Cuarto de Trebejos

Cuarto de Trebejos

Saki - Hector Hugh Munro

 

Iban a llevar a los niños, como una fiesta especial, a los arenales de Jagborough. Nicholas había caído en desgracia y no formaría parte del grupo. Aquella misma mañana se había negado a tomar la leche con pan integral por el motivo, evidentemente frívolo, de que dentro había una rana. Personas de más edad, más sabias y mejores le habían dicho que no podía haber una rana en su leche con pan, y que no debía decir tonterías. Sin embargo él siguió diciendo las mayores tonterías y describió con gran detalle el color y las manchas de la supuesta rana. Lo dramático del incidente fue que realmente había una rana en el cuenco de leche y pan de Nicholas: él mismo la había puesto allí, por lo que se sentía con derecho a saberlo. El pecado de coger una rana del jardín y meterla en un cuenco de leche con pan fue considerado muy grave, pero el hecho que con mayor claridad sobresalía en todo el asunto, tal como lo veía Nicholas, fue que las personas de más edad, más sabias y mejores habían demostrado equivocarse totalmente en asuntos sobre los que habían expresado la mayor seguridad.
—Dijisteis que no era posible que hubiera una rana en mi leche con pan; pues había una rana en mi leche con pan —repetía con la insistencia de un experto en táctica que no tenía la menor intención de apartarse de un terreno favorable.
Por tanto, su primo, su prima y sus aburridísimos hermanos menores irían aquella tarde a los arenales de Jagborough, mientras él se quedaba en casa. La tía de sus primos, quien por una injustificable extensión de la imaginación insistía en considerarse también tía suya, había inventado rápidamente la expedición a Jagborough con el fin de que Nicholas supiera los placeres que acababa de perderse por su conducta vergonzosa durante el desayuno. Siempre que alguno de los niños caía en desgracia acostumbraba a improvisar algo de naturaleza festiva apartando rigurosamente de la fiesta al ofensor; si todos los niños pecaban colectivamente, se les informaba repentinamente que en una ciudad vecina había un circo de fama sin rival e innumerables elefantes al que les habrían llevado aquel mismo día de no haber sido por su perversión.
Cuando llegó el momento de la partida de la expedición, se esperaba que Nicholas derramara algunas lágrimas de decencia, pero en realidad la única que lloró fue su prima, que se había hecho bastante daño al arañarse dolorosamente la rodilla con el escalón del coche.
—Cómo aullaba —comentó alegremente Nicholas cuando el grupo partió sin esa alegría de los espíritus elevados que debería haberlo caracterizado.
—Pronto se le habrá pasado —dijo su autoproclamada tía—. Pasarán una tarde gloriosa corriendo por esos hermosos arenales. ¡Lo que se van a divertir!
—Bobby no se divertirá demasiado y tampoco va a correr mucho —dijo Nicholas con una sonrisa—. Las botas le aprietan mucho y le duelen los pies.
—¿Y por qué no me lo dijo? —preguntó la tía con cierta aspereza.
—Se lo dijo dos veces, pero no escuchaba. Muy a menudo no escucha cuando le decimos cosas importantes.
—No puedes ir al jardín de los groselleros —dijo la tía cambiando de tema.
—¿Por qué no? —preguntó Nicholas.
—Porque estás en desgracia —replicó la tía en tono arrogante.
Nicholas no admitió la debilidad del razonamiento; se sentía absolutamente capaz de estar al mismo tiempo en desgracia y en un jardín de groselleros. Su rostro adoptó una expresión de considerable obstinación. A la tía le resultó evidente que estaba decidido a entrar en el jardín de los groselleros «sólo porque le he dicho que no lo haga», pensó para sí.
Al jardín de los groselleros podía entrarse por dos puertas, y una persona pequeña que se hubiera deslizado allí, como Nicholas, podía desaparecer de la vista eficazmente ocultado por las plantas de alcachofas, los frambuesos y los arbustos frutícolas. Aquella tarde la tía tenía muchas cosas que hacer, pero dedicó una o dos horas a triviales actividades de jardinería entre los lechos de flores y los matorrales, desde donde podía vigilar las dos puertas que conducían al paraíso prohibido. Era una mujer de ideas escasas y de una inmensa capacidad de concentrarse en ellas.
Nicholas hizo una o dos incursiones al jardín delantero abriéndose camino con evidente propósito de sigilo hacia una u otra de las puertas, pero ni por un momento fue capaz de sustraerse a la mirada vigilante de la tía. En realidad no tenía la menor intención de entrar en el jardín de los groselleros, pero le parecía extremadamente conveniente que su tía lo creyera; esa creencia la mantendría en el papel de centinela que se había impuesto a sí misma durante la mayor parte de la tarde. Tras haber confirmado y fortalecido plenamente las sospechas de la tía, Nicholas volvió a entrar en la casa y puso en ejecución rápidamente un plan que llevaba largo tiempo germinando en su cerebro. Subiéndose a una silla de la biblioteca se podía llegar a un anaquel sobre el que había una llave gruesa y de aspecto importante. La llave era tan importante como parecía: era el instrumento que mantenía los misterios del Cuarto de Trebejos a salvo de cualquier intromisión no autorizada y abría el camino sólo a las tías y a personas de privilegios semejantes. Nicholas no tenía demasiada experiencia en el arte de introducir una llave en la cerradura y abrir la puerta, pero había practicado varios días con una llave de la puerta de la sala de estudios: no confiaba demasiado en la suerte y las situaciones accidentales. La llave giró con dificultad en la cerradura, pero se abrió la puerta y Nicholas se encontró en una tierra desconocida en comparación con la cual el jardín de los groselleros era una alegría anticuada, un simple placer material.
Nicholas se había imaginado muy a menudo cómo podría ser el Cuarto de Trebejos, esa región tan cuidadosamente apartada de las miradas juveniles y con respecto a la cual nunca se respondía a pregunta alguna. Estaba a la altura de sus expectativas.
Para empezar, el lugar era grande y estaba débilmente iluminado, pues su única fuente de luz era una ventana alta que daba al jardín prohibido. En segundo lugar, era un almacén de tesoros inimaginables. La autoproclamada tía era una de esas personas que opinan que las cosas se estropean por el uso, por lo que para conservarlas las destinan al polvo y la humedad. Las partes de la casa que mejor conocía Nicholas resultaban bastante tristes y vacías, mientras que allí había cosas maravillosas para deleite de la mirada. Primero había un tapiz con bastidor que evidentemente había pretendido ser una pantalla. Para Nicholas era una historia viva; se sentó sobre unas cortinas indias enrolladas, que brillaban con maravillosos colores bajo una capa de polvo, y se centró en todos los detalles del dibujo del tapiz. Un hombre que iba vestido con un traje de caza de un período remoto acababa de traspasar un venado con una flecha; el tiro no debía haber sido difícil, porque el venado estaba sólo a uno o dos pasos de él; dada la vegetación espesa que sugería la imagen, no debió ser difícil arrastrarse sigilosamente hasta un ciervo que estaba comiendo, y los dos perros moteados que se abalanzaban para unirse a la caza habían sido entrenados, evidentemente, para seguir al dueño hasta que hubiera sido disparada la flecha. Esa parte del cuadro era interesante pero simple; ¿pero se había fijado el cazador, como hizo Nicholas, en los cuatro lobos que galopaban hacia él a través del bosque? Podían ser más de cuatro, ocultos tras los árboles, pero en cualquier caso: ¿serían capaces el hombre y sus perros de enfrentarse a los cuatro lobos si éstos les atacaban? Al hombre sólo le quedaban dos flechas en el carcaj, y podía fallar una de ellas, o las dos; lo único que se sabía de su habilidad en el tiro era que podía acertar a un venado grande a una distancia ridículamente corta. Nicholas permaneció sentado y maravillado muchos minutos analizando las posibilidades de la escena; se sintió inclinado a pensar que había más de cuatro lobos y que el hombre y sus perros estaban acorralados.
Pero había otros objetos maravillosos e interesantes que requirieron al instante su atención: unos curiosos y retorcidos candelabros en forma de serpiente, una tetera de porcelana en forma de pato, de cuyo pico abierto se suponía saldría el té. ¡Qué aburrida y carente de forma parecía en comparación la tetera de los niños! Y había una caja tallada en madera de sándalo rellena de algodón aromático, y entre las capas de algodón figuritas de bronce, toros con joroba en el cuello, pavos reales y duendes, deliciosos de ver y de tocar. De aspecto menos prometedor, había una caja grande y cuadrada de color negro; Nicholas miró en su interior y vio que estaba llena de imágenes coloreadas de pájaros. ¡Y qué pájaros! En el jardín y en los senderos donde iba a caminar Nicholas se encontraba con algunos pájaros, de los que el más grande era alguna urraca ocasional o una paloma torcaz; pero allí había garzas reales y avutardas, milanos, tucanes, avetoros atigrados, pavos silvestres, ibis, faisanes dorados, una galería completa de seres con los que ni había soñado. En el momento en que estaba admirando el colorido del pato mandarín, inventando la historia de su vida, escuchó desde el jardín de groselleros la voz de su tía que vociferaba agudamente su nombre. Había sospechado de su larga desaparición, llegando a la conclusión de que había trepado por el muro situado tras la pantalla de arbustos liláceos; estaba entregada en esos momentos a buscarlo enérgicamente, aunque con pocas esperanzas, entre las alcachofas y frambuesos.
—¡Nicholas, Nicholas! Sal enseguida. Es inútil que te escondas ahí, porque te estoy viendo.
Probablemente fue la primera vez en veinte años que alguien sonrió en ese cuarto.
La repetición colérica del nombre de Nicholas dio paso a un grito que expresaba la necesidad de que alguien acudiera velozmente. Nicholas cerró el libro, lo dejó cuidadosamente en su sitio, en una esquina, y sacudió sobre él parte del polvo acumulado en un montón de periódicos que estaban al lado. Salió después de la habitación, cerró la puerta y dejó la llave exactamente donde la había encontrado. Su tía seguía llamándole cuando él se presentó, caminando pausada y tranquilamente, en el jardín delantero.
—¿Quién me llama? —preguntó.
—Yo —le respondieron desde el otro lado del muro—. ¿No me oías? Te he estado buscando en el jardín de los groselleros y he resbalado en la cisterna del agua de lluvia. Por suerte no había agua, pero los lados están resbaladizos y no consigo salir. Tráeme la escalera que está debajo del cerezo…
—Me han ordenado que no entre en el jardín de los groselleros —la interrumpió Nicholas.
—Fui yo la que te dijo que no lo hicieras, y la que ahora te dice que puedes hacerlo —le respondió con bastante impaciencia la voz que había dentro de la cisterna de agua de lluvia.
—Su voz no se parece a la de mi tía —protestó Nicholas—. Debe ser el Maligno que me tienta a la desobediencia. Mi tía me dice muchas veces que el Maligno me tienta y que yo siempre cedo. Pero esta vez no pienso ceder.
—No digas tonterías. Ve a traerme la escalera —respondió la prisionera de la cisterna.
—¿Habrá mermelada de fresa para el té? —preguntó Nicholas inocentemente. —Por supuesto que sí —contestó la tía, aunque íntimamente había decidido que Nicholas no la tomaría.
—Pues ahora sé que eres el Maligno y no la tía —gritó alegremente Nicholas—. Ayer le pedimos mermelada de fresa y dijo que no quedaba. Yo sé que hay cuatro frascos en la despensa, porque los he visto, y tú sabes que están ahí, pero ella no, porque dijo que no había ninguno. ¡Diablo, tú mismo te has descubierto!
Había una inusual sensación de placer en el hecho de poder hablar con una tía como si uno estuviera hablando con el Maligno, pero Nicholas sabía con discernimiento infantil que no hay que permitirse esos placeres en exceso. Se alejó ruidosamente y fue una doncella de la cocina quien, buscando perejil, acabó rescatando a la tía de la cisterna de agua de lluvia.
Compartieron el té de aquella tarde en un silencio siniestro. La marea estaba en su punto más alto cuando llegaron los niños a Jagborough Cove, por lo que no había arena en la que jugar; circunstancia que la tía había subestimado en su prisa por organizar la expedición de castigo. Lo apretadas que le estaban las botas a Bobby había producido un efecto desastroso en su conducta durante toda la tarde, y no podía decirse que los niños hubieran disfrutado lo más mínimo. La tía mantenía el mutismo congelado de aquel que ha sufrido un arresto inmerecido y poco digno en una cisterna de agua de lluvia durante treinta y cinco minutos. En cuanto a Nicholas, también él guardaba silencio, con la concentración del que tiene mucho en lo que pensar; posiblemente estuviera considerando que el cazador pudo escapar con sus perros mientras los lobos devoraban el venado herido.

 

FIN.

 

Link al audio del programa donde se narra este cuento.