Doble renuncia

Doble renuncia

(Francisco L. Urquizo)

Adaptación libre de “El primer crimen” y “La sombra”, escritos por Francisco L. Urquizo.

Doble renuncia, es un relato que combina las dos facetas del escritor; la de cronista revolucionario y la del escritor de historias fantásticas.  Esta es una Transcripción Radiofónica de la adaptación de Relatos del Lado Oscuro de “La Hr-1090am” México-Puebla, Pue

 

(Mi primer crimen. - Francisco L. Urquizo)

El capitán estaba aburrido de la espera y recargado en el marco de la puerta del cuarto del hotel ferroviario chino, que por asares de la guerra se había convertido en el lugar de alojamiento y despacho del Teniente Coronel Salinas, Jefe de las armas en Monclova. La conferencia entre el jefe militar y el reo, se prolongaba ya por cuatro horas.

El capitán boto al suelo el undécimo cigarrillo de hoja a medio consumir y consulto su reloj de ferrocarrilero. Eran ya las nueve de la noche, los soldado revolucionarios de la escolta, poco habituados a las costumbres militares, se habían sentado en cuclillas en el callejón. Que servía de transito obligado para los numerosos cuartos  del hotel, en sus manos, más hechas para manejar el marro y  barra en la mina. Sostenían el viejo Mauser o el flamante 30/30 recién pasado de la frontera Americana.

El capitán no acertaba a percibir claramente las palabras de la conversación, pero de sobra sabía ya el asunto que se ventilaba.

-          ¿Usted, es enemigo de la causa del pueblo?.. Responda de una vez por todas. Que hacía con esos cuatro soldados federales, de Laredo, sobre las vías del tren.

¿Qué más pude decirnos al respecto? 

-          ¡Teniente Coronel!, ¡ya se lo he dicho!, usted puede constatar que soy inocente. No tengo nada que ver con el asunto del qué se me acusa.

Por fin, al cabo de una hora más.

-          ¡Capitán!, llévese al señor de nuevo al cuartel.

Póngale dos centinelas, y usted se regresa para recibir más órdenes.

-          Ehh, si como usted diga.

¡Vamos muchachos fórmense!

 

El reo salió lentamente como si quisiera prolongar su vida, pendiente de un hilo. Era un hombrachón de buena posición social, regordete, semi-calvo de largo y grueso bigote retorcido, de traje negro y desalineado. Ya que se coloque entre los soldados, el pequeño grupo precedido por el capitán, salió del hotel.  Atravesó la callejuela trasera y penetro al corral que servía de cuartel, solo alumbrado por una linterna de petróleo.

Apenas instalado el reo, en la única habitación del cuartel, el capitán salió a tomar órdenes del jefe de la plaza.

El Teniente Coronel se paseaba nervioso, envuelto en una densa nube de humo de cigarro, que fumaba con avidez. Cuando avisto a su subordinado, que respetuoso con sombrero en mano esperaba en la puerta. Voto el cigarro al suelo.

-          Capitán, le voy a dar una comisión delicada.

-          A sus órdenes, Teniente Coronel

Breves momentos guardo silencio el jefe, como tratando de leer con su mirada el grado de entereza militar. Pues como apenas se iniciaba la revolución, aun no se conocía en cada actor las cualidades o defectos en su conducta de soldado.

-          Dentro de una hora estará la estación… una maquina con un cabuz. Tomará, usted diez soldados. Bajo sus órdenes directas, se hará cargo del reo, se embarcaran y dispondrá que salga el convoy para piedras negras.

¿Me entiende usted?..

-          ¡Si, señor!

-          Antes de llegar a Sabinas, ¡óigalo bien!

Antes de llegar a Sabinas, ordena usted al conductor que detenga el tren. Hace bajar al reo y hay mismo lo fusila.

Cumplida esta orden, continuara con su escolta a piedras negras.

¿Entendido?

-          Eh, es, ¿es decir que hay que matar a este hombre?

-          Eso es.

-          Muy bien, Teniente Coronel.

 

Temeroso de mostrar indecisión, el capitán salió del hotel chino en tres zancadas y antes de entrar en el cuartel se detuvo. Por primera vez desde que se había dado de alta, se puso a reflexionar. Siempre había sido un simpatizador de Madero, un apasionado de sus doctrinas y un ferviente revolucionario de corazón.

Sus actividades políticas, las había desarrollado en los mítines de los pueblos y entre los miembros de la gran unión minera mexicana, formada por el proletariado que arriesgaba su vida diariamente en las minas carboníferas del norte de Coahuila. 

Muerto el apóstol, se consideró con el deber de secundar el grito de rebelión, recién lanzado por el mandatario del estado. El señor Carranza y su voz sincera y elocuente, que antes llevara a los mineros a las urnas electorales. Después los obligó a abandonar la mina y a buscar el arma homicida, liberadora y vengativa, y a correr a afiliarse al ejército constitucionalista que nacía.

El mismo que nunca fue soldado, ni soñó en serlo. Más hecho a las fatigas de las minas, que a las del campo, hombre de orden, esposo amante, padre amoroso, dejo todo. Acallo la voz de su cerebro razonador y convenenciero. Y guiado por el corazón se lanzó al frente del primer centenar de mineros soldados. Hasta las avanzadas constitucionalistas de Monclova.

-          ¡Me lleva! toda vía no hay un combate y de pronto soy designado para matar a un indefenso. ¡Y en qué forma!

Amparado por las sombras, en un despoblado. Nunca pensé en convertirme en un vulgar asesino. De manchar mis manos y mí conciencia.

Quizás se trate de la sangre de un enemigo, pero de un enemigo indefenso. ¡Eso de aplicar la ley fuga!, ¡ Esa arma de la dictadura!.

Empezar mi carrera militar de esta manera.

Todas estas ideas, como oleaje de tempestad iracunda azotaban el cerebro del capitán, largo rato permaneció indeciso. Pero a la irritación, le siguieron los razonamientos fríos y prudentes.

-          Fui un ciudadano libre en mis resoluciones y albedrío. Ahora soy un soldado que no piensa, que solo ejecuta lo que le ordenan, para volver a ser el hombre libre, para derrumbar al  tirano usurpador y cimentar la revolución social.

Es necesario unir mi esfuerzo, al de mis compañeros y sujetarme a la férrea disciplina militar.

¡No debo pensar, si no obrar!

¡Destruir, para reconstruir!

!Matar, y más matar!

 

Una vez reconfortado en sus razonamientos, llego hasta el portón del cuartel y llamo al sargento “Berklitz”. Casi inmediatamente un negro corpulento, de gesto feroz y mirada viva, antes barretero de mina. Y hoy por accidente sargento primero, salió de la habitación y siguió sumiso a su antiguo compañero, convertido en capitán. Se dirigieron hacia las casuchas de adobe de la única calle del poblado, y penetraron en un tendejón misérrimo, hay apuraron en silencio varias copas de aguardiente. Y el capitán pidió tres botellas para llevar, de regreso al cuartel no iban ya, uno tras otro, el vino les había igualados en categorías y por el momento dejaban de ser militares, para sentirse los mineros de antes. Marchaba el uno al lado del otro.

-          Dentro de una hora salimos en un tren.

-          ¡Ta bueno!

-          Ahora que lleguemos al cuartel, escoges diez hombres de tu confianza. Esas tres botellas que te di son para darles un trago a los muchachos.

-          ¡Ta bueno!

-          Llevaremos al reo con nosotros.

-          Pst, eso está bien.

-          ¿Tienes valor?

-          ¡Sí!

-          ¡Bueno!

El grupo de revolucionarios, envuelto en sus cobijas esquivaba el viento con sus cabezas inclinadas hacia adelante. Llevando en su centro al reo.

Menos friolento que sus custodios, merced a su grueso sobretodo (abrigo). Abordaron al furgón prestamente. Un cuarto de hora más tarde salía el convoy de la desierta estación, con la lentitud pasmosa de los entierros. Como si la locomotora comprendiera, que el único furgón que remolcaba llevaba ya un cadáver. El calor de la estufa y el aroma incitante del café, que hervía sobre ella, devolvían el ánimo a los viajeros amontonados, y les daba la sensación del lejano hogar.

-          Aquí ya salen sobrando las cobijas, aun que usted nunca abra tenido frio con ese abrigo.

El reo no contesto, al sargento negro le brillaron los ojos cuando vio por primera vez el grueso, sobretodo. Calladamente, circulo una botella entre todos los hombres. El tren continuaba con la misma lentitud.

-          ¿Capitán, vamos hacia el sur?

-          ¡No!, vamos de camino de piedras negras.

-          ¡Ah! Entonces me llevan para tenerme preso en piedras negras, ¿No es eso?

Allí tendré la oportunidad de probar mi inocencia.

¿Qué despacio vamos?... ¿Por qué?... ¿A qué hora llegaremos a piedra negras?

-          Usted no llegara a piedras negras, en el camino se muere.

-          ¿Cómo, me van a matar ustedes?

¿Sera posible?

El capitán, esquivando la mirada suplicante del penado, movió la cabeza afirmativamente.

-          Pero, ¿por qué?.. ¿Por qué? ¿Por qué?

-          ¡Ordenes!

-          No, eso no puede ser… No será… ¡Ustedes no son asesinos! ¿Ustedes no pueden matar a un inocente?

Ustedes van a pelear por una causa justa, y no pueden principiar cometiendo una injusticia

Reinaba el silencio, solo interrumpido por aquel discurso. A veces enérgico y brillante, a veces suplicante y lloroso.

-          ¡Tengo familia!.. ¡Tengo Hijos!.. ¡Hago falta!

¿Serán ustedes capaces de dejar huérfanos a mis niños?

Si yo muero, ¿quién cuidara del más chiquito?

Si… Si ustedes lo vieran…. Ustedes no son soldados… son…

Han sido hombres luchadores, los hombres honrados como ustedes, que han dejado en su pueblo a sus familias para defender una causa santa. ¡No pueden manchar sus manos, con la sangre de un inocente!

¿Qué juez, me ha juzgado?

¿Qué consejo, de guerra?

¿El capricho de un hombre, es suficiente para matarme?

Ustedes defienden la legalidad, matar a un hombre sin juzgarlo, asesinarlo en la noche, no es legal.

¡No cumplen ustedes con su deber!

Berklitz, hiso circular una nueva botella de aguardiente. El capitán semi atontado, se escondía de la mirada magnética del prisionero. El humo de los cigarros infestaba el ambiente del cabuz.

-          ¿Capitán, me va usted a matar?

El capitán movió la cabeza afirmativamente.

-          Bien, si es inevitable que yo muera. Les hare un servicio a todos ustedes. Usted es joven, adivino que nunca ha matado a nadie, adivino también que tendrá hijos y esposa.

Quiero quitarle un remordimiento de su conciencia por haberme asesinado.

Quiero que mi sangre, no caiga sobre sus hijos, que no se manche usted con ella. Présteme su pistola.

Y déjeme suicidarme en presencia de todos, en este mismo vagón.

¡Deme su pistola!

El capitán aturdido, temeroso e impresionado  por las palabras de aquel hombre, llevo inconscientemente la mano al revolver.

-          Capitán espérese, somos unos simples soldados.

El capitán dejo caer la diestra desfallecida, mirando suplicante al preso. Poco a poco como jornadas de un doliente viacrucis, fueron pasando las estaciones de, hermanas, “lampacitos”, “oballos”, “Auc”…

La última botella círculo, amanecía. El tren se detuvo al cabo, los corazones latieron con fuerza.

-          ¡Vamos, abajo!.. Usted, usted deje aquí su sobretodo.

Todos obedecieron, los ferrocarrileros quedaron expectantes en la puerta del cabuz.

-          Ordena tu todo, y despacha pronto.

-          ¡Ta bueno!

¡Usted parece junto aquel tronco!

El reo, ya idiotizado  tambaleándose, fue a colocarse al lugar que se le indicaba, moviendo compulsivamente sus labios, pero sin pronunciar palabra.

-          Ustedes muchachos, se forman aquí donde yo estoy.

¡Corten cartucho! ¡Apunten!  ¡Fuego!

-          Ahhh….

-          No está muerto aun…

Capitán mire, mueve los dedos de las manos oiga.

-          Pues pégale el tiro de gracia.

-          Nooo, eso le toca a usted.

-          ¡No!

Pero al fin, vacilante y tembloroso, el capitán se acercó al moribundo, empuño la pistola que aplico a la cien del hombre, y cerrando los ojos apretó el gatillo….

El grupo de soldados, curiosos se acercó al cadáver que era una verdadera criba de agujeros, de los cuales manaba abundante sangre. Uno de los soldados se arrodillo.

-          ¡Bolséalo!

El soldado temeroso acerco sus manos al chaleco de la víctima, pero al sentir la sangre rápidamente la retiro, como si hubiera tocado un reptil.

-          ¡Nadie lo toque!  ¡Todos al tren!

El sol ya apuntaba en el horizonte, subieron al tren como si se hubieran desembarazado de un  pesado fardo, y la locomotora también ya ligera reanudo su camino. Allí quedaba en el monte, a la vista de los pasajeros de los trenes diarios. El saldo sangriento de aquella tenebrosa noche.

Pasaron los días, el episodio trágico se fue esfumando de la mente de los soldados. Y solo quedo como un recuerdo el sobretodo grueso, que heredo el sargento  Berklitz, y algunos detalles en la conciencia atormentada del capitán.

Comenzó la lucha, se sucedieron los combates, el capitán sintió miedo. Miedo a la muerte que se cernía sobre él, miedo a la vida de cobarde, miedo a él muerto de aquella noche, miedo a sus propios amigos, despiadados y burlescos. Y aun a su misma familia. Sintió la muerte valorizarse como un lastre despreciable, al renunciar a todo y huir lejos de la lucha, de los amigos. Lejos aún de sus mismas idead y sentimientos, y se convirtió en un extranjero en su propio ser.

Cuando fue a acariciar a su hijo, y vio sus propias manos, el recuerdo persistente del primer crimen turbo su mente y lloro avergonzado. Y arrepentido de su inútil delito, y de su existencia misma.

 

 

 (La sombra. - Francisco L. Urquizo)

Desde entonces el capitán vivió de forma indiferente y enfermo de gravedad. Pero un día se sorprendió gratamente, al sentirse invadido por una corriente de vida. Y volvió a ser el de antes, animoso y activo.

La puerta de mi casa estaba entre abierta, me deslice hasta el comedor. Mi mujer arreglaba la mesa, la salude cariñosamente.

Creo que le dije algo, pero nada me contesto. Creo que no me había visto, pensé que se había contagiado de mi indiferencia. Fui a la alcoba del niño, jugaba en el suelo con unos muñecos, le acaricie amoroso. Le decía Kiko, Kiko mientras balbuceaba.

Kiko, Kikito. Mi hijo dejo por un momento sus juguetes y sus ojos se fijaron en mí, sonrió y agito sus manitas.

Mi madre cocía cerca del niño, la bese en la frente. La viejecita alzo sus ojos cansados y me miro con un dejo de infinita amargura. Converse con ellos, pero solo el niño atendía a mis palabras y trataba de acariciarme con sus manitas.

Yo embobado contemplaba a mi hijo, mi esposa anuncio la comida. Quise levantar a mi hijo y vi con verdadera sorpresa, que mis brazos no tenían fuerza para sostenerlo.

Mi esposa, quizás lo comprendió y tomo al niño en brazos, ya en el comedor me senté en el lugar de costumbre.

Mi mujer sirvió la mesa, hable miles de cosas agradables, pero nadie parecía oírme. Y me incomode por la desatención.  Mi esposa sirvió al niño su sopa, lo mismo que a mi madre y a ella misma, pero se olvidó de mí. Yo Grite; 

 

“Basta mujer, porque me ignoras de esa manera”

 

Entonces me di cuenta de que no habían oído mis palabras, ni visto mis ademanes. Me pregunte que ocurría. Y mientras miraba a todos lados, un densísimo velo negro cegó mis ojos y enturbio mi entendimiento, entre en una especie de sincopé indestructible.

 Poco a poco volví en mí, había una calma completa en mi ser, vi  de nuevo y note que mi madre y mi mujer vestían de luto.

El dolor se retraba en sus caras y mi asiento estaba vacío. Solo mi espíritu invisible estaba allí… Estaba muerto, muerto. Pero como ha sido, por que dejo de ser, cuando más falta hago en mi hogar, ¿De qué van a vivir?...

El dolor de todo el universo inundo mi cuerpo y me sentía desfallecer. No sabía en donde reposaba, perdí por completo la noción de mí y se desvanecieron mis sentidos.

No me cansaba de ver a mi hijo, trataba de jugar con él y de hacerme presente con algún ruido para llamar su atención y a veces creí conseguirlo.

Mi mujer tuvo que salir a trabajar para ganarse el sustento, mi madre anciana cuidaba al niño y cocinaba. Un día en que solo yo lo veía, mi hijo jugaba con un puñado de guisantes dentro de un plato de peltre, de pronto tomo un puñado y se lo llevo a la boca. Quise impedirlo forceje, trate de interponerme en su garganta para que no tragara aquello, quise introducirme en su cerebro para sugerirle la idea del mal que se iba a hacer, mientras yo suplicaba;

“Kiko, kikito no lo hagas”

Llore e implore al cielo inultamente, el niño se comió enteras todas las semillas, que su manita pudo introducir en su boca.

Instantes después yo le veía el rostro loco del dolor. Y la fiebre intestinal se presentó abatiendo el cuerpecito. La madre y la abuela llenas de pánico, acudían a cuanto medio tenían a su alcancé, para arrancarlo de las garras de la muerte.

Mi hijo aparecía grabe ante los ojos de quienes lo atendían, pero rebosante de salud ante mí. Me reconocía ahora perfectamente y me tendía sus bracitos, y un goce sin igual lleno mi alma. Quise abrazarlo pero el médico, la madre y la abuela tiraban tan bien de él, tratando de evitarlo.

De un lado estaba mi soledad tremenda y mi pena incesante, y del otro el dolor de aquellas dos mujeres que lo adoraban tanto como yo.

Mi hijito, ya más cerca de mí que de ellas, mi hijito buscaba mi sombra protectora, en la noche de la otra vida, pero en aquel supremo instante, hube de renunciar a todo completamente, y en vez de tomarlo lo empuje en brazos de su madre.

Después hui, hui loco hacia el infinito, hacia lo incognoscible, a perderme en la nada o a reintegrarme al mismo punto, de donde hubiera de partir algún día.

 

Fin

 

 

PD: Me gustaría conseguir los textos originales, para tener las historias tal y como fueron escritas, si los tienen mándenmelos. Que se los agradeceré muchísimo.

 

Link al audio del programa donde se dramatizo este cuento.