar el raro y grato espectáculo de cinco libras, y cuál no seria su estupor al comprobar que lo habían escondido de nuevo. Lo buscó ávidamente tras de los libros viejos, y nada: sin duda se trataba de una treta de su marido… Buscó por todas partes, revolvió objetos enterrados bajo verdaderas losas de polvo, y nada, nada… Las cinco libras, el vestido de seda y la excursión habían desaparecido.

Cuando regresó el señor Cave a la hora del almuerzo, halló la tienda en el mayor desorden y a su esposa en la mayor aflicción, estado que no la impedía dedicarse tras el mostrador a destruir vengativamente todo su instrumental de disecador. Al verlo llegar, sus ojos llamearon y de su boca salió esta acusación iracunda:

-¡Lo has escondido, lo has escondido!…

-Pero, ¿qué es lo que he escondido, mujer?

-¡El huevo de cristal!

El señor Cave aparentó, con la torpeza de un mal cómico, enorme sorpresa, y exclamó corriendo hacia el escaparate:

-¿Dónde está, santo cielo? ¿Quien nos lo ha robado?

En ese momento salió el yerno de la trastienda lanzando blasfemias de las menos distinguidas: estaba furioso por la tardanza en almorzar y aseguró que en el almacén donde estaba de simple aprendiz, su ausencia debía estar originando grandes conflictos. Al enterarse de la pérdida del huevo de cristal, olvidóse del almacén y hasta del almuerzo, y arremetió contra el anticuario. Con sagacidad policíaca, lo primero que se le ocurrió fue acusar al propio señor Cave del robo; mas el anticuario defendióse hábilmente, y hábil en dialéctica consiguió primero arrojar sobre su esposa la responsabilidad integra del hurto, para echarla después sobre el yerno. Estas imputaciones desencadenaron una discusión tempestuosa, a la que puso término la anticuario con uno de sus oportunos ataques de epilepsia. Tales incidentes dieron lugar a que se chamuscase el almuerzo y a que el insustituible aprendiz llegase tarde al almacén. El señor Cave creyó útil refugiarse en la trastienda para evitar los arañazos que, al caer en tan temible estado de inconsciencia, solía propinarle su cónyuge. Por la noche volvió a ser considerada la cuestión en consejo de familia presidido por la nuera, y el asunto se examino sobre todo desde el punto de vista práctico. Al comienzo, la cosa fue bien, pero la asamblea perdió poco a poco la ecuanimidad, y las frases gruesas sustituyeron a las razones, los gritos a las frases y los puñetazos sobre la mesa a los gritos; de tal modo, que el señor Cave vióse obligado a marcharse a la calle tras un portazo formidable, testimonio de su indignación. Todo género de suposiciones e insultos cayeron sobre el fugitivo, y cuando extenuados ya, se convencieron de que insultar a quien no podía oírles no conducía nada eficaz, decidieron llevar a cabo una detenida investigación desde el granero al sótano, en busca de aquella especie de huevo de cristal semejante a los de oro de la gallina de la fábula. La investigación resultó tan vana como los insultos.

Al siguiente día reaparecieron los dos compradores, y la señora Cave los acogió con lamentos y lágrimas. A fin de darles más exacta idea de los motivos de su aflicción, empezó por contarles las mil contrariedades sufridas durante su vida conyugal; y luego inventó una historia fantástica para explicar la desaparición del cristal. El clérigo y su amigo cambiaron mutuas miradas de recelo, y al notar que la señora Cave parecía dispuesta a relatarles más pormenores de sus matrimoniales desventuras, hicieron ademán de irse; pero no lo consiguieron sin que antes la anticuaria, incapaz de renunciar a tan fructífero negocio, obtuviese del clérigo su dirección para avisarle en el caso feliz de recobrarse el objeto perdido o robado. La señora Cave no pudo volver a encontrar nunca el papel donde estaban escritas esas señas. Al llegar la noche, toda la familia estaba vencida por el exceso de emociones; y como tras la tempestad parece más profunda la calma, así pareció gratísima bonanza al pobre naturalista, cuando regresó tras muchas horas de ausencia, dispuesto a afrontar nuevos gritos, aquel silencio suave, muelle… Durante mucho tiempo las relaciones del señor Cave con su familia fueron muy tirantes y ni por inadvertencia siquiera volvió a hablarse una palabra acerca del huevo de cristal y de sus defraudados pretendientes.

Digamos ya sin más tardanza que el señor Cave era un redomado embustero, pues aquella misma mañana había entregado en persona al señor Jacobo Wace, ayudante preparador del Hospital de Santa Catalina, el huevo de cristal, que Wace colocó en un estante, junto a una botella de whisky, cubriéndolos con un pedazo de terciopelo negro; y, antes de proseguir, digamos también que los auténticos pormenores del suceso se deben precisamente al señor Wace…El anticuario le llevó el huevo de cristal escondido entre los lobos marinos disecados, rogándole que se lo guardara. Al principio el preparador puso ciertos reparos, pues aun cuando sus relaciones con él limitábanse a la invitación de cuando en cuando a beber y a fumar, so pretexto de oírle exponer su jocoso pesimismo acerca del Universo en general y de la mujer en particular, conocía a la señora Cave, y el recuerdo de algunas discusiones sostenidas con ella y de su genio irascible hiciéronle titubear; pero los ruegos del desolado anticuario le movieron a compasión, y al fin aceptó el depósito, pensando que a nada le comprometía tal complicidad, suscitada acaso por chocheces pueriles de su amigo. Pocos días después, entre copa y copa de brandy, oyó decir al señor Cave que su interés por el esferoide provenía de algunas particularidades observadas en su interior; pero aun cuando trató de obtener explicaciones menos vagas, solo pudo lograr promesas, que, por fortuna, se cumplieron aquella misma noche. El señor Cave habló poco más o menos así:

Había adquirido el huevo de cristal, entre otros objetos, en la liquidación de un anticuario recién fallecido, y por ignorar su aplicación decidió venderlo en dos chelines; como nadie trató de comprarlo no volvió a fijarse en él, y de seguro lo habría dado por cualquier precio si un descubrimiento maravilloso no se lo hubiese hecho inestimable. Conviene tener presente, para comprender mejor los hechos ulteriores, que la salud del anticuario no era mucha, debido tal vez a los malos tratos familiares, a los achaques propios de los años o a ambas causas. La señora Cave, vanidosa, ruda y arbitraria, aumentaba estas naturales excelencias con su afición a las bebidas alcohólicas; la nuera, verdadera basilisco y síntesis de todas las presunciones e iracundias, era sólo comparable al yerno, que reunía en sí las dotes de las dos mujeres. En suma, el hogar del señor Cave no tenía nada de patriarcal, y ello hace disculpable que también él, para olvidar penas, buscase de cuando en cuando en el fondo de las botellas, si no el secreto de la felicidad, el del olvido. Jamás, sin embargo, llegaron a eclipsarse en sus relativos excesos su cortesía y su afición a saber. A pesar de dar a sus dolores esta válvula, el volcán de sus torturas domésticas tenia de tiempo en tiempo una erupción, de la cual eran precursores largas crisis de neurastenia e invencibles insomnios. Cuando sobrevenían éstos, se levantaba de la cama para no turbar el sueño angelical de su esposa, y vagaba por los pasillos como un sonámbulo. Una de esas noches, la casualidad y el calor de agosto le llevaron a buscar un poco de frescura en la tienda.

Sumido en polvorienta penumbra, apenas distinguíase nada en el establecimiento, y el señor Cave quedó sorprendido por una extraña claridad producida, según comprobó, por el esferoide de cristal, arrumbado desde hacia ya tiempo entre los objetos inservibles. Un rayito de luz que entraba por una rendija del escaparate hería la tersa superficie suscitando en su interior aquella claridad sorprendente. El señor Cave no pudo explicarse el fenómeno, que pugnaba con las leyes de la óptica, y al punto recordó, a pesar de no estar muy fuerte en Física, que si era posible a los rayos lumínicos ser refractados por el mismo cristal hacia un foco interno, no tenía en cambio explicación científica la extraña difusión de la luz. Cada vez más perplejo, cogió el cristal y lo examinó en todos sentidos, largamente. Observo que la luz interior no era continua, sino sujeta a oscilaciones de intensidades diversas y que más que verdadera luz parecía una fosforescencia, una neblina luminosa. Su estupefacción llegó al colino cuando, interponiéndose entre el cristal y el rayo de luz, vio que la luminosidad persistía en el fondo del esferoide. Deseoso entonces de extremar el experimento, llevólo al rincón más sombrío, y durante cuatro o cinco minutos aun siguió brillando. Luego, la claridad comenzó a debilitarse, hasta desaparecer; pero sometido de nuevo a la acción del rayo de luz, recobró instantáneamente sus propiedades milagrosas.

Esto contó el señor Cave a su amigo Wace, quien pudo a su vez repetir el experimento. Colocado el objeto en la sombra y proyectando sobre él un haz de luz cuyo diámetro no excediera de un milímetro, despedía una fosforescencia extraña. Lo que no logró ver el preparador fue aquella luminosidad profunda que aseguraba y juraba ver el naturalista. Quizá se necesitase una acomodación especial de la vista para percibir por completo el fenómeno, pues debemos decir que, examinada la esfera por el físico Harbinger -cuyo nombre no puede desconocer quienquiera se interese por el desenvolvimiento científico del Instituto Pasteur-, tampoco pudo descubrir la menor luz interna.

Así, pues, es preciso reconocer en el señor Cave aptitudes extraordinarias, independientes de su voluntad, ya que tampoco lograba percibir siempre el maravilloso prodigio. Tras numerosas pruebas, pudo establecerse que, cuanto mayor era su decaimiento físico, más perfecta era la visión. Desde entonces la fantástica luz del cristal ejerció sobre el señor Cave una fascinación que, mejor que un largo volumen, puede demostrar el hecho de que, siendo tan comunicativo, guardase silencio acerca del asunto y dedicara por completo la existencia, a cuyos goces habla renunciado, al placer purísimo de contemplar la claridad estelar cuyo brillo aumentaba con la proximidad de la noche. Para ver algo durante el día era preciso colocar la esfera en un sitio obscuro y aun cubrirla con un paño negro. Con grandes precauciones para no ser descubierto por los argos femeniles, el anticuario empleaba casi todas las tardes fingiendo arreglar en el sótano una colección de minerales, mas en verdad observando el portentoso juguete; y en una ocasión, al hacerlo girar entre sus manos, vio algo que lo hizo estremecer. La visión duró menos de un segundo, lo que un corto relámpago, pero bastó para inculcar en el señor Cave la certeza de que el esferoide había revelado en su entraña la existencia de un país inmenso y sorprendente. Y poco después, cuando ya estaba la claridad próxima a extinguirse, volvió a repetirse la visión.

Sería harto prolijo detallar una a una las fases por donde pasó el descubrimiento. Baste decir que, en ciertos instantes, puesto el cristal a la luz de un rayo luminoso inclinado ciento treinta y siete grados, veíase dentro un paisaje dilatadísimo a nada comparable; y no se trataba de una quimera: la impresión era de perfecta realidad, de perfecta proporción entre volúmenes y líneas; y por si eso fuera poco, algunas imágenes de forma imprecisable movíanse con ordenada lentitud en el inmenso panorama. El señor Cave pudo comprobar que el movimiento de esas formas seguía indefectiblemente la dirección del rayo luminoso suscitados del incomprensible prodigio.

El señor Wace me ha asegurado que las descripciones hechas por su amigo abundaban en pormenores y que en ninguno advertíase esa tendencia a la hipérbole propia de los alucinados. Cumple, sin embargo, recordar que cuantos esfuerzos hizo el ayudante de preparador por participar del espectáculo resultaron estériles, a pesar de intentarse en las más diversas circunstancias; pero ya hemos dicho que la diferencia de potencialidad visual entre ambos amigos era grandísima; y teniéndolo en cuenta extrañará menos que lo que era para el señor Cave cuadro clarísimo, fuese para Wace turbia e impenetrable fosforescencia. En cambio, las descripciones hechas por el anticuario no fueron jamás disímiles. Hablaba de inmensas llanuras franqueadas por cordilleras rocosas cuyas rojizas moles parecían prolongarse hacia el norte y el sur; y ni una sola vez pudo hacérsele variar un detalle o sugerirle una exageración. La orientación de las montañas la fijaba merced a las estrellas, visibles durante la noche en el misterioso panorama cual si se tratase de un paisaje terrestre.

El primer día que el anticuario percibió estos accidentes, la cadena oriental de rocas parecía estar muy cerca, y cuando el sol la iluminaba de lleno, distinguíanse revoloteando sobre ella, a veces a la altura de sus picachos y otras muy por encima, formas que el señor Cave no pudo identificar y en un principio creyó gigantescos pájaros. Luego pudo ver que en las estribaciones de las rocas elevábase una fila de edificios. Los pájaros, o lo que fuesen, se Acercaban en ocasiones a la superficie del cristal con rapidez vertiginosa y en otras huían hacia el lejanísimo centro hasta convertirse en manchas informes. Habituado ya a mirar, notó que la vegetación de aquel país de prodigio no era igual a la de la tierra: extensas praderas cubiertas de suavísimo musgo gris recubrían el llano y, en segundo término, un vasto lago cuyas aguas parecían ígneas, dificultaba la observación.

Una de las veces un objeto enorme, policromo y brillante, atravesó de improviso el paisaje…Y aquí conviene advertir de nuevo que la primera vez que el señor Cave entrevió todas estas cosas fue solo durante la duración de un relámpago. No obstante, lo fugitivo de las impresiones y el esfuerzo de atención producíale malestar físico. La visión era intermitente al comienzo, y unas veces se intensificaba, mientras otras empalidecía y se desvanecía. De aquí la gran dificultad para recobrar la orientación cada vez que, por una de aquellas obscuridades súbitas, apartaba la vista de la prolongación del rayo luminoso externo. La segunda visión precisa no la logró el señor Cave hasta una semana después pero en cambio pudo contemplar el valle en toda su extensión. El panorama era sin duda diferente a todo terrenal paisaje; la vasta fachada del primero de los edificios entrevistos la vez anterior, apareció en ésta más distante; ante el centro de la fachada abríase una anchurosa terraza, en cuya mitad elevábanse a iguales distancias altos mástiles, rematados por objetos esferoidales y pulidos en los que se reflejaban los postreros rayos del sol. Hasta muchos días después no pudo apreciar el anticuario la naturalezas importancia de estos objetos, que se le reveló por comprensión repentina al estar explicando a su amigo Wace las maravillas del huevo de cristal… Abríase la terraza sobre un bosque de vegetación pujante, y estaba circundada por inmensas praderas donde parecían reposar gigantescos insectos comparables a los escarabajos.

Más allá de las praderas empezaba una calzada de rosáceo pavimento, y más lejos aún, extendíase paralelamente a las montañas que cerraban el horizonte, una extensión liquida -¿río, lago, mar? - rodeada de tupidos y floridos arbustos. Cruzaban la atmósfera en todas direcciones bandas de pajarracos, y del lado de allá de la planicie líquida elevábanse una porción de edificios multicolores que brillaban al sol como si tuvieran facetas metálicas. El contraste de estos reflejos con el verde profundo de los bosques y con las luces ígneas del agua, producía un espectáculo único…De improviso, algo que pareció azotar el aire con rápido y centelleante aletear turbó su vista, y una cara, o mejor dicho, la parte superior de una cara con pupilas enormes, acercóse desde el centro del esferoide a los ojos del señor Cave, cual si quisiera venir a preguntarle el motivo de su curiosidad. La sorpresa del anticuario fue tal, que casi perdió el sentido, y cuando, algo repuesto del susto, intentó repetir la observación, no pudo lograr, por más vueltas que dio al embrujado cristal, que la visión fantástica y ni siquiera la claridad interna origen de sus zozobras y deleites volvieran a surgir.

Éstas fueron las primeras observaciones de carácter general realizadas por el anticuario; y con ellas coincidió la visita de los compradores narrada al comienzo. Nadie dudará de la razón poderosa que asistió al señor Cave cuando aseguró a su mujer que el huevo de cristal valía mucho más de las cinco libras ofrecidas; y, sin duda, el lector disculpará su incorrecta conducta al tratar primero de hallar un pretexto para anular la venta e ir después a confiar la custodia de su tesoro al señor Wace…

Apenas el mágico objeto estuvo en poder del ayudante del Hospital de Santa Catalina y le fueron revelados sus misteriosos atributos, el señor Wace, guiado por sus hábitos de investigador y por su entusiasmo juvenil, se dispuso a estudiar sistemáticamente el inexplicable fenómeno; y unas veces a solas y otras en compañía del anticuario, que jamás dejaba pasar la tarde de ningún domingo sin venir a deleitarse con el incomprensible espectáculo, se puso a estudiar y clasificar las observaciones. Desde un principio anotó con minucioso método las referencias del anticuario, y gracias a esta labor pudieron ambos fijar la relación existente entre la dirección del rayo externo y la orientación de la mirada. Encerrado el cristal dentro de un estuche, en cuya tapa habían taladrado un agujerito, y sustituidas las cortinas rojas de la ventana por un paño negro muy grueso, consiguieron mejorar las condiciones del fenómeno hasta el punto de poder examinar el valle sin intermitencias y en mucha mayor extensión que la hasta entonces percibido. Gracias a este progreso no es posible transcribir anterior descripción del extraño mundo, vivo sin duda alguna dentro del esferoide de cristal. Con fidelidad y habilidad para lograr escribir en la sombra, el señor Wace tomaba nota de cuanto su amigo el anticuario iba diciendo.

Cuando el cristal alcanzaba el máximo de intensidad luminosa, el señor Cave percibía, además de las grandes masas ya mencionadas, muchedumbres de seres vivos análogos a los escarabajos que parecían posados en el primer término de la campiña, y según iba repitiendo los experimentos, modificaba sus impresiones acerca de las extrañas criaturas, que después de parecerle escarabajos se le antojaron murciélagos y, al fin, querubines. Sus cabezas eran redondas y de configuración casi humana; además, tenían ojos, unos ojos inmensos y brillantes cuya mirada detenía y helaba la sangre en las venas… Poseían también grandes alas de plata membranosas y brillantes, desprovistas de plumas, de las cuales arrancaba la luz irisados reflejos; y estas alas parecían unirse al cuerpo por un solo punto de tangencia situado cerca del tórax, lo que daba a los extraños seres el aspecto de mariposas fenomenales.

Pequeños de cuerpo con relación a las dimensiones de la cabeza, poseían también bajo el abdomen un haz de tentáculos contráctiles, ágiles y eficaces como manos. Por extraño que todo esto pareciese al señor Wace, hubo de aceptar la idea de que tanto los bellos edificios corno los magníficos vergeles que los rodeaban, pertenecían a aquellas monstruosas criaturas, injertos de ángel y murciélagos, según sintética definición del seno ave. Entre otras particularidades observó el anticuario que los edificios carecían de puertas y tenían, en sustitución, anchas y circulares ventanas, por donde entraban y salían sus dueños misteriosos. Veíaseles llegar en rápido vuelo a los quicios de esas ventanas, posarse merced a los tentáculos, plegar las alas y penetrar luego en el recinto. No todos los seres observados por el anticuario tenían igual tamaño ni cruzaban el aire con rápido vuelo: los había más pequeños, comparables a libélulas o, mejor aún, a escarabajos alados; otros, todavía más chicos, arrastrábanse con indolencia por los prados, como si no pudiesen volar; y en los caminos y sobre las terrazas, otros seres aún de cabezota enorme, parecidos a los de las alas de querubín, saltaban a modo de gigantescos saltamontes, mediante flexiones violentas…Creo haberme referido ya a ciertos objetos brillantes que remataban los mástiles de las terrazas. Añadiré que un examen más minucioso permitió al señor Cave comprobar que cada uno de aquellos objetos era, ni más ni menos, un esferoide de cristal exactamente igual al que él y su amigo poseían. De tiempo en tiempo, uno de los grandes seres volátiles llegaba desde el fondo del paisaje hasta cerca de cualesquiera de los mástiles y, después de plegar las alas y sujetarse con los tentáculos, permanecía mirando el cristal durante algunos segundos.

Diversas observaciones consecutivas, sugeridas por Wace, convencieron a los dos amigos de que el huevo de cristal empleado por ellos se encontraba, por extraño aunque indudable fenómeno, al extremo del último mástil de la terraza; y de que por lo menos uno de los habitantes del prodigioso mundo había examinado la casa del señor Cave con la misma indiscreción con que el anticuario se obstinaba en examinar el fantástico y real paisaje situado dentro del cristal. Sentado lo anterior, es preciso admitir una de las dos hipótesis siguientes: o el huevo de cristal se hallaba a la vez en dos mundos distintos, de los cuales en uno era movible y en el otro inmóvil -cosa de todo punto inadmisible-, o bien existía una relación, de trascendencia misteriosa incalculable entre el esferoide terrestre y el del mundo desconocido, en virtud de la cual, mirando en uno de ellos, podía verse recíprocamente lo que en ambos planetas ocurría.

En el estado actual del progreso científico no es posible aún explicarse la razón de que dos objetos de cristal situados de ese modo pudieran hallarse en comunicación tan extraña. Sabernos, sin embargo, lo suficiente para comprender que fenómeno de tal género no es imposible en absoluto; y, por lo tanto, la segunda hipótesis me parece más aceptable. Pero, ¿dónde se hallaba situado aquel otro mundo? La activa inteligencia del señor Wace logró tras tenaces estudios arrojar alguna luz sobre tan obscuro problema. Después de ponerse el sol, se ensombrecía casi de improviso el paisaje misterioso sin pasar apenas por el puente crepuscular; las estrellas eran las mismas que las de nuestro firmamento y se agrupaban en las mismas constelaciones. El señor Cave pudo reconocer la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio, de lo que coligió el preparador que aquel mundo debía hallarse en nuestro mismo sistema solar y a una distancia no superior a varias centenas de millones de kilómetros de la tierra. Ateniéndose a estas indicaciones, comprobó el señor Cave que el azul del cielo nocturno superaba en intensidad al de nuestros cielos invernizos, que el sol parecía algo más pequeño, y que había dos lunas semejantes a la nuestra, aun cuando también algo más chicas. Una de esas lunas se movía tan rápidamente que a simple vista podía apreciarse su marcha; y las dos se elevaban muy poco sobre el horizonte, poniéndose poco rato después de su salida, de tal modo, que en cada una de sus revoluciones, dada la proximidad del planeta primario, encontrábanse alternativa y forzosamente eclipsadas.

Este conjunto de condiciones se ajustaba por completo -aun cuando el señor Cave careciera de conocimientos astronómicos para precisarlo- a las que deben regir la existencia del planeta Marte. Y, teniendo en cuenta este conjunto de circunstancias, no nos parece inverosímil que el señor Cave haya podido ver, mediante el extraño esferoide de cristal, el planeta vecino y comprobar que está habitado. En este caso, aquella estrella vespertina que vio brillar tan intensamente debía ser nada menos que la Tierra. Durante algún tiempo, los marcianos -dado caso de que lo fuesen- no parecieron darse cuenta de las investigaciones del anticuario. Dos o tres veces empero, uno de aquellos seres acercóse para volver a alejarse en seguida, como si le hubiera desagradado contemplar tan de cerca a un hombre de la Tierra. Esta indiferencia o repugnancia de los marcianos favoreció la curiosidad de ambos amigos, pues, libre de obstáculos el campo visual, permitía al anticuario pasar horas y horas en el empeño de descubrir nuevas maravillas en el insospechado paisaje. Y aquí hemos de lamentar una paradójica consecuencia de su atención demasiado tenaz. el carácter fragmentario y vago de sus explicaciones. Es posible que este carácter fuera consecuencia de los medios harto incompletos de que disponía para estudiar aquel mundo. Imaginad lo que pensaría de nosotros un observador rnarciano si, tras una serie de difíciles tanteos, con los ojos fatigados y atónitos, consiguiese contemplar desde la torre de San Martín, durante periodos máximos de tres o cuatro minutos, el febril hormiguero de Londres.

Esto explica que el señor Cave no pudiera afirmar concretamente si los marcianos alados eran mariposas o embriones de los perezosos saltarines de la pradera, y si éstos podían a voluntad, o tras una gestación prepreparatoria, echar a volar a su vez. En ocasiones percibió también extraños bípedos, lentos y desairados, que recordaban a los orangutanes, pero cuyo cuerpo era blanco y en parte transparente. Estos monstruos pacían en las praderas y mostrábanse temerosos cuando se les acercaba algún volátil de los de cabeza redonda y elásticos tentáculos. Una tarde vio el señor Cave iniciarse una lucha; mas el espectáculo quedó interrumpido por una de las repentinas obscuridades. En otra ocasión, un ser enorme, que el anticuario tomó por formidable insecto, apareció deslizándose rápidamente sobre el lago, y cuando estuvo cerca advirtió con estupor que se trataba de un aparato mecánico, de cuya superficie irradiábanse cegadores reflejos. No le fue posible precisar más, pues el artefacto alejóse con velocidad increíble y traspuso en menos de un segundo el opuesto horizonte.

En cuanto pasó algún tiempo, germinó en el cerebro del señor Wace la idea de llamar la atención de los marcianos y, obedientes a sus instrucciones, la primera vez que uno de ellos vino hacia la superficie de la esfera, púsose el señor Cave a gesticular lanzando descompasados gritos, y como si esto fuera poco, encendió la luz de la habitación y, acompañado de su amigo, siguió ejecutando cabriolas y moviendo los brazos con desesperado accionar. Cuando apagó la luz y volvió a aproximarse a la esfera, el marciano habla desaparecido. Las observaciones continuaron así todo el mes de noviembre, y convencido el anticuario de que después de tanto tiempo su dulce consorte no se acordaría ya del cristal origen de tan agrias disputas, se aventuró a llevarlo de nuevo a su casa, para poder entregarse con mas frecuencia a la contemplación que había convertido en principal finalidad de su vida.

Al mediar diciembre, Wace, que iba a menudo a verle, se vio obligado a espaciar sus visitas, a causa de unas oposiciones a las que iba a concurrir. Asi transcurrieron diez o doce días, y sorprendido de súbito el preparador de la prolongada ausencia del anticuario, dirigiese una tarde a “Los Siete Cuadrantes”, y cuál no seria su sorpresa cuando, al volver la esquina, advirtió que la tiendecilla estaba cerrada. Inquieto por hecho tan anormal, llamó, y salióle a abrir el yerno del anticuario, vestido de luto, Y detrás de él apareció la anticuaria, también envuelta en velos sombríos. El señor Wace supo con gran dolor que su amigo llevaba ya diez días bajo la tierra, y aun cuando el espíritu de la viuda debía hallarse conturbado por el dolor y poco dispuesto a confidencias, pudo enterarse de las circunstancias extrañas que rodearon el fallecimiento del anticuario, a quien hallaron muerto una mañana -la siguiente a la última noche en que los dos amigos se vieron- tendido sobre la polvorienta trastienda, con el esferoide de cristal entre sus manos agarrotadas y frías. La cara del cadáver no tenia crispación alguna, antes bien parecía sonreír inefablemente, y un pedazo de terciopelo negro se encontró a los pies del cadáver.

Según el médico forense, el fallecimiento debió ocurrir de dos a tres de la madrugada. Lo primero que se le ocurrió a la señora Cave en cuanto subieron el cuerpo rígido de su esposo Y recogieron del suelo el huevo de cristal, fue escribir una tarjeta al clérigo que había ofrecido las cinco libras; pero, despues de largas investigaciones y de gritos que los vecinos creyeron dedicados a lamentar la muerte del marido, hubo de renunciar a buscar las señas. Para sufragar los gastos del entierro fue preciso vender a un anticuario vecino algunas cosas, y en el lote incluyeron el cristal mágico.

No será preciso decir que en cuanto Wace oyó la desagradable noticia no perdió tiempo en prodigar a la señora Cave innecesarios consuelos, y en dos zancadas se plantó en casa del poseedor del prodigioso esferoide; allí supo que acababa de ser vendido a un señor desconocido, moreno, vestido de gris. Con estos datos, únicos que pudo obtener, terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa y para mí sugestiva historia.

El anticuario no supo decir ni quién era el señor moreno, ni siquiera la dirección que tomó al realizar la adquisición. Contra esta falta de elementos estrellóse la tenacidad del señor Wace, cuya paciencia de investigador puso a prueba la del anticuario, a quien dirigió durante días y días las mismas preguntas. Por último se vio obligado a dar toda la historia del huevo de cristal por desvanecida, y el tráfago de su propia vida no tardó en envolver el recuerdo en esa imprecisión que dejan los sueños en la mente. De ahí su sorpresa al encontrar entre sus papeles las notas que tomara él mismo mientras oía hablar al señor Cave, inclinado sobre la tersa y traslucida esfera.

Reacio a pesar de todo a darse por vencido, visitó por última vez al anticuario y recurrió a los anuncios en la prensa para descubrir al poseedor del objeto, mas los anuncios fueron tan vanos como las preguntas y los comunicados a La Naturaleza y otras revistas científicas, que, temerosas de una impostura, exigieron pruebas para ocuparse del asunto… ¿Cómo iba a dar el señor Wace otra prueba que su palabra honrada?.

Con la pena profunda de ver cerrada por esta injusta duda la última puerta de su esperanza, y acaparada su atención por labores perentorias, acabó por ir olvidando el huevo de cristal, cuyo paradero no ha podido todavía saberse. El señor Wace me ha dicho, y yo lo creo a pies Puntillas, que de tiempo en tiempo se apoderan de él verdaderos accesos en los que no ve a su vida mejor finalidad que dedicarla integra a recuperar el revelador esferoide. Durante el dinamismo de una de esas crisis fue cuando consiguió descubrir si no al infortunado y casi de seguro ignorante poseedor, al menos la personalidad de los dos extraños compradores que ofrecieron al señor Cave las cinco libras. Uno de ellos es el Reverendo Jaime Parker y el otro el caprichoso y multimillonario príncipe Bosso Kuni, de java. Según averiguó mi amigo, sólo la extravagancia y la obstinación decidieron al príncipe a ofrecer tan disparatado precio con tal de triunfar del obstinado anticuario…

Es posible que el comprador definitivo de la esfera sea un ser vulgar que se halle a unos centenares de metros del sitio en donde se escriben estas líneas, y que el objeto maravilloso sólo sirva de pisapapeles en la mesa de un hombre incapaz de descubrir sus propiedades sorprendentes. Esta es la razón que me mueve a imprimir el presente relato: tal vez -y ojalá- contribuya a rescatar de la obscuridad el cristal mágico, para restituirlo al esplendoroso dominio de la ciencia. Y antes de poner el punto final, quiero, en prenda de sinceridad, hacer constar que mi opinión sobre el asunto en nada se aparta de la del señor Wace. Creo que los otros esferoides que existen en los mástiles de las terrazas marcianas, se hallan en relación física con el cristal perdido. ¿Que en qué clase de relación? No es posible aún precisarlo. Creo, además, que el cristal del anticuario debió ser lanzado a la tierra, hace siglos ya, por los mismos marcianos, deseosos de estudiar nuestra vida; y también creo probable que otros esferoides similares anden por ahí dispersos, sin que la clarividencia o la casualidad revelen sus propiedades prodigiosas. Lo que si es indudable es que los sucesos narrados aquí no pueden explicarse como simple alucinación de uno o dos individuos.

FIN.

 

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